A los diecisiete me salí del colegio. Así. Le dije a mi papá que no quería ir mas y aceptó. Las únicas condiciones que me puso, fueron que tenía que trabajar y terminar la enseñanza media en algún momento no muy lejano. Primero trabajé en una tienda de ropa que quedaba en lo que en ese entonces era shopping de Maipú. Era una tienda pequeña. Trabajé ahí un par de meses, pero la paga era mala y mi jefa era una antipática. Después trabajé con mi primo en la construcción reparando puertas. Era interesante verme ahí, entre puros hombres, tomando desayuno con ellos y tirándole el churro a los jóvenes que pasaban. No duré mucho. El trabajo era muy pesado. De todas formas lamenté dejarlo, porque la pasábamos muy bien. También trabajé en el Au Bo Pan. Esos si que eran explotadores. La misma persona que estaba en la caja, tenía que cocinar los bollos y galletas en la mañana. El café habría a las siete, así que había que estar ahí a las seis y media. También tocaba limpiar los baños, los pisos, las bodegas, etcétera, y la paga era una miseria. Cincuenta lucas creo y con un día libre entre semana. Renuncié y decidí terminar la media. A los diecinueve entré al ENAC para hacer dos años en uno. Tenía clases en la tarde. Siempre tuve amigos, las mujeres no me dan mucha confianza. De hecho, he tenido muy malas experiencias con varias de ellas. En fin. La cuestión es que yo no tomaba más que cerveza en ese tiempo y no mucha tampoco. Pero mis amigos tomaban bastante más. Al llegar al instituto nos íbamos a la Plaza Manuel Rodríguez y comprábamos unas dos o tres. Pero la cerveza no me hacía nada y como lo que yo quería era emborracharme, me la tomaba casi toda. Pero seguía sin hacerme nada. Entonces empezamos a hacer monedas para comprar vino. Vino en caja, obvio, y del mas malo. Pasó lo mismo. Mis amigos me pusieron "la esponjita". De ahí pasamos al pisco. Como mi idea seguía siendo esa de emborracharme lo más rápido y lo mas posible, empecé a salir de mi casa sin comer nada. Faltábamos a la primera hora de clases y llegábamos a la segunda arriba de la pelota. Pero no era suficiente. Al tiempo nos empezamos a juntar a la salida para seguir en la misma. Nos despedíamos a las diez de la noche. Yo casi no caminaba. No se cómo lo hacía para tomar la micro. Era la 212. Lo bueno es que el letrero tenía dibujado un corazón y así podía distinguirla. Me iba a la casa de un tío que tengo que, en ese tiempo, no se hacía problemas porque llegara en el estado en el que lo hacía. Mi intención al tomar tanto, era olvidarme del ojo ese que me miraba y sentirme libre por un rato, sin preocuparme por nada y dejar de lado la culpa que me perseguía por todas partes. Llegó un punto en que la cuestión se puso crítica. Mis amigos insistían en dejarme en la micro, pero me ponía porfiada, Así que me quedaba sola, me sentaba un rato y esperaba a que me sintiera un poco mejor. Un par de esas veces me pasaron cosas desagradables. A la única que se lo conté fue a mi hermana, que era la persona en la que mas confiaba. Ella lloraba y me pedía que parara, porque en cualquier momento me pasaba algo peor. Pero yo seguía. Hasta que un día en que estaba sobria, recién bañada y bien vestida, me subí a una micro. En un momento se subió también una muchacha mas o menos de mi edad, tambaleándose, pasada a copete y a cigarro. Primero hice un gesto de disgusto, pero luego la miré y me dije "esa soy yo". Esto tiene que terminar, pensé. Y terminó... al menos por un buen tiempo.
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