lunes, 5 de enero de 2015

St. Paul School

La Misión realizaba todos los años una actividad a la que llamaban Verano de Servicio. Era parecido a las Cruzadas de Evangelismo, pero duraban dos semanas solamente. Los Veranos de Servicio se llevaban a cabo en Viña, en el Colegio St. Paul. En uno de esos veranos, nos hicimos amigas del hijo de los cuidadores del colegio. Ellos vivían en el tercer piso de lo que era la casa del Jardín Infantil que tenía la escuela. Un día llegamos ahí por casualidad y, como no había nadie, entramos. En el primer piso había un baúl lleno de disfraces. Nos los probamos todos. Estábamos tan entretenidas, que no nos dimos cuenta de que había aparecido un niño y nos estaba mirando. Era el hijo de los cuidadores. El niño llamó a su mamá, supongo que para que nos retara o lago, pero la señora resultó ser de lo más amable. Nos invitó a su casa y nos dio desayuno. A mi me gustaba mucho estar con ella. Incluso me quedé a dormir un par de veces. Y es que era la señora más relajada que yo había conocido en mi vida. Un día, por ejemplo, hacía mucho calor y le pregunté si podíamos llenar la tina del baño del segundo piso y bañarnos como si fuera una piscina. Dijo que sí al tiro. Salíamos al balcón todos mojados y nos devolvíamos a la tina. El piso era de tabla, así que ella iba a tener que envirutillarlo para encerarlo después, pero no se hizo ningún problema. Su hijo era muy simpático y nos daba unos tours por los lugares más interesantes del colegio. Nos metíamos a las salas y nos sentábamos mientras uno pretendía hacer clases. Lo que más me costaba de esas clases, era resistir la tentación de rayar las pizarras. Quedaban pintadas de verde, listas para empezar el año en Marzo y no se podían tocar. Y la tiza ahí al lado. Eso no se le hace a un cabro chico. En fin. El colegio tenía un patio o especie de cancha justo en la mitad del edificio. A mi me daba un poco de miedo, pero nos pasábamos las últimas horas de la tarde ahí. Un día estábamos parados al lado de la baranda. Abrimos los brazos y llamamos al viento. ¡Viento, ven!, ¡viento, ven!... Y qué creen, el viento vino.

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