Hoy tuve que ir a entregar una consola que vendí a Plaza Egaña. Salí como a las siete y cuarto desde Las Rejas. Llegué a Plaza Egaña como a las ocho y media. Estoy de regreso en la casa de mi tía y son las diez. Estoy agotada. Lo único que quería era llegar y ponerme el pijama. Y es que la verdad es que salir en Santiago me desconcierta y me cansa. Cuando me fui, hace como diez años, las lineas del metro eran tres. Ahora son como no se cuántas. Miro el mapa y no entiendo nada. Peor me va con las micros. Además hay un montón de gente en todos lados. No se como ha podido cambiar tanto esta ciudad en tan poco tiempo. O sea, no es tan poco, pero si.
"Dejo por escrito que no he mentido ni desmentido a pesar de otras verdades. Dejo por escrito que si he mentido ha sido a mi misma y no me he dado cuenta. Dejo por escrito que no quiero ser víctima de los juegos de las trampas de mis juegos implacables. La luna tiene dos caras y esconde una y nadie la tironea ni la acosa. Y siempre tan alta, tan blanca, tan distinta" La Luna, Esteban Navarro
viernes, 23 de enero de 2015
jueves, 22 de enero de 2015
Palabras mudas
El Amor es la Base de Todo y El Placer Sexual Ordenado por Dios, eran los dos libros en los que se fundamentaba el discurso de mi padre para sus seminarios de matrimonios. Pero había un tercer discurso, que el Señor le había revelado en persona, seguramente en el baño, como solía hacerlo y era el de la comunicación. La comunicación, decía, es la herramienta principal para una buena relación en la pareja. Suponga que yo le digo que estoy pensando en una silla y le pido que usted haga lo mismo. Su silla y la mía, serán evidentemente diferentes. Es por eso que lo más importante es que usted le proporcione al otro la mayor cantidad de datos habidos y por haber, para que este pueda acercarse lo más posible a lo que usted pensó, para terminar visualizando casi la misma silla. ¿Cómo es posible que dos personas puedan conocerse si no se comunican una con la otra?, ¿si no hablan de lo que les sucede, de lo que piensan o sienten?. Después de estas charlas, mi papá y mi mamá se daban el tiempo para escuchar a cada pareja y actuar como intermediarios para que esos pobres matrimonios lograran mejorar aunque fuera un poco su relación de pareja. Como dije en algún momento, mi papá y mi mamá se dedicaron treinta años a desempeñar esta noble labor, después de los cuales se separaron. Hace siete años, mas o menos, se hartaron de estar juntos y uno terminó mandando a la mierda al otro. No voy a decir acá quién fue el que mandó a la mierda a quién, pero si voy a decir que ese que lo hizo debió haberlo hecho muchisimo tiempo antes. Y es que no puedes vivir pidiéndole al tu pareja que te cuente hasta el más mínimo detalle de lo que hay en tu mente, tu corazón y tu alma! En fin. A qué voy con todo ésto, si es que logro llegar a algún lado. Por años creí en las palabras de mi padre y por diez años me la pasé tratando de "explicarle" a un otro quien era yo. Hablarle, darle detalles, dibujarselos si era necesario. Hasta que me di cuenta de que ese otro no me conocía realmente. Y es que lo que lograba con toda esa parafernalia, era darle a conocer a ese otro la imagen que yo tenía de mi misma. Eran solo palabras, conceptos, ideas. Solamente el que está dentro de uno mismo sabe que es lo que hay dentro de uno mismo y, según yo, la única manera de que un otro te conozca, es que logre entrar en ti. "Y serán una sola carne". No "se darán a conocer el uno al otro a través del lenguaje". Y claro, igual aquí uno habla y gasta saliva, por decirlo de alguna manera, porque a pesar de que sepamos que las palabras no son el camino, sino un obstáculo, esa hambre de que seamos conocidos, de que seamos poseídos por un otro, sigue ahí gritando desesperada.
martes, 20 de enero de 2015
Cartas
Otro de los trabajos que hacía cuando era adolescente, era limpiar casas y cuidar niños. Había una familia en la Misión con la que trabajé varios años. Incluso viajaron a Estados Unidos y me dejaron a cargo de sus hijos por quince días. Ella era argentina, el era norteamericano y sus tres hijos habían nacido en Chile. Ella se llamaba Celia, el Lorenzo, su hija mayor Jesse, el del medio Joshua y la menor se llamaba Bianca. Lorenzo era carpintero y Celia era educadora de parbulos, pero dejó de ejercer cuando nació Jesse. Eran una familia muy graciosa. Lo pasé muy bien con ellos. Me reía harto. Y eso me gustaba. O sea, me gusta. Me gusta reírme, quiero decir. Ahora son misioneros en un país musulmán, no se en cual. Hace poco Celia me mandó una foto de la familia. No podía creer que esos tres jóvenes eran los mismos tres cabros chicos a los que cuidé tantas veces. En fin. A Jesse le gustaba que yo le cantara para hacerla dormir. Me pedía que le cantara siempre las mismas canciones. Me sabía varias, así que lo hacía hasta que se dormía. Pero un día me pidió que le cantara una nueva. ¿Sobre qué te gustaría que te cantara?. Sobre una carta que nunca llega, contestó. Ella se demoraba como veinte minutos en dormirse y quiso que le cantara la misma canción hasta que se quedara dormida. Yo me puse a improvisar. Cada cierto tiempo me pedía que repitiera la parte en que la canción decía que la carta nunca llegaba. Pasaron varias semanas en las que quiso la misma canción. Todas las noches le inventé algo distinto. Finalmente, y después de tanto repetirlo, quedé con la sensación de que la que esperaba la carta que nunca llegaba, era yo. Y, claro, como decía la canción, la carta nunca llegó
La esponjita
A los diecisiete me salí del colegio. Así. Le dije a mi papá que no quería ir mas y aceptó. Las únicas condiciones que me puso, fueron que tenía que trabajar y terminar la enseñanza media en algún momento no muy lejano. Primero trabajé en una tienda de ropa que quedaba en lo que en ese entonces era shopping de Maipú. Era una tienda pequeña. Trabajé ahí un par de meses, pero la paga era mala y mi jefa era una antipática. Después trabajé con mi primo en la construcción reparando puertas. Era interesante verme ahí, entre puros hombres, tomando desayuno con ellos y tirándole el churro a los jóvenes que pasaban. No duré mucho. El trabajo era muy pesado. De todas formas lamenté dejarlo, porque la pasábamos muy bien. También trabajé en el Au Bo Pan. Esos si que eran explotadores. La misma persona que estaba en la caja, tenía que cocinar los bollos y galletas en la mañana. El café habría a las siete, así que había que estar ahí a las seis y media. También tocaba limpiar los baños, los pisos, las bodegas, etcétera, y la paga era una miseria. Cincuenta lucas creo y con un día libre entre semana. Renuncié y decidí terminar la media. A los diecinueve entré al ENAC para hacer dos años en uno. Tenía clases en la tarde. Siempre tuve amigos, las mujeres no me dan mucha confianza. De hecho, he tenido muy malas experiencias con varias de ellas. En fin. La cuestión es que yo no tomaba más que cerveza en ese tiempo y no mucha tampoco. Pero mis amigos tomaban bastante más. Al llegar al instituto nos íbamos a la Plaza Manuel Rodríguez y comprábamos unas dos o tres. Pero la cerveza no me hacía nada y como lo que yo quería era emborracharme, me la tomaba casi toda. Pero seguía sin hacerme nada. Entonces empezamos a hacer monedas para comprar vino. Vino en caja, obvio, y del mas malo. Pasó lo mismo. Mis amigos me pusieron "la esponjita". De ahí pasamos al pisco. Como mi idea seguía siendo esa de emborracharme lo más rápido y lo mas posible, empecé a salir de mi casa sin comer nada. Faltábamos a la primera hora de clases y llegábamos a la segunda arriba de la pelota. Pero no era suficiente. Al tiempo nos empezamos a juntar a la salida para seguir en la misma. Nos despedíamos a las diez de la noche. Yo casi no caminaba. No se cómo lo hacía para tomar la micro. Era la 212. Lo bueno es que el letrero tenía dibujado un corazón y así podía distinguirla. Me iba a la casa de un tío que tengo que, en ese tiempo, no se hacía problemas porque llegara en el estado en el que lo hacía. Mi intención al tomar tanto, era olvidarme del ojo ese que me miraba y sentirme libre por un rato, sin preocuparme por nada y dejar de lado la culpa que me perseguía por todas partes. Llegó un punto en que la cuestión se puso crítica. Mis amigos insistían en dejarme en la micro, pero me ponía porfiada, Así que me quedaba sola, me sentaba un rato y esperaba a que me sintiera un poco mejor. Un par de esas veces me pasaron cosas desagradables. A la única que se lo conté fue a mi hermana, que era la persona en la que mas confiaba. Ella lloraba y me pedía que parara, porque en cualquier momento me pasaba algo peor. Pero yo seguía. Hasta que un día en que estaba sobria, recién bañada y bien vestida, me subí a una micro. En un momento se subió también una muchacha mas o menos de mi edad, tambaleándose, pasada a copete y a cigarro. Primero hice un gesto de disgusto, pero luego la miré y me dije "esa soy yo". Esto tiene que terminar, pensé. Y terminó... al menos por un buen tiempo.
lunes, 19 de enero de 2015
Los dos caminos
Mi bisabuela tenía en su casa uno de esos cuadros del ojo rectangular que te observaba y el de los dos caminos. Tal vez eran uno solo, no lo sé. Lo que sí sé, es que cuando miraba los dos caminos, el que llevaba hacia el infierno, era el que más me gustaba. Y es que yo quería bailar, beber, ir al teatro o cine, no se, y pasarme la vida disfrutando de los placeres de la vida. Para hacerlo y no terminar en el infierno, tenía una especie de plan. Iba a llegar casi hasta el último y ahí me iba a arrepentir para poder llegar al cielo. A pesar de que eso era lo que me habría gustado, no he disfrutado de muchos de esos placeres, en todo caso. Así que, aunque no me interese, tal vez termine en el cielo de todas maneras...
domingo, 18 de enero de 2015
En la alfombra mágica
Jugábamos a viajar. También a hablar otros idiomas. Poníamos las sillas en fila. Una de nosotras hacía de azafata y algún amigo era el piloto. Subíamos al avión y hacíamos todo el show. "Señores pasajeros, les habla su capitán...". Después la azafata daba todas las instrucciones de seguridad y despegabamos. Nunca habíamos viajado en avión realmente, pero teníamos un amigo de Inglaterra que sí lo había hecho. El nos contó como funcionaba el asunto. Es por eso también, que el idioma que hablábamos, o jugábamos a hablar, mejor dicho, era el inglés. El nos hablaba en su idioma natal y los demás inventábamos que le entendíamos y le contestábamos con chamullos. Se llamaba James. Luego de un tiempo, su familia y él volvieron a Inglaterra y los demás niños también se fueron yendo. Así que quedamos las tres solas. Como eramos muy pocas para que el juego siguiese siendo entretenido, cambiamos el avión por la alfombra mágica, esa de Mazapán. "En la alfombra mágica, somos invisibiles, vamonos de viajico, somotruquilá". Y así viajamos por distintos lugares, porque claro, en ese entonces, la magia existía.
sábado, 17 de enero de 2015
Flores
De niña odiaba los cactus, no se. Simplemente los odiaba. Mi mamá tenía uno en el baño. Cada vez que lo veía, lo miraba feo. Ojalá te mueras, le decía. Hasta que un día, sin mayor aviso, le salió una flor. Y todo fue diferente.
viernes, 16 de enero de 2015
Sobrenombres
De chica me decían Ita, de ahí surgió mi primer sobrenombre, Ita la huerfanita. Después vinieron otros. Cuatro ojos, por ejemplo. Lo que me daba risa de éste, era que el niño que me lo había puesto, también usaba anteojos. La jirafa, por un personaje de Los Venegas. Hipopótamo con lentes, nada que agregar. Chanchita Piggy, queda más que claro. Bernardo O'Higgins, ve tú a saber por qué. Y algunos más que no recuerdo. Cuando me di cuenta de que a todos los niños les ponían sobrenombres, decidí no hacerme problemas porque a mi también me los pusieran. Pero hubo uno que nunca dejó de molestarme. Incluso ahora, cuando lo recuerdo, me indigna: El Monstruo Milton. Lo odié, lo odio y lo odiaré por siempre jamás.
jueves, 15 de enero de 2015
Barrer
Mi papá me enseñó a lavar la loza, a hacer la cama y a barrer. El método que utilizó para enseñarme a hacer lo último, fue bastante original. Se le ocurrió echarle talco al piso. La idea es que barriera hasta que lo blanco desapareciera. Pero resulta que el piso era de tabla y estaba encerado y el talco se pegó y por más que lo barríamos la cuestión quedaba blanca igual. Creo que, finalmente, tuvimos que trapear o lago así y y hacernos los lesos no mas.
miércoles, 14 de enero de 2015
Particularidades
Desde niña he escuchado a mi papá repetir palabras y frases en voz alta. Así, de la nada. Y es una mala costumbre que nos contagio a las tres. En mi caso, trato de evitar hacerlo porque se puede prestar para malos entendidos. Algunas de sus frases más célebres son "La Guerra del Peloponeso" "porque al niño le gusta, le gusta el tren" "bombones, chocolatines, caramelos" y "mocoso insolente, conozco a tu padre, se lo voy a decir". Otra de sus particularidades era que, cuando vivíamos juntos se refería a nosotras como indias occidentales. Si nos amenazaba con castigarnos (cuando no era en serio), decía que nos colgaría del palo mayor, nos azotaría a lo largo del cuero, nos daría unas buenas azotainas o un par de nalgadas. Y cada vez que le preguntábamos ¿por qué?, contestaba "porque era una gotita".
martes, 13 de enero de 2015
Aniversario
En el aniversario de bodas del año pasado, mi cuñado invitó a mi hermana a cenar a un restaurante "elegante". Mi cuñado le pidió al mozo que le trajera un vino, no se cual, pero me imagino que uno costoso. El mozo fue a buscarlo y volvió a la mesa. Descorchó la botella y con mucha parsimonia le sirvió un poco a mi cuñado. Mi cuñado lo probó y el mozo lo miró con actitud interrogante. Entonces le pregunta "¿es de su beneplácito?". O sea, yo entiendo que haya sido un restaurante fino y eso, ¿pero no será un poquito mucho?.
lunes, 12 de enero de 2015
"Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida"
Y es que andar por ahí con el corazón en la mano, extendiéndolo a otros así una y otra vez lo expone a ser dañado también una y otra vez. Y aunque creo que el corazón puede regenerarse y volver a nacer, también podría ser que llegara un punto o momento en que la sangre no baste y se haga poca y el corazón se seque y aunque insista en seguir latiendo, muera de todas formas. Y andar acarreando un corazón muerto no debe ser nada bueno. Aunque así no sentiría el dolor que le provoca el ser dañado, pero tampoco sentiría esas otras cosas que no estoy dispuesta a perder. Así que tal vez es tiempo de que lo esconda e intente protegerlo, aunque sea un poco y deje de andar exponiéndolo por ahí o por acá, como acabo de hacer.
domingo, 11 de enero de 2015
Un poco tonta
Soy lenta para entender. Me gustaría decir lo contrario. O sea, que fuera de otra manera. Pero soy lenta. Y me da rabia ser así, porque por ese motivo puedo llegar a perder algo que anhelo profundamente. Y no me gustaría que fuera de esa manera. Perderlo, quiero decir. Eso, si es que allá al otro lado, eso que anhelo, me estuviera siendo ofrecido.
sábado, 10 de enero de 2015
No todo estaba perdido
Y había perdido la esperanza. Pero entonces corrí y corrí hasta que logre alcanzar la punta del hilo de mi volantín cortado. Lo estoy bajando. De a poquito si, para que no se rompa.
viernes, 9 de enero de 2015
jueves, 8 de enero de 2015
Dos palabras
A veces, por distintas razones, el corazón se me sale del cuerpo y pende de un hilo que sostengo tal como a un volantín que se ve allá diminuto en el fondo del cielo. A veces, por una sola razón, logro bajarlo y abrazarlo y apretarlo tan fuerte, que vuelve a ocupar su sitio. Espero esa razón todos los días. No siempre llega, pero cuando lo hace, mi corazón, además de volver a ocupar su sitio, comienza a latir nuevamente...
miércoles, 7 de enero de 2015
El mueble del tío Carlos
El tío Carlos era un Coronel del Ejercito retirado, dueño de la casa quinta en la que mi abuela paterna era empleada. La casa quedaba cerca de Gran avenida y era bastante grande. Como el tío Carlos no tenía familia, les heredó la casa a ella, su marido y sus siete hijos. Mi papá, que era su protegido, siempre nos contaba anécdotas e historias referentes a él y a sus manías. Mi favorita era la de las pulgas. El tío Carlos odiaba las pulgas, lo que no tiene nada de raro, porque muchos lo hacemos. Lo raro eran los "métodos" que había inventado para combatirlas. Recuerdo dos. Una fue hacerse unas sábanas de papel de diario, para que las pulgas no pudieran atravesárlas y así mantenerlas fuera de la cama. La otra fue que, como hizo investigaciones y se enteró de que las pulgas pueden saltar hasta ochenta veces el alto de su tamaño, puso la cama sobre unos pilares de madera para que no pudieran alcanzarla. En fin, su mueble. El mueble es mío ahora. Lo salvé de ser dejado en la calle, para que se lo llevara la basura. Y es que no podía ser, porque el mueble tiene su historia. Además a mi me gustaba, y me gusta mucho. El tío lo compró en Valparaíso. Fue importado desde Arabia y es de abedul. Mi papá dice que probablemente sea del siglo XIX, aproximadamente. Es un librero por el costado derecho y por el costado izquierdo tiene una puerta que se cierra con llave. Ese costado era el que el tío Carlos usaba como caja fuerte. Ahí guardaba el dinero de su pensión, documentos importantes, entre ellos su testamento, y una pistola. Cada vez que el tío Carlos necesitaba salir con alguna de esas cosas, llevaba el arma. Y es que el barrio era bastante solitario. Entonces el tío Carlos, para no olvidar llevarla, tenía un cartel pegado en la parte interior de la puerta que decía "llevar la pistola".
martes, 6 de enero de 2015
Aunque en una de esas...
Cuando tenía cinco años, se me ocurrió hacer algo muy estúpido. Una noche me contaron la historia de Jesús y de su sacrificio en la Cruz, con la intención de que lo aceptara en mi corazón como Señor y Salvador. También me hablaron de Satanás, su rebelión, el Lago de Fuego y esas cosas. Cuando terminaron la historia, estaba llorando. Entonces le pedí a Jesús que entrara en mi corazón, porque me había dado mucha pena el dolor que él había sufrido para salvarnos y lo menos que podía hacer era recibirlo. Después me dejaron sola. Y ahí vino lo estúpido. Porque después de haber pensado en Jesús un rato, me puse a pensar en el Diablo. Y también me dio mucha pena que hubiese sido desitituido de la Gloria de Dios y que tuviera que vivir en el Infierno eternamente. Entonces se me ocurrió que él, así como yo había hecho, también se podía arrepentir y salvar su alma. Entonces volví a llorar y le rogué al Diablo que lo hiciera. Que le volviera a entregar su corazón a Jesús y lo aceptara de nuevo como su Señor y Salvador. Esta es la primera vez que hablo de lo sucedido.
lunes, 5 de enero de 2015
St. Paul School
La Misión realizaba todos los años una actividad a la que llamaban Verano de Servicio. Era parecido a las Cruzadas de Evangelismo, pero duraban dos semanas solamente. Los Veranos de Servicio se llevaban a cabo en Viña, en el Colegio St. Paul. En uno de esos veranos, nos hicimos amigas del hijo de los cuidadores del colegio. Ellos vivían en el tercer piso de lo que era la casa del Jardín Infantil que tenía la escuela. Un día llegamos ahí por casualidad y, como no había nadie, entramos. En el primer piso había un baúl lleno de disfraces. Nos los probamos todos. Estábamos tan entretenidas, que no nos dimos cuenta de que había aparecido un niño y nos estaba mirando. Era el hijo de los cuidadores. El niño llamó a su mamá, supongo que para que nos retara o lago, pero la señora resultó ser de lo más amable. Nos invitó a su casa y nos dio desayuno. A mi me gustaba mucho estar con ella. Incluso me quedé a dormir un par de veces. Y es que era la señora más relajada que yo había conocido en mi vida. Un día, por ejemplo, hacía mucho calor y le pregunté si podíamos llenar la tina del baño del segundo piso y bañarnos como si fuera una piscina. Dijo que sí al tiro. Salíamos al balcón todos mojados y nos devolvíamos a la tina. El piso era de tabla, así que ella iba a tener que envirutillarlo para encerarlo después, pero no se hizo ningún problema. Su hijo era muy simpático y nos daba unos tours por los lugares más interesantes del colegio. Nos metíamos a las salas y nos sentábamos mientras uno pretendía hacer clases. Lo que más me costaba de esas clases, era resistir la tentación de rayar las pizarras. Quedaban pintadas de verde, listas para empezar el año en Marzo y no se podían tocar. Y la tiza ahí al lado. Eso no se le hace a un cabro chico. En fin. El colegio tenía un patio o especie de cancha justo en la mitad del edificio. A mi me daba un poco de miedo, pero nos pasábamos las últimas horas de la tarde ahí. Un día estábamos parados al lado de la baranda. Abrimos los brazos y llamamos al viento. ¡Viento, ven!, ¡viento, ven!... Y qué creen, el viento vino.
domingo, 4 de enero de 2015
Letraset
Me encantaba la letraset. De hecho, aun me gusta. Incluso tengo algunas guardadas que me encontré por ahí en un lugar en el que trabajé. Cuando iba en tercero básico, estaba "enamorada" de un compañero de curso. Se llamaba Pedro. Una noche en que mi papá no estaba, me metí en su oficina y se me ocurrió escribir con esas letras un papel que decía "Ahinoam y Pedro, se aman". Típica cuestión de cabra chica. El problema fue que se me olvidó el papel en el escritorio de mi papá y él lo encontró cuando llegó, supongo. Al otro día en la noche, me dijo que íbamos a salir a comer. El, mi mamá y yo. Fuimos al Stick House. Yo creo que mi papá se gastó lo que no tenía en un par de anticuchos pitucos y todo para hablar conmigo sobre "cierto tema". Yo no entendía ni pío. La conversación sobre el sexo y eso la habíamos tenido hace tiempo y nunca se me ocurrió que todo el asunto se trataba del famoso papel. Y llegó el momento. "Hija, encontré algo sobre mi escritorio..." Obviamente esa frase terminó con mi incertidumbre. Intenté mentir, lo que ahora me parece bastante ridículo, porque lo que había hecho no tenía nada de malo. Pero claro, eso lo entiendo ahora. En ese momento sentí que había cometido un gran pecado y se me venía un castigo ejemplar. Sin embargo mi papá comenzó con un discurso acerca del amor, de lo que significaba y de lo importante que era. Juro que traté de entender lo que más pude, pero la verdad es que estaba tan nerviosa, que no caché una. Al final creo que todo quedó en nada, porque yo nunca admití que lo que había escrito era cierto. Supongo que en ese entonces, me quedé con la idea de que los había convencido, cosa que ahora dudo, por supuesto. Lo que mi papá y mi mamá nunca supieron, fue que yo estaba pololeando con el Pedro. Que me regalaba chocolates y que incluso habíamos quedado de juntarnos en la plaza la tarde de un viernes, para que yo le diera un beso. Como nunca llegué, el Pedro terminó conmigo y se puso a pololear con la Bárbara que era una niña nueva, rubia, de ojos azules y mucho más bonita que yo. Creo que esa fue mi primera "desilusión amorosa". Después vinieron muchas más, porque yo era demasiado pava y siempre terminaban cambiándome por otra. En fin.
Lo que nos pertenece aun después de la muerte
Mi familia fue muy cercana a una misionera peruana que llegó a la Misión. Una vez sus padres vinieron a visitarla y los hospedamos en nuestra casa. Se encariñaron tanto con nostras, que nos trataban como si fuéramos sus nietas. Meses después de que volvieron a Perú, nos invitaron a visitarlos. Fueron unas lindas vacaciones. Años después viajé a Lima en una cruzada de evangelismo y pasé a ver a la abuela. El abuelo había muerto hace un par de años y se veía que lo extrañaba mucho. Llegué en la mañana y me quedé hasta la tarde. En un momento me pidió que la acompañara un rato al patio. Entonces dio el agua y comenzó a regar el pasto, las plantas y las flores. Mientras conversábamos, me comentó que se demoraba mucho y que se aburría un poco. Entonces le dije que para demorarse menos, lo que tenía que hacer era tapar la boca de la manguera con el dedo indice o con el pulgar. Parecía que le hubiese revelado un gran secreto. Se puso como una niña. Entonces me contó que era su marido el que se preocupaba del jardín y que era poco lo que ella sabía. Que se lo cuidaba lo mejor que podía, pero que ese jardín era de su marido... que ese jardín aun le pertenecía. Era un bello jardín, a todo esto.
viernes, 2 de enero de 2015
Peñaflor
Cuando estaba embarazada de mi segundo hijo, mi ex marido quedó sin trabajo. Para ayudarnos, mis papás nos dijeron que fuéramos a vivir con ellos. En ese tiempo vivían en Peñaflor. La casa estaba a media cuadra de Miraflores. Era una calle de doble vía con unos plátanos orientales enormes a cada lado. Mi hijo mayor tenía como un año y medio. En las tardes lo sacaba a caminar y lo llevaba a unas parcelas que quedaban cerca para que viera las vacas, los caballos, tomara aire y se cansara un poco antes de hacerlo dormir. En una de esas parcelas, estaba un negocio en donde había frutas y verduras, además de pan amasado y tortillas con chicharrones. A uno de los costados de la entrada, había un letrero que decía "se venden ilusiones"...
jueves, 1 de enero de 2015
Primero de enero
Que silencioso encuentro el primero de enero. Es como si el año pasado se hubiera muerto y hoy estuviéramos de luto. El día se me hace largo y lánguido. En fin. Cuando era chica estuve de visita en la casa de una familia que tenía un piano. Una de las hijas del matrimonio me enseñó a tocar la polca de los perros. Es lo único que se tocar. Hace tiempo se las enseñé a mis hijos en un teclado que tenemos en la casa. Mi hermana tiene un piano de pared que era de su suegra. Está bastante desafinado, pero igual sirve. Hoy me acordé de lo de la polca y me puse a tocar. Es entretenida la polca esa. Mis hijos y mis sobrinos, (que también se la saben), bajaron un rato a tocar conmigo. Al final terminamos echando competencia a ver quién la tocaba más rápido. Nadie perdió, todos ganamos, porque nos reímos un buen rato por lo menos y hasta salió la idea de comprar comida china y de seguir tomando bebida. Del postre ya no queda nada...
martes, 30 de diciembre de 2014
Que
Que triste es que te digan que, por ahora, es algo irremediable. Que tienes que aprender a enfrentarlo. Que el tiempo pasa y la soledad se extravía dentro de lo cotidiano. Que puedes acostumbrarte a vivir así. Que es preferible, incluso. Que pena que no te digan que es mejor no evadir. Que hay cosas que si las dejas dentro, se echan a perder. Que el dolor es digno de ser sufrido. Que el corazón puede salir por la boca.
lunes, 29 de diciembre de 2014
Cuando era chica
Me enseñaron que no hiciera con otros lo que no quería que hicieran conmigo
Que estuviera dispuesta a dar la vida por mis amigos
Que perdonara setenta veces siete
Que pusiera la otra mejilla
Que el amor nunca dejaba de ser
Que estuviera dispuesta a dar la vida por mis amigos
Que perdonara setenta veces siete
Que pusiera la otra mejilla
Que el amor nunca dejaba de ser
domingo, 28 de diciembre de 2014
Tela
No se si el cuadro original existe. Pero esta tela impresa pareciera estar siempre pidiéndome que la observe. Está en el comedor de la casa de mi tía. Me gusta mirarla. Me produce una sensación muy agradable. Una sensación que no sabría explicar muy bien...
sábado, 27 de diciembre de 2014
Neruda si ha muerto
No te pareces al mundo en tu actitud de entrega
No te envuelve en su llama mortal la luz
No canta en ti la tierra, caracola terrestre
No viajan como pañuelos blancos de adiós las nubes
No se adelgazan mis palabras a veces
No te recuerdo como eras en el último otoño
No hago rojas señales sobre tus ojos ausentes
No te tuerces en lentas espirales de humo
No voy, duro de pasiones, montado en mi ola única
No he visto desde mi ventana la fiesta del poniente en los cerros lejanos
No ancla entre dos montañas, casi fuera del cielo, la mitad de la luna
No basta para mi corazón tu pecho
No he ido marcando con cruces de fuego el atlas de tu cuerpo
No juegas todos los días con la luz del universo
No parece que los ojos se te hubieran volado
No eres mía, no eres mía voy gritando a la brisa
No pienso, camino largamente, mi vida antes de ti
No hace la luna girar su rodaje de sueño
No juegas tú con el sol como un estero
No tiritan azules los astros a lo lejos
No era la sed y el hambre y tú no fuiste la fruta
No sobrevivió Neruda
No te envuelve en su llama mortal la luz
No canta en ti la tierra, caracola terrestre
No viajan como pañuelos blancos de adiós las nubes
No se adelgazan mis palabras a veces
No te recuerdo como eras en el último otoño
No hago rojas señales sobre tus ojos ausentes
No te tuerces en lentas espirales de humo
No voy, duro de pasiones, montado en mi ola única
No he visto desde mi ventana la fiesta del poniente en los cerros lejanos
No ancla entre dos montañas, casi fuera del cielo, la mitad de la luna
No basta para mi corazón tu pecho
No he ido marcando con cruces de fuego el atlas de tu cuerpo
No juegas todos los días con la luz del universo
No parece que los ojos se te hubieran volado
No eres mía, no eres mía voy gritando a la brisa
No pienso, camino largamente, mi vida antes de ti
No hace la luna girar su rodaje de sueño
No juegas tú con el sol como un estero
No tiritan azules los astros a lo lejos
No era la sed y el hambre y tú no fuiste la fruta
No sobrevivió Neruda
viernes, 26 de diciembre de 2014
26 de Diciembre, día nacional del ticket de cambio
Tal vez la vida debería venir con ticket de cambio. Simplemente ir a la vida y decirle que no me gustó el color. Que no me quedó buena. Que quería otra cosa. Hacer la fila. Entregar el ticket. Hacer el cambio.
jueves, 25 de diciembre de 2014
Luna
La luna no parece la cara de un gato. Tampoco parece una uña recién cortada. Tampoco parece un queso. La luna no es de miel. No está sola. No está triste. No llora. No acuna. No acompaña. No sonríe. No canta. No baila. La luna es un satélite natural de la tierra, que gira alrededor de ella y refleja la luz del sol; tiene una superficie de aspecto volcánico y carece de atmósfera.
miércoles, 24 de diciembre de 2014
Feliz Navidad
Cuando nació mi hermana, la del medio, mi mamá me puso en un jardín infantil. Vivíamos en Gran Avenida en el paradero dieciocho. Fernandez Albano se llama la calle. El jardín Los Capullitos quedaba como a tres cuadras de la casa. Lo importante cuando iba al jardín, era que no me ensuciara. Al menos eso era lo era para mi mamá. Yo trataba de cumplir con el pedido lo mejor que podía. Una vez estábamos jugando a los bomberos y a mi me tocó estar entre los muertos. Le dije a mis compañeros que podía hacerlo, pero que me tenía que morir parada para no ensuciarme el delantal. En ese mismo jardín y por esta misma fecha, me tocó disfrazarme de enano y cantar una canción navideña, por supuesto. Mi mamá me hizo el típico traje rojo con la barba y eso. Además me hizo una especie de pantuflas para simular las botas. Cuando íbamos de regreso a la casa pasamos por un lugar lleno de esas plantas que parecen espigas. Estaban secas. Se me pegaron en las pantuflas y me dolieron los pies hasta que llegué a la casa.
martes, 23 de diciembre de 2014
Perdonar y ser perdonado
Ni la fecha, ni el lugar, ni la hora fueron los indicados. Además hacía un calor santiaguino al que no estoy acostumbrada. Pero valió la pena. Siempre he tenido una relación muy cercana con mi papá. Más que como mi papá, lo veo como un amigo. Por motivos que no viene al caso mencionar, dejó de hablarme en Mayo de este año. Nunca habíamos estado peleados por tanto tiempo. Ayer me llamó para que nos juntáramos hoy y conversáramos. Y bueno, conversamos y solucionamos el problema que finalmente no era tan grave como lo habíamos pensado. Como nos juntamos en el Paseo Ahumada, le pedí que visitáramos algunos de los lugares por los que solíamos pasar cuando era niña. De la Plaza de Armas no quiero ni hablar, solamente voy a decir que me dolió ver lo que hicieron con ella. Con la antigua, quiero decir. Pasamos por la Galería Agutín Edwards, el Portal Fernández Concha y fuimos al Correo Central para ver si encontrábamos la antigua casilla en la que recogíamos las cartas. Y la encontramos. Finalmente nos fuimos al Cory que tiene una sucursal en el Mall del Centro. Es un café al que hemos estado yendo desde que era adolescente y en donde siempre pido lo mismo, un cortado doble con una María Antonieta.
lunes, 22 de diciembre de 2014
Vida
La manera en que pones la mesa, preparas el café, tuestas el pan. La forma en que caminas, cantas, hablas. El modo en que amarras tus zapatos, te peinas, te vistes. La expresión en tu rostro cuando lloras, ríes, miras a través de una ventana. Vida que pasa desapercibida. Vida que se vive en solitario.
domingo, 21 de diciembre de 2014
Tul
La antigua Plaza de Armas es uno de los pocos lugares que recuerdo con cariño de Santiago. En un tiempo fuimos bastante seguido. Jugábamos con mis hermanas corriendo alrededor de ella, una y otra vez. La encontrábamos tan grande. Me parecía que era algo así como un laberinto. Recuerdo haberme perdido un par de veces. Me gustaba una fuente que había. Me quedaba mirándola. Cuando me daba cuenta, todos se habían ido y entonces eso, me perdía. Pero seguramente el lugar no era tan grande como a mi me parecía, porque siempre terminaban encontrándome. También me quedaba mirando el caballo ese. No le encontraba mucha gracia y nunca entendí qué era lo que hacía ahí. Algunas de las veces en las que paseábamos por la plaza, vimos a unos caballeros jugando ajedrez en ese lugar que no se cómo se llama. Estuve mirándolos un rato, pero me aburrí. Mi papá trató de explicarme de qué se trataba la cosa, pero no entendí nada. No entiendo ahora, menos lo iba a hacer entonces. En fin. Ese lugar en el que los caballeros jugaban ajedrez, era mi favorito. Me gustaba porque ahí tocaban música. No sé que días ni cuantas veces a la semana, pero era en las tardes. Una vez estuvimos ahí cuando ya estaba oscuro. Era verano, así que no hacía frío. Había una pequeña orquesta tocando un vals. Mi papá y mi mamá estaban sentados en un escaño cerca de ahí. Tengo la imagen grabada de haber bailado, sintiendo que flotaba con mi vestido de tul blanco.
sábado, 20 de diciembre de 2014
Renacer
A veces, después de un gran incendio, algunos árboles, algunas plantas, algunas flores, vuelven a crecer. Y es que bajo tierra, sus raíces son tan profundas, que pueden sobrevivir al fuego. No es fácil, pero sucede.
viernes, 19 de diciembre de 2014
El tiempo pasa
Tenía trece años. Mis tíos fueron a quedarse a nuestra casa para cuidarnos, porque mis papá y mi mamá salían de viaje. Seguramente a dar algún seminario para matrimonios. Lo tragicómico es que se pasaron treinta años de su vidas dictando esos seminarios y terminaron separándose hace siete. En fin. Decía que mis tíos habían ido a cuidarnos. Creo que estuvieron con nosotras por una semana, o algo así. Fueron con mi primo. En ese tiempo debe haber tenido entre seis y ocho meses. A mi me gustaron desde chica las guaguas, así que andaba con el bebé para arriba y para abajo. Por estos días estoy de visita en la casa de mi tía, la que nos cuidó esa vez. Mi primo aun sigue viviendo acá. Hemos conversado harto. Me gusta hablar con él, me gusta mirarlo y recordar que alguna vez lo tuve en brazos.
Hace veinticinco atrás
Veinticinco años después
jueves, 18 de diciembre de 2014
Yeso
La micro chocó frente a la catedral evangélica. Mi mamá y mis hermanas estábamos por bajarnos. Con la frenada, mi hermana chica se quebró la clavícula. Era la clavícula derecha. La enyesaron y le dejaron solamente la mano derecha y el brazo izquierdo libres. Mi hermana es diestra así que tuvo algunos problemas para comer, lavarse los dientes, peinarse y cosas así. Nada muy importante. En fin. Mis papás habían salido y me habían dejado cuidando a mis dos hermanas. Salimos a jugar con unos amigos. Estábamos corriendo cerca de una casa que estaba en la entrada de la Misión, cuando nos dimos cuenta de que mi hermana chica había desaparecido. La buscábamos por todas partes, pero no la encontrábamos. Hasta que la escuchamos llamándonos y pidiendo auxilio. Cerca de donde jugábamos estaban construyendo un baño y habían hecho una zanja de dos metros mas o menos. Mi hermana se había caído adentro y con el brazo malo no podía salir. Nosotros tampoco pudimos sacarla, así que le pedimos ayuda a unos tíos que se metieron al hoyo y la rescataron. Eso.
Ocurrencias
Teníamos dos amigos con los que jugábamos siempre. A la escondida generalmente, pero un día para variar un poco, nos fuimos al fondo del sitio a jugar en una acequia. Se nos ocurrió hacer una represa. Estuvimos harto rato en eso. Era verano y hacía un calor insoportable. De pronto uno de los cuatro sugirió que nos "bañáramos", así que nos echamos a remojar en el agua turbia En eso estábamos cuando alguien le tiró agua a alguien y ese alguien se picó y en vez de tirarle agua, le tiró barro. Así comenzó la guerra. Quedamos tan inmundos, que tuvieron que manguerearnos para despegarnos el barro de la cara, (yo me había hecho una máscara), el pelo y la ropa. Nunca más pudimos volver a hacer lo mismo, nos lo prohibieron. Pero como dice el dicho, lo comido y lo bailado...
miércoles, 17 de diciembre de 2014
Limonada
Chiloé con Victoria. Era una casa grande, la segunda que arrendaba la Misión en Chile. No recuerdo bien la edad, pero eramos chicas. Uno de los líderes estaba con un resfriado hace varios días. Mi hermana chica y su mejor amiga decidieron hacerle una limonada. El enfermo se los agradeció y se la tomó toda. En un momento se me ocurrió preguntarle a mi hermana de dónde habían sacado el agua para prepararla. Eran muy pequeñas como para alcanzar la llave de la cocina. Entonces me llevó al baño y me mostró la taza del water. El tío siguió en cama por un par de días más. En parte por el refrío y en parte por el dolor de estómago.
martes, 16 de diciembre de 2014
Hoy
Tomar un colectivo. Ir a la consulta. Caminar a la Farmacia. Caminar al centro. Tomar un café. Caminar al paradero. Tomar un colectivo a mi casa. Armar una maleta. Volver a tomar un colectivo. Bajarme en el terminal de buses. Viajar a Santiago. Bajarme en Pajaritos. Tomar el metro. Caminar a la casa de mi tía. Dejar la maleta. Almorzar. Caminar al metro. Bajarme en Pedro de Valdivia. Visitar a mi sobrino en la Clínica. Caminar al paradero. Tomar una micro. Volver a caminar a la casa de mi tía. Tomar once. Llevarme la maleta. Caminar al paradero. Tomar un colectivo. Caminar a la casa de otra tía. Conversar con mi primo. Acostarme. Escribir esto.
domingo, 14 de diciembre de 2014
Truenos y relámpagos
No recuerdo exactamente en que año fue, pero era invierno. Volvíamos de visitar al pololo de mi hermana y estaba lloviendo. Ibamos a la casa de mis tíos que en ese tiempo vivían en el paradero siete de Pajaritos. Faltaba poco para que llegáramos y comenzó. Era una tormenta eléctrica. Creo que ha sido la única que he visto. Truenos, relámpagos y una lluvia torrencial. No nos queríamos bajar de la micro. Teníamos miedo, pero estábamos emocionadas. Finalmente tocamos en timbre y nos bajamos. La casa de mis tíos estaba a varias cuadras de la avenida y teníamos que entrar por Las Torres. Corrimos todo el camino, gritando y riendo cada vez que caía un rayo. Llegamos hechas sopa. Fue aterradoramente fantástico.
sábado, 13 de diciembre de 2014
Querido diario
Después de leer Papito Piernas Largas, en el año noventa, comencé un diario de vida. Tenía catorce años. Escribí cinco, el último a los diecisiete. Hoy estaba revisando unas cajas y los encontré. Claro, al hojearlos me pude dar cuenta de cómo fui cambiando en esos tres años. El primero y el segundo, ingenuos. El tercero y el cuarto, conflictivos. El último, el acabóse. Lo entretenido si fue que encontré pegados un montón de recuerdos. Fotos, tarjetas, postales, cartas. Entradas a los conciertos de Amnistía, Silvio y a uno de Blues en Zurich. Una colilla del primer cigarrillo que fumé, un rulo de mi mejor amiga en primero medio, una moneda de a peso (el peso de la conciencia), boletos de micro, flores secas, recortes, dedicatorias de amigos y amigas, las huinchas que me pusieron en la muñeca cuando me operaron en el Hospital de Arligton y un montón de otras cosas más. Y entre todas ellas, mi primer pasaporte...
viernes, 12 de diciembre de 2014
Tiempo de paz
Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.
jueves, 11 de diciembre de 2014
sábado, 6 de diciembre de 2014
Dormida
Hace algunos días alguien me visita en sueños. Es de día. Nos sentamos en una plaza. Conversamos. Eso es lo único que hacemos, conversamos. La persona que me acompaña habla de su vida y yo hablo de la mía. Los dos estamos vestidos de blanco.
viernes, 5 de diciembre de 2014
Chiquitita
La niña caminaba tomada de la mano de su mamá
"Mamá, ¿me compras una sorpresa?"
"No puedo hija, tengo que comprarte las zapatillas"
"¿Y un chicle?"
"Mamá, ¿me compras una sorpresa?"
"No puedo hija, tengo que comprarte las zapatillas"
"¿Y un chicle?"
jueves, 4 de diciembre de 2014
Mujer Bonita
Es como en la escena de Mujer Bonita cuando Richard Gere le muestra a
Julia Roberts el collar de diamantes y en el momento en que ella va a
tocarlo, él cierra la caja. Claro, en la película la situación sucede
solo en una ocasión así que causa risa. Pero si lo mismo se repitiera
una y otra y otra vez, se perderían la gracia y el sentido. Si ese fuese
el caso, le recomendaría a Julia Roberts que dejara la caja cerrada y
se retirara dignamente.
martes, 2 de diciembre de 2014
Bon o Bon
Tenía diez años la primera vez que fuimos a Argentina. Llegamos a una parcela. Era de unos misioneros norteamericanos. A mi papá lo habían invitado a dar un seminario para matrimonios y como ellos pagaron parte de los pasajes, viajamos todos juntos. Era un lugar muy bonito. Tenía árboles frutales, un parrón en la parte de atrás, pavos, ovejas y pollos. Pero lo que más nos gustó fue la piscina. Era muy grande y estaba rodeada por enredaderas. El día en que llegamos estaba nublado y se suponía que el clima iba a continuar así por un par de días. Estábamos tristes, obviamente, porque lo único que queríamos era bañarnos. Entonces una de las tías que vivía allí, nos llevó al patio y nos dijo que sopláramos las nubes. Y las tres soplamos con todas nuestras fuerzas por un rato. Entonces la tía nos dijo que esperáramos hasta el otro día. La mañana siguiente amaneció completamente despejada. Nos bañamos todo el día. Tanto que terminamos las tres insoladas. Fueron unas semanas muy entretenidas. Nos subíamos a los árboles, atrapábamos saltamontes y jugábamos con los hijos de las parejas que estaban en el seminario. Una noche nos dijeron que saliéramos al patio y esperáramos. De pronto comenzaron a encenderse pequeñas lucecitas que se movían de un lugar a otro. Era la primera vez que veíamos luciérnagas. Creo que han sido una de las cosas más lindas que he visto en mi vida. Lo otro que nos mostraron fueron los cerros que hacían las hormigas rojas. Las hormigas eran muy grandes y te mordían tan fuerte que te dejaban los dedos hinchados. Pero de todo el viaje, lo que más me gustó fue el regreso. Volvimos en uno de esos camiones grandes que cruzan la frontera. Este tenía dos acoplados. Nos despertaron como a las cuatro de la mañana. No se que tiene eso de ser chico y levantarse de madrugada para salir de viaje. A mi me daba como la sensación de algo emocionante o una cosa así. La cabina del camión tenía una cama angosta en la parte de atrás y ahí dormimos un rato. A la hora del desayuno el señor que conducía el camión nos dio Zucaritas y saláme. Pasamos a almorzar a uno de esos restaurantes para camioneros. Me puse una gorra que encontré en el asiento y nos bajamos a comer. Me acuerdo que me creía un tipo que salía en un programa de televisión que también manejaba un camión. No me acuerdo como se llamaba. Cuando estábamos en la frontera el tío nos compró unos Bon o Bon. Acá todavía no habían llegado y me gustaron tanto, que hasta el día de hoy es una de mis golosinas favoritas.
sábado, 29 de noviembre de 2014
Apego
No creo en eso que dicen de que "hay que cortar el cordón". Tampoco entiendo por qué lo dicen, cual es el propósito de hacerlo, quiero decir. Mis hijos están creciendo, están cambiando. Pero a pesar de eso, los siento cada vez más cercanos. No quiero ser una madre posesiva, pero tampoco quiero ser una madre ausente. Me gusta pensar que dedicar mi vida a ellos, a mi casa es algo valioso. Que no es menos importante que realizarse profesionalmente, por ejemplo. No se que voy a hacer después de que se vayan, pero lo que si se, es que no voy arrepentirme de haber optado por ellos antes de haber optado por otras cosas.
En autobus
Mi sobrino mayor nació cuando mi hermana, la del medio, había cumplido
recién dieciocho años. Obviamente mis padres, cuando se enteraron del
embarazo, no lo tomaron de la mejor manera. En realidad fueron bastante
severos con ella. Cuando mi sobrino nació, se tuvo que ir a vivir con su
pololo. Vivieron juntos como por un año y medio, mas o menos. Después
de eso, terminaron y volvió a la casa. Mis papás, mi hermana menor y yo,
vivíamos en un departamento de tres dormitorios. No era muy grande,
pero ella, mi sobrino y yo nos acomodamos en mi dormitorio. Dormíamos
los tres en un colchón de dos plazas. Vivimos así hasta que yo me casé y
me fui, varios meses después. Durante el tiempo que vivimos juntos, mi
sobrino y yo nos apegamos mucho. El próximo lunes cumple dieciséis años.
El sábado se lo celebran. Hoy mi hijo mayor se fue a Santiago para
acompañarlo. Hoy mi hijo mayor se fue solo a Santiago. Solo, por primera
vez.
jueves, 27 de noviembre de 2014
Infancia
No grites
No llores
No pelees
No desordenes
No veas tanta tele
No digas mentiras
No preguntes tanto
No digas garabatos
No saques la lengua
No juegues con agua
No andes sin zapátos
No andes tan abrigado
No tomes té en el plato
No te chupes los dedos
No te saques el chaleco
No empujes con el dedo
No mastiques los dulces
No tomes agua de la llave
No hagas sonar la bombilla
No pongas los codos en la mesa
No te juntes con esa chusma
No llores
No pelees
No desordenes
No veas tanta tele
No digas mentiras
No preguntes tanto
No digas garabatos
No saques la lengua
No juegues con agua
No andes sin zapátos
No andes tan abrigado
No tomes té en el plato
No te chupes los dedos
No te saques el chaleco
No empujes con el dedo
No mastiques los dulces
No tomes agua de la llave
No hagas sonar la bombilla
No pongas los codos en la mesa
No te juntes con esa chusma
martes, 25 de noviembre de 2014
Insomnio
No puede dormir. Se da vueltas en la cama intentando descubrir cuál de todas las cosas que tiene en la cabeza, es la que provoca el desvelo. Pero como muchas otras veces, no logra dar con ella. Así sus pensamientos van y vienen. No lo entiende. Hoy fue un buen día, se dice, ¿cual es el problema?. Tal vez sea algo que viene desde antes. Pero no le gusta la idea de intentar aclarar el asunto removiendo situaciones que no tienen principio ni fin. Es más, eso de revisar uno tras otro los recuerdos desagradables, los momentos complicados y los traumas por los que ha atravesado, le parece una perdida de tiempo. Es cierto que en algún momento lo intentó, pero pronto se dio cuenta de que había invertido varios años en tratar de resolver su vida, en vez de vivirla. Pero, ¿por qué no puede dormir?. Sabe que la respuesta debe ser simple. Entonces se levanta, sale al patio y enciende un cigarrillo. Mira al cielo oscuro y estrellado. Entonces se siente insignificante, tanto que hasta le da un poco de miedo. Eso debe ser, piensa. Pero bueno, supongo que es algo que le debe pasar a todo el mundo en un momento u otro, concluye. Vuelve a su dormitorio, se acuesta y se duerme.
lunes, 24 de noviembre de 2014
Cuestión de tallas
La ropa que usábamos era casi siempre regalada. Primero me la daban a mi. Yo la ocupaba hasta que me quedaba chica. Entonces pasaba a mi hermana. Cuando ella ya no podía usarla, le tocaba el turno a la menor. Y así nos vestimos durante varios años. Hubo uno en que nuestra situación económica era tan mala, que una radio cristiana se ofreció a hacer una campaña para ayudarnos. En fin. Durante ese tiempo una persona de una iglesia le regaló un terno nuevo a mi papá, para que lo usara cuando le tocara predicar. Ese día, mientras tomábamos once mi hermana, la del medio, le preguntó a mi papá "¿quién te regaló ese terno nuevo?", mi papá, emocionado le contestó, "Dios me lo regaló hija, Dios". Ella se quedó pensando por unos minutos y luego le dijo "ah, ¿entonces le quedó chico a Dios?
domingo, 23 de noviembre de 2014
Brownie
Mi hijo mayor dice que quiere ser "cocinero" cuando sea grande. Hoy le enseñé a hacer un brownie. Es una receta bastante fácil que se puede cocinar en el microondas. Nos demoramos como quince minutos. Al terminar, los dos estábamos felices. El porque le quedó muy rico y yo porque pude compartir otra hermosa experiencia con él.
The window
Hace varios años iba en un bus a Algarrobo y encontré una croquera en el bolsillo del asiento de adelante. Era de alguien que estudiaba en el DUOC. La miré un poco antes de entregarsela al chofer. Había varios dibujos. Hubo uno que me llamó la atención y es el único que recuerdo. Era una oveja a la que la habían arrojado por la ventana. Abajo de la imagen se leía "mary had a little lamb, she threw her out the window". Siempre me pregunté de dónde habría salido la frase. Hoy por primera vez se me ocurrió googlearla y encontré esta canción. Bastante estúpida, pero bueno, acá se las dejo
viernes, 21 de noviembre de 2014
De recuerdo
Tengo guardada una maleta con ropa que era de mis hijos cuando eran bebés. Se la presté a mi hermana por si había algo que le pudiera servir a mi sobrino. Le regalaron tantas cosas que al final no ocupó nada. Este fin de semana me la devolvió. Como la ropa tenía un poco de olor a humedad, la puse a lavar. Al rato salí a tenderla. No quiero usar frases repetidas para describir lo que sentí mientras lo hacía, así que solamente les voy a decir que fue hermoso.
jueves, 20 de noviembre de 2014
Mitimota
Ayer estuve en las Rocas de Santo Domingo visitando a una tía. No en las casas pitucas que están a la orilla del mar. sino en las poblaciones que están detrás de ellas. Cuando era adolescente fuimos varios veranos a verla. Bajábamos casi todos los días a la playa. Para llegar ahí, había que caminar un kilómetro mas o menos, por un camino que desembocaba en una calle principal. Esta calle nos dejaba justo frente a ella. La primera vez que fuimos, nos acompañaron nuestros dos primos. Al llegar a la orilla nos dijeron "a la derecha se ponen los cuicos, a la izquierda nos ponemos los pobres, ¿en qué lado se quieren poner?". "En el de los pobres", contestamos. Yo no estaba muy convencida de que en realidad fuera tal como ellos decían, pero lo era. Cada uno en su lado. Era algo así como cuando uno era chica y decía "las niñas con las niñas y los niños con los niños". Ahora casi nadie va a esa playa, ni los cuicos ni los pobres, pero la diferencia sigue existiendo.
martes, 18 de noviembre de 2014
Tres en uno
En el colegio al que van mis hijos, hacen durante el año cuatro salidas a terreno que son obligatorias. Uno de estos viajes es de dos días. Ese viaje les toca mañana. Aunque este es el séptimo año en el que van, siempre siento que un pedazo de mi corazón se va con ellos. Pero lo pasan espectacular. Hacen caminatas, cabalgatas, fogatas, nadan, acampan. Siempre vuelven felices, sucios y cansados a más no poder, pero felices. Así que vale la pena soltar ese pedazo de mi corazón que se va con ellos y saber que están disfrutando de sus pequeñas vidas. Y saber también, que aunque estemos separados, seguimos siendo tres en uno.
lunes, 17 de noviembre de 2014
Anoche
Lavarme las manos. Acomodarme el pañal de algodón. Apagar la luz. Cargar a mi sobrino de dos meses. Hablarle en susurros. Calmar su llanto. Pasearlo para hacerlo dormir. Cantarle una canción. Ver como se van cerrando su ojos. Mirarlo y sentirlo tan chiquito. Sus manos, sus pies, su cara, todo tan diminuto. Saberlo seguro entre mis brazos. Dependiente, como nunca más volverá a serlo.
domingo, 16 de noviembre de 2014
Luz Enriqueta
Lo pasamos bien donde mi tía. Nos hizo pan de huevo y un queque. En la sobremesa, les leí un poco de lo que había escrito sobre la casa y terminamos hablando de mi abuelita. Hoy vuelvo a recordarla. Recuerdo su sopa de cebolla con pedazos de pan. Los domingos con un pollo y dos tazas de arroz. Su pan amasado, sus empanadas y su pan de pascua en horno de barro. La vela debajo del balón de gas para sacarle hasta lo último. El té de hoja hervido una y otra vez hasta dejarlo sin color. La once a las cinco de la tarde, en pleno verano. El tarro en el que calentaba a leña el agua para lavar las sábanas. Sus aros de oro con perlas cultivadas. Sus chales tejidos a palillo. Su radio a pilas en la que escuchaba "la predica". Sus pintoras. Su chauchera negra con un broche dorado. Su Flaño de mujer. Su vestido café con flores amarillas. El brasero y las tortillas de rescoldo. Sus siestas en el sillón. Las idas a la feria. Las veces en que se caía y se reía tanto, que no la podíamos parar. La vez en la que se nos desarmó el catre, como a las dos de la mañana. Los almuerzos que les servía a las personas que pasaban pidiendo algo para comer. Su lavar y lavar platos. Sus interminables oraciones antes de dormirnos. Su ensalada de lechuga con comino. Sus pañuelos bordados. Lo alegre que era. Los chistes que contaba. Las poesías que recitaba. Las canciones que cantaba. Su corazón grande... y su amor por mi, su regalona.
sábado, 15 de noviembre de 2014
Entre el sol y yo
El sol que me enceguece
El sol que me acaricia
El sol que me desnuda
El sol que me abraza
El sol que me envuelve
El sol que me enciende
El sol que me quema
El sol que me sofoca
El sol que me ahoga
Luego el agua helada, hasta que me evaporo
El sol que me acaricia
El sol que me desnuda
El sol que me abraza
El sol que me envuelve
El sol que me enciende
El sol que me quema
El sol que me sofoca
El sol que me ahoga
El sol que me mira
El sol que me ve Luego el agua helada, hasta que me evaporo
viernes, 14 de noviembre de 2014
Y en fin
Estoy en la casa de mi abuelita Luz. Bueno, la casa que fue su casa hasta que murió. Ahora es de una de mis tías. Viví aquí hasta que tuve cinco años. Después de eso, venía a quedarme casi todo el tiempo. Entonces podría decir que crecí acá. Me vine caminando desde el Metro Las Rejas. Cuando llegué a la esquina, me acordé de cómo mi tío, que es diez años mayor que yo y era como mi hermano, salía corriendo detrás de mi cuando me escapaba. Yo corría con todas mis fuerzas, hasta que él me atrapaba, me agarraba por la espalda, me tomaba en brazos y me tiraba hacia arriba, los dos muertos de risa. Cuando me daban permiso para salir a jugar a la calle, él se sentaba en la vereda a cuidarme. Tocaba Silvio en un banquito que había puesto a la salida de la casa. Las señoras que volvían de la feria siempre se paraban a escucharlo y comentaban "que lindo toca la guitarra". Recordé también otras cosas. Que acá vivía cuando me atropellaron. Tenía cuatro años. El taxi alcanzó a frenar y solamente me dejó un tremendo cototo en la frente. Que en esta casa otro de mis tíos, me sacó mi primer diente, con ese método de amarrarlo a la puerta y dar un portazo. Que aquí me pasaba el rato metiéndole palitos a las telas de araña que se hacían en los hoyitos de la pared de ladrillos, hasta que asomaban las patitas. Que desde acá salíamos los domingos con mi abuela al punto de predicación y de ahí nos íbamos a la iglesia que estaba solo a unas cuadras. Nos sentábamos en el coro y yo la abrazaba para escucharle la voz en el pecho. Que este era el lugar en que nos celebraban los cumpleaños con las tortas que hacía mi tía, la que vive acá ahora, con platitos de galletas y leche con chocolate. El regalo era casi siempre un chaleco que nos tejía alguna de mis otras tías. Que cuando mi tía menor limpiaba con Rinso las baldosas del patio, nos tirábamos de guata, resbalándonos hasta llegar a la reja. Que en este mismo living jugábamos con mis primas al Salón de Belleza "Carol Kein" y a la oficina. Que de acá me mandaban a comprar "Al Mono" y yo me iba a pata pelá en verano y me quemaba los pies. A veces me tenía que traer de esas calugas de champú Linic y las masticaba, hasta que un día se me reventó una en la boca y nunca más. Que, como no tenía muñecas, envolvía los choclos en un pañal y eran mis guaguas. Que acá me enseñaron a tejer con esos clavos grandes...
jueves, 13 de noviembre de 2014
Circulo
Se tendió sobre la cama mirando el techo, tratando de no pensar en nada. Se quedó ahí por un rato, inmóvil. Comenzó a darle sueño, así que fue a la cocina y se preparó un café. Se sentó a beberlo lentamente. A través de la ventana, podía ver las largas briznas de pasto meciéndose al compás del viento. Luego se levantó, salió al patio y fumó un cigarrillo. Lo apagó en el cenicero y volvió a entrar. Se sentó nuevamente, tomó el lápiz y el cuaderno verde y escribió "se tendió sobre la cama mirando el techo..."
miércoles, 12 de noviembre de 2014
Copy Paste
Hace varias noches tengo unos sueños bastante molestos. Y es que son una copia exacta de lo que podría ocurrir en la realidad. O sea, siguen un orden totalmente coherente y además parecen ocupar la misma cantidad de tiempo que se ocuparía en una situación que se podría dar mientras estoy despierta. Luego de un rato, comienzan a convertirse en una pesadilla. No porque suceda algo que me de miedo, sino porque acostarse, cerrar los ojos y dormirse para que la noche se parezca tanto a lo que se viviría en un día, es peor que un mal sueño.
lunes, 10 de noviembre de 2014
Risas mágicas
Las risas de mis hijos son mágicas. Su magia seca cualquier llanto, termina con cada tristeza y hace que mi corazón siempre vuelva a latir. Su magia es como un millar de lucecitas de colores que iluminan mi vida en los momentos mas oscuros. Su magia es como jugar a mojarse con una manguera, en una tarde calurosa de verano...
domingo, 9 de noviembre de 2014
Doce años
Hoy mi hijo mayor se afeitó por primera vez. No voy a escribir los comentarios que generalmente se hacen en momentos como este. Solo voy a decirles que fue lindo verlo rasurarse esas pelusas que pronto se convertirán en un bigote.
viernes, 7 de noviembre de 2014
Claro como el agua
Volver a calzarse
Volver a caminar
Buscar otro rumbo
Un rumbo diferente
Un rumbo que te lleve a otro lugar
A otro lugar al que si puedas entrar
Volver a caminar
Buscar otro rumbo
Un rumbo diferente
Un rumbo que te lleve a otro lugar
A otro lugar al que si puedas entrar
viernes, 31 de octubre de 2014
El tejo
Mi tía, la menor de las mujeres de los ocho hijos que tuvo mi abuela, salía todas las mañanas al liceo con su jumper corto y su morral gris con rojo. Era morena, con el pelo negro, liso y largo hasta la cintura. Recuerdo que le encantaba maquillarse, de hecho tenía una cantidad impresionante de pinturas, al menos para mi lo era. Siempre se las pedía y es que me fascinaban. Mi tía tenía muchos admiradores. Varias veces me tocó llevarle saludos de alguno de los vecinos del barrio. A veces me mostraba las cartas de amor que le mandaban sus compañeros y yo soñaba con ser grande y recibir tantas cartas de amor como ella. Mi tía y yo dormíamos juntas, porque la casa era pequeña y eramos muchos. Teníamos de esos colchones de lana, esos que venían en dos mitades y eran terriblemente duros. Había días en los que despertábamos con los pijamas llenos de pintas rojas. Si, eran pulgas. Entonces mi tía desarmaba toda la cama y la roseaba con Tanax. Ese que venía en un tarro y que había que bombear para que saliera el insecticida. Creo que el olor del Tanax es uno de los más hediondos que he olido en toda mi vida y lo peor era que ese olor podía llegar a quedarse pegado en la cama incluso hasta por una semana. Mi tía iba todos los días a comprar el pan para la once. A mi me mandaban a comprar con ella. El pan salía a las cinco. pero ella comenzaba a arreglarse media hora antes. Se peinaba, se maquillaba y se cambiaba la ropa. Ahí en la panadería pinchaba con el hijo del dueño que era el que atendía la caja. Yo lo encontraba feo, pero bueno, a ella le gustaba. Comprábamos siempre un kilo y medio el que alcanzaba justo para un pan por adulto y medio por niño. . Cuando íbamos de vuelta, ella contaba los panes y a veces teníamos mucha suerte y salía una mitad de marraqueta de más. Entonces mi tía la partía por la mitad y me la daba bajo juramento de no contarle a nadie. Y es que era casi como un pecado haber podido comer un pedazo de pan más de lo que iban a comer los demás. Mi tía me enseño a jugar al luche un día en que estaba aburrida. Me dibujo el avión en el suelo, le puso los números y luego me dijo que me iba a hacer un tejo. Buscó una latita vacía de crema nivea y la llenó con tierra. Ese era el tejo. Es tonto, pero yo lo encontré tan lindo que hasta hoy, cuando lo recuerdo, lo echo de menos...
jueves, 30 de octubre de 2014
En La Coruña 5044
La hermana Carmen iba a veces a ducharse a la casa de mi abuela, porque en la suya no había calefont. En retribución, la hermana Carmen invitaba a mi abuela a tomar once con ella, de vez en cuando. Generalmente yo acompañaba a mi abuela a esas visitas . La hermana Carmen, a pesar de tener sus años, siempre andaba bien emperifollada. Se maquillada. Se pintaba los labios muy rojos, se delineaba los ojos y las cejas. Se ponía mucho rimel y mucho colorete, además de una sombra de color celeste. Se vestía con colores muy vistosos y usaba de esos perfumes tan fuertes, que llegan a marearte. La casa de la hermana Carmen tenía muchas cosas interesantes. Era igual de florida que ella. Entre todas esas cosas, la que más me llamaba la atención y más me gustaba, era un teléfono no muy grande, que tocaba música. ¿Para qué servía?, tenía que esperar por cualquier motivo, se ponía el auricular sobre ese pequeño teléfono y este comenzaba a tocar su melodía. La idea, obviamente, era hacer más agradable la espera a la persona que estaba al otro lado de la línea. Pero lo mejor era la once. Siempre tenía cosas ricas. No me acuerdo exactamente de que cosas eran, pero si sé que era cosas que yo no comía habitualmente. El domingo 3 de marzo de 1985, volvíamos de la casa de la hermana Carmen, satisfechas y contentas. Mi hermana, (la que sigue de mi mi primo), estaban en el segundo piso. Como mi abuela los había llamado varias veces y no bajaban, porque estaban viendo tele, mi abuela les cortó la luz. Bajaron y mi tía, la menor de las cinco mujeres de los ocho hijos que tuvo mi abuela, salió a barrer la vereda. Así que aprovechamos de salir a jugar un rato en la calle. Mi tía le puso una banca a mi abuela en la que ella se sentó para conversar con ella y contarle lo de la once y eso. De pronto la tierra comenzó a temblar. Mi tía le dijo a mi abuela "mami, está temblando", "no es nada, respondió mi abuela" y siguió temblando cada vez más fuerte, hasta que mi tía gritó: "mamá, esto es un terremoto!". Mi abuela se paró de la banca para poder afirmarse de un árbol. Luego yo le di la mano. Después mi hermana, (la que sigue de mi), me dio la mano y mi otra hermana, (la menor), se tomó de la suya. Así pasamos unos segundos, aterradas mientras mi hermana chica cantaba un himno. En eso, la vecina salió corriendo de su casa, con una guagua en brazos, llamando a sus hija que había ido a comprar al negocio del frente. Como yo conocía a su hija y su mamá se veía tan angustiada, se me ocurrió ir a buscarla. Alcancé a cruzar la calle, pero no pude llegar a la esquina, así que me devolví, con la sensación de haber estado caminando sobre una cama de agua. Me volví a agarrar de la mano de mi abuela cuando dejó de temblar. Justo en ese momento, mi hermana chica dejó de cantar y se puso a llorar. Ni mi papá ni mi mamá estaban con nosotras ese día. Mi mamá estaba en la Catedral Metodista Pentecostál y mi papá estaba en la casa de la Misión, que en ese tiempo quedaba en Serrano 915. Recuerdo la imagen de mi mamá doblando la esquina corriendo, llorando y abriendo los brazos al vernos a las tres a salvo. A mi papá no lo vimos hasta el otro día. Aun estábamos sentados en la calle cuando comenzó a oscurecer. Recuerdo que armamos una especie de campamento en el living de la casa de mi abuela, (que era bastante chico) y nos acomodamos para dormir ahí, todos juntos. Yo tenía miedo, pero de alguna manera el estar ahí entre mis familiares me hacía sentir más segura cada vez que alguno de ellos decía: otra vez está temblando...
miércoles, 29 de octubre de 2014
Los Nogales
Al fondo del sitio habían por lo menos cinco nogales. Aunque las nueces no estuvieran maduras, nos las comíamos igual. Les sacábamos la cáscara y después la piel. Cuando ya era la época de cosecharlas, mi hermana, la que sigue de mi, se colgaba de las ramas y comenzaba a tirar nueces al piso. Ahí nosotros, (ella, su mejor amigo y yo) las recolectábamos y después las repartíamos entre los tres. Años después, el amigo de mi hermana, confesó que la única razón por la que nos ayudaba, era para poder verle los calzones cuando ella se subía al árbol, con falda. Perturbador... En fin, recuerdo que yo llevaba una lonchera llena al colegio y las vendía a diez pesos cada una. Creo que diez pesos de ese tiempo vendrían a ser como cien de ahora. En realidad no estoy segura. Mi otra hermana, la menor, tenía una amiga, su mejor amiga. Pasaba metida en su casa. De hecho decía que la familia de ella, era mejor que la nuestra. La familia era gringa, por lo que tenían buena situación en comparación a otras personas que vivíamos en la Misión. A la tía le encantaba cocinar y hacer postres, además de la repostería. Y como tenían plata, lo hacía todos los días. Mi hermana, generalmente, tomaba desayuno, almorzaba, tomaba once con ellos y volvía bastante tarde. No sé cómo eso no les preocupaba a mis padres, tal vez sabían que estaba en buenas manos, o algo así. Cuando no estaban en la casa, las dos andaban jugando por la parcela, en cualquier parte. Había veces que las buscábamos llamándolas a gritos por un buen rato y de pronto aparecían muy campantes, como si nada. En una se esas veces, fueron también a recolectar nueces. Pensaron que era una gran idea hacerle una leche con ellas a uno de los tíos gringos, que también vivía en la Misión. El se la tomó encantado, hasta que le dijeron como la habían hecho. Se las metían en la boca, las masticaban y después las escupían en un vaso. Creo que el tío anduvo descompuesto por el resto del día y mi hermana y su amiga, hasta el día de hoy se ríen del asunto.
martes, 28 de octubre de 2014
Bajo el agua
Aprendí a nadar cuando tenía ocho años. Fuimos varias veces durante un verano, a una parcela que tenía la Iglesia Anglicana en Lo Caña. Aprendí sola. Partí por la parte baja de la piscina, nadando "a lo perrito". Rápidamente fui mejorando y de a poco me iba aventurando hacia la parte más profunda. Pasaron pocos días y ya tenía el asunto dominado. Pero quería aprender a nadar debajo del agua. Eso me costó un poco más, bastante más en realidad. Pero finalmente, lo conseguí. Estaba encantada. Perfeccioné tanto la técnica que podía nadar a ras de suelo. Lo hacía por horas. Siempre era la última en salir de la piscina. Me quedaba hasta que los labios se me ponían morados. Había unas cabañas en las que los adultos y demás niños se iban a tomar once y a conversar. Como mi hermana menor era muy pequeña, no se percataban de mi ausencia por un buen rato. Cuando comenzaba a caer la tarde, me salía del agua y me acostaba a la orilla de la piscina. Me gustaba quedarme viendo como ella se aquietaba, hasta quedar en completa calma. Parecía el vidrio de una ventana, o algo así. Mientras iban disminuyendo las ondas, yo le hablaba. "Tranquila", le decía, "tranquila". En ese tiempo pensaba que mi voz ejercía una especie de hechizo, que el agua me escuchaba y que era yo la que la dejaba convertida en ese vidrio de una ventana.
viernes, 24 de octubre de 2014
Cosas sin importancia
Ayer andaba por el centro y me ocurrió algo que me había pasado una sola vez en la vida. Caminaba por mi lado derecho, y me topé con un hombre que venía caminando por el mismo lado. Nos detuvimos quedando de frente. Entonces me moví hacia mi izquierda para poder pasar, y sin querer él hizo lo mismo. Me moví entonces hacía mi derecha y él, sin querer, volvió a hacer lo mismo. Y así una o dos veces más. Entonces me miró y me preguntó ¿quiere bailar?. Me dio risa y a él también. Finalmente me dio la pasada y seguimos cada uno nuestro camino.
jueves, 16 de octubre de 2014
Gracias
Uno de los primeros colegios en el que me pusieron cuando era chica, (estuve en varios), fue el Instituto Anglo Chileno. Lo pasé pésimo. Mi profesora me odiaba y no tenía ningún reparo en demostrármelo. Fue horrible. Lloraba todos los días en el furgón, de ida y de vuelta a clases. Cuando mis papás se dieron cuenta de que ya no podía más, me sacaron de la escuela tres meses antes de que terminara el año. Al año siguiente, me matricularon en un Colegio Adventista que quedaba en Provenir con Vicuña Mackenna. El primer día llegué asustada, pero entonces conocí a la señorita Gloria. Era la esposa del director y profesora de educación general básica. Me hizo sentir bien desde el primer día. Nunca me voy a olvidar de una vez en que nos hizo pararnos detrás de la silla en absoluto silencio. Yo estaba segura de que se nos venía un reto, pero lo que pasó en ese momento, me pareció increíble. Y es que la señorita Gloria comenzó a hablar de mi. Deben haber sido como cinco minutos. Nos dijo que yo era un ejemplo para el curso, que era muy obediente y ordenada, que estaba muy contenta de que hubiera llegado al colegio y varias cosas más que ahora no recuerdo. Esos cinco minutos sanaron la profunda herida con la que había llegado a su clase. Esos cinco minutos son uno de los recuerdos más hermosos que llevo en el corazón. Ya se que es un poco tarde, pero no quería irme a dormir sin dejar una nota de agradecimiento a todos los profesores y profesoras, (entre ellos mi tía y mi tío) que, aparte de amar su trabajo, aman a los niños y jóvenes a los que les enseñan.
miércoles, 8 de octubre de 2014
Centeno 917
En el año 1986, mi papá no ganaba mucho, pero igual se las arreglaba para entretenernos. Fuimos varias veces al Parque OHiggins en donde mis hermanas se pasaban las horas jugando, mientras yo me quedaba mirando a las personas que patinaban en la pista de patinaje. En una de esas idas al parque, mi papá nos compró unos piriguines que vendían en unas bolsas plásticas, al lado de un lago o una laguna que había. Lo triste fue que los piriguines llegaron muertos a la casa. No duraron ni un día, No tengo idea por qué. Otras veces nos llevaba al Hipódromo, creo que había un día en el que no cobraban y podíamos entrar a ver a los caballos. Cerca de la casa estaban los Juegos Diana. Nunca pudimos ir a jugar, pero mi papá nos llevaba igual para que fuéramos a ver, por lo menos. Lo único que era gratis, eran esos espejos en los que uno se deforma. Ahí nos quedábamos un buen rato, mirándonos y riéndonos unos de otros. En algunas ocasiones, (y estas eran las que mas disfrutábamos), mi papá nos decía que revisáramos por toda la casa y le entregáramos las monedas que encontráramos. El siempre aparecía con un para de billetes. Entonces juntaba todo y nos íbamos caminando, (como a casi todos los lugares a los que íbamos a pasear en ese entonces), desde Centeno hasta el Paseo Ahumada. Entrabamos al Burger Inn y mi papá pedía toda la plata en papas fritas. Nos sentábamos y vaciaba las porciones en el centro de una bandeja. Ponía un poco de ketchup en cada una de las esquinas y nos comíamos el montón de papas mientras el contaba historias de cuando era chico.
martes, 7 de octubre de 2014
Recorrido
El año ochenta y seis, mi mamá tuvo una depresión que duro un año. Mi papá es publicista y trasladó su oficina a la casa para poder hacerse cargo de ella y de nosotras tres. Lo más importante en ese tiempo, era tratar de que mi mamá descansara lo mas posible. Dormía mucho y casi no se levantaba. Cuando mi papá tenía que salir a hacer algún tramite corto, yo me quedaba a cargo de mis hermanas. Lo que solíamos hacer en esos ratos, era jugar en nuestro dormitorio. Recuerdo que una de las cosas que mas nos gustaba hacer, era jugar a que teníamos el pelo largo, (las tres lo teníamos bien corto). Para lograr el efecto, nos poníamos unas pantis en la cabeza y pretendíamos que eran trenzas. Había veces en las que nos pedían que limpiáramos la cocina. Ahí las tres eramos empleadas de una casa de gente muy adinerada y se suponía que la patrona era una mujer bastante antipática. Además de eso, era muy exigente, así que dejábamos la cocina como un chiche. Mi abuela materna, iba de vez en cuando a cuidar a mi mamá. En esos días, la mayoría por lo que recuerdo, mi papá me llevaba para que lo acompañara. Siempre pasábamos por el correo central. Compraba las estampillas para sus cartas y me dejaba pegarlas. Después me preguntaba en que casillero debía depositarlas. Me pedía que mirara la dirección y descubriera a que continente iban dirigidas y que las pusiera en el lugar correcto. Nunca pude resolverlo sola. Después pasábamos a retirar las cartas a nuestro casillero, el 10161. Mi papa abría la pequeña puerta y me hacía mirar hacia adentro. Un día que estaba en eso, mirando por la ventanita, tocó que justo metieron una carta. Para mi fue algo sorprendente. No se, pensé que había sido algo mas que una coincidencia y nunca lo olvide. Al salir, caminábamos un rato por la Plaza de Armas. Luego nos metíamos por unas galerías y salíamos a calles que yo desconocía. Andábamos por el paseo Ahumada y cuando estábamos cerca de esos chorros de agua que salían del suelo, me agarraba de la mano y pasábamos corriendo entre ellas, (solamente en verano, claro). Algunas veces comíamos algo. En una de esas veces, me comí mi primer Barros Jarpa. No podía faltar la parada en el Banco del Estado que está en la Alameda. Yo le tenía miedo a las puertas giratorias, pero mi papá me ayudó hasta que después me las pasaba corriendo. De todos los lugares que visitábamos, el que más me gustaba, pero el que mas me gustaba, era la imprenta del Lucho Ossa. Era un lugar fascinante. Mientras el Lucho Ossa y mi papá conversaban, a mi me daban permiso para ir a ver el lugar en donde se imprimían los libros. No recuerdo los nombres de las maquinas, pero había una que tenia un montón de letras metálicas, que se podían cambiar de lugar. Creo que les ponían tinta encima, o algo así. La otra maquina que me llamaba mucho la atención, era la guillotina. Cortaba resmas enteras de papel y, como los empleados me tenían buena, me regalaban los cortes que sobraban y caían. Junte papeles de todos los colores, de distintas texturas y tamaños. Volvíamos a la casa y mi papá se iba a trabajar a su oficina y yo me iba con él. Me prestaba los lápices de colores que usaba para hacer sus bocetos y me regalaba de esas láminas de letra set. También me dejaba pegar recortes con cemento de caucho, siempre y cuando no le perdiera "el moco".
domingo, 5 de octubre de 2014
Dos cosas que recorde hoy
Vivíamos en Pedro de Valdivia, en una casa que le había prestado a mi papá, el Pastor de la iglesia Encuentro con Cristo. La casa había funcionado como orfanatorio y era bastante grande. Me acuerdo que habían ratones. Con mi hermana, (la que sigue de mi), los perseguíamos, pero nunca logramos alcanzar a ninguno. Nos gustaba jugar a la escondida. Era muy entretenido, porque en la casa habían muchas habitaciones y era muy difícil encontrarnos. Yo había entrado recién a segundo básico cuando llegamos a vivir ahí. Me pusieron en un colegio municipal que quedaba cerca. Eramos pobres, como lo fuimos la mayor parte de mi infancia, así que yo no tenia uniforme. Me mandaban al colegio con cualquier ropa, y encima el delantal, para que no se notara tanto. Una vez, una compañera que se iba sola, me convenció para que me fuera con ella. Yo le hice caso y salimos juntas de la escuela. El problema era que a mi me iban a buscar y, claro, como era tan chica, no me di cuenta del lío en el que me estaba metiendo. A mitad del camino, decidí devolverme, pero en la puerta del estableciemiento no estaban ni mi papá, ni mi mamá. Obvio, me andaban buscando. Entonces me fui caminando hasta la casa. Cuando llegué, mi papá estaba indignado. No me preguntó nada, me llevó a la pieza y me dio tres golpes en el trasero, con la cuchara de palo. Ese era el castigo que los misioneros les habían enseñado, como el indicado para castigar a los hijos que se portaban mal. En realidad esa parte, a pesar de ser bastante dolorosa, no era la que más me molestaba. Lo que me molestaba y mucho, era que después del castigo, teníamos que ir y darle un abrazo y un beso al mismo que nos había dado los tres cucharasos. Hasta ahora no entiendo muy bien cual era el propósito de hacernos pasar por eso. En el invierno del año ochenta y dos, hubo un gran temporal. La casa tenia un subterráneo que se inundó. Algunas personas de la iglesia vinieron para sacar un poco el agua y para ver si había algo que se pudiera rescatar. Yo estaba fascinada. Habían muchos cuadernos con anotaciones que se habían mojado. Todo eso iba a ir a dar a la basura. Yo pedí que me regalaran algunos y los guardé como pequeños tesoros. Y es que los cuadernos estaban escritos con pluma y la tinta se había corrido al mojarse, entonces se formaban algo así como pequeños dibujos que me llamaron tanto la atención, que los guarde por años. Cuando uno es niño, es niño, no es nada mas. Pero a lo que iba yo, era a otra cosa. En ese mismo invierno, nació mi otra hermana, (la menor). A mi papa le aconsejaron que, para que mi otra hermana, (la que sigue de mi) y yo, no nos pusiéramos tan celosas por la llegada de la bebé a la casa, nos comprara un regalo. Nos regalaron el cuento de Bambi, que venía con un cassette en el que uno escuchaba a una mujer que leía el mismo cuento y hacia las voces de los animales. Nosotras teníamos que ir leyéndolo con ella, o sea yo, porque mi hermana,(la que sigue de mi), no sabia leer. El sonido de una campanita te indicaba cuando tenías que dar vuelta la hoja. Aún recuerdo algunas de las frases y la voz con que la mujer leía el cuento. Había una parte en la que decía "yo me llamo Tambor, y se fue saltando con su madre y sus hermanitos" o "ella es Falina, y su madre es tía tuya". Creo que fue una buena idea, la de mi papá, porque nos entretuvimos tanto escuchando el cuento una y otra vez, que casi no nos dimos ni cuenta de que había una guagua en la casa. Ahora estoy visitando a mi hermana, (la menor). Acaba de tener a su primer hijo y creo que verla con él, tal vez haya sido lo que me recordó todos estos sucesos ocurridos en el año en que ella nació, el mil novecientos ochenta y dos.
Cuando vivía en la casa de mi abuela, me encantaba jugar a la feria. Hacia unos puestos y juntaba piedras, que eran las papas. Las hojas de los cardenales, eran las lechugas. La arena el azúcar y la tierra, la harina. Mi tío me había enseñado a hacer esos cucuruchos con papel de diario y en ellos le vendía a mi prima todo lo que ella iba a comprarme en un coche que hacia las veces de carro. Yo gritaba ofreciendo, igual que los ferianos, mis productos. Pero había algo en especial, (y esto no se lo he dicho a nadie), que me gustaba vender, y era "la novedad". Antes de instalar el puesto, me daba el trabajo de recorrer el patio buscando algo que pareciera muy especial; un pedazo de alambre con el que hacia una figura, una tuerca, un atado de plumas, una botellita de vidrio, un ojito de gato, que se yo. Puras leseras, pienso ahora, pero en ese entonces me parecían cosas maravillosas. "La novedad" era el producto mas caro y del que mas me costaba desprenderme. Pero, me desvié del tema. A pesar de que jugar a la feria era nuestro juego favorito, (mas que jugar a la mamá y a la oficina, o al salón de belleza), para mi lo mejor era la tele. Y es que nadie nunca, o casi nunca, fiscalizaba lo que veía, lo que me permitió ver muchas cosas interesantes. Una de ellas fue una película que trataba de un hombre que estaba enfermo. Tal vez estuviera en una silla de ruedas y no salía de su casa. El hombre conoció a una joven, quizás una adolescente, que lo visitaba regularmente. La cosa es que, frente a una ventana de la casa del hombre, había una enredadera. Una hiedra, o algo así. El le decía a la niña, que cuando cayera la ultima hoja de esa enredadera, el iba a morir. No tengo memoria de nada mas sobre la trama, salvo que la niña le pintó una hoja a la enredadera, a lo mejor para darle una esperanza al caballero. Tuve la sensación de que eso fue algo hermoso, pero que aun así, me dejó con un sentimiento de tristeza. No sé a qué atribuirlo, mis recuerdos son demasiado vagos. En la pieza de mi sobrina, que estoy ocupando mientras ella esta en la playa, mi hermana, (la que sigue de mi), pintó un árbol de ramas delgadas que tiene pequeñas flores dibujadas en algunas de ellas. Puede ser que por verlo, haya hecho la relación y se me haya venido a la mente la película, que nunca mas volví a ver y de la que no tengo mas que ese par de imágenes.
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