domingo, 4 de enero de 2015

Lo que nos pertenece aun después de la muerte

Mi familia fue muy cercana a una misionera peruana que llegó a la Misión. Una vez sus padres vinieron a visitarla y los hospedamos en nuestra casa. Se encariñaron tanto con nostras, que nos trataban como si fuéramos sus nietas. Meses después de que volvieron a Perú, nos invitaron a visitarlos. Fueron unas lindas vacaciones. Años después viajé a Lima en una cruzada de evangelismo y pasé a ver a la abuela. El abuelo había muerto hace un par de años y se veía que lo extrañaba mucho. Llegué en la mañana y me quedé hasta la tarde. En un momento me pidió que la acompañara un rato al patio. Entonces dio el agua y comenzó a regar el pasto, las plantas y las flores. Mientras conversábamos, me comentó que se demoraba mucho y que se aburría un poco. Entonces le dije que para demorarse menos, lo que tenía que hacer era tapar la boca de la manguera con el dedo indice o con el pulgar. Parecía que le hubiese revelado un gran secreto. Se puso como una niña. Entonces me contó que era su marido el que se preocupaba del jardín y que era poco lo que ella sabía. Que se lo cuidaba lo mejor que podía, pero que ese jardín era de su marido... que ese jardín aun le pertenecía. Era un bello jardín, a todo esto.

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