martes, 20 de enero de 2015

Cartas

Otro de los trabajos que hacía cuando era adolescente, era limpiar casas y cuidar niños. Había una familia en la Misión con la que trabajé varios años. Incluso viajaron a Estados Unidos y me dejaron a cargo de sus hijos por quince días. Ella era argentina, el era norteamericano y sus tres hijos habían nacido en Chile. Ella se llamaba Celia, el Lorenzo, su hija mayor Jesse, el del medio Joshua y la menor se llamaba Bianca. Lorenzo era carpintero y Celia era educadora de parbulos, pero dejó de ejercer cuando nació Jesse. Eran una familia muy graciosa. Lo pasé muy bien con ellos. Me reía harto. Y eso me gustaba. O sea, me gusta. Me gusta reírme, quiero decir. Ahora son misioneros en un país musulmán, no se en cual. Hace poco Celia me mandó una foto de la familia. No podía creer que esos tres jóvenes eran los mismos tres cabros chicos a los que cuidé tantas veces. En fin. A Jesse le gustaba que yo le cantara para hacerla dormir. Me pedía que le cantara siempre las mismas canciones. Me sabía varias, así que lo hacía hasta que se dormía. Pero un día me pidió que le cantara una nueva. ¿Sobre qué te gustaría que te cantara?. Sobre una carta que nunca llega, contestó. Ella se demoraba como veinte minutos en dormirse y quiso que le cantara la misma canción hasta que se quedara dormida. Yo me puse a improvisar. Cada cierto tiempo me pedía que repitiera la parte en que la canción decía que la carta nunca llegaba. Pasaron varias semanas en las que quiso la misma canción. Todas las noches le inventé algo distinto. Finalmente, y después de tanto repetirlo, quedé con la sensación de que la que esperaba la carta que nunca llegaba, era yo. Y, claro, como decía la canción, la carta nunca llegó

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