Después de leer Papito Piernas Largas, en el año noventa, comencé un diario de vida. Tenía catorce años. Escribí cinco, el último a los diecisiete. Hoy estaba revisando unas cajas y los encontré. Claro, al hojearlos me pude dar cuenta de cómo fui cambiando en esos tres años. El primero y el segundo, ingenuos. El tercero y el cuarto, conflictivos. El último, el acabóse. Lo entretenido si fue que encontré pegados un montón de recuerdos. Fotos, tarjetas, postales, cartas. Entradas a los conciertos de Amnistía, Silvio y a uno de Blues en Zurich. Una colilla del primer cigarrillo que fumé, un rulo de mi mejor amiga en primero medio, una moneda de a peso (el peso de la conciencia), boletos de micro, flores secas, recortes, dedicatorias de amigos y amigas, las huinchas que me pusieron en la muñeca cuando me operaron en el Hospital de Arligton y un montón de otras cosas más. Y entre todas ellas, mi primer pasaporte...
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