Tenía diez años la primera vez que fuimos a Argentina. Llegamos a una parcela. Era de unos misioneros norteamericanos. A mi papá lo habían invitado a dar un seminario para matrimonios y como ellos pagaron parte de los pasajes, viajamos todos juntos. Era un lugar muy bonito. Tenía árboles frutales, un parrón en la parte de atrás, pavos, ovejas y pollos. Pero lo que más nos gustó fue la piscina. Era muy grande y estaba rodeada por enredaderas. El día en que llegamos estaba nublado y se suponía que el clima iba a continuar así por un par de días. Estábamos tristes, obviamente, porque lo único que queríamos era bañarnos. Entonces una de las tías que vivía allí, nos llevó al patio y nos dijo que sopláramos las nubes. Y las tres soplamos con todas nuestras fuerzas por un rato. Entonces la tía nos dijo que esperáramos hasta el otro día. La mañana siguiente amaneció completamente despejada. Nos bañamos todo el día. Tanto que terminamos las tres insoladas. Fueron unas semanas muy entretenidas. Nos subíamos a los árboles, atrapábamos saltamontes y jugábamos con los hijos de las parejas que estaban en el seminario. Una noche nos dijeron que saliéramos al patio y esperáramos. De pronto comenzaron a encenderse pequeñas lucecitas que se movían de un lugar a otro. Era la primera vez que veíamos luciérnagas. Creo que han sido una de las cosas más lindas que he visto en mi vida. Lo otro que nos mostraron fueron los cerros que hacían las hormigas rojas. Las hormigas eran muy grandes y te mordían tan fuerte que te dejaban los dedos hinchados. Pero de todo el viaje, lo que más me gustó fue el regreso. Volvimos en uno de esos camiones grandes que cruzan la frontera. Este tenía dos acoplados. Nos despertaron como a las cuatro de la mañana. No se que tiene eso de ser chico y levantarse de madrugada para salir de viaje. A mi me daba como la sensación de algo emocionante o una cosa así. La cabina del camión tenía una cama angosta en la parte de atrás y ahí dormimos un rato. A la hora del desayuno el señor que conducía el camión nos dio Zucaritas y saláme. Pasamos a almorzar a uno de esos restaurantes para camioneros. Me puse una gorra que encontré en el asiento y nos bajamos a comer. Me acuerdo que me creía un tipo que salía en un programa de televisión que también manejaba un camión. No me acuerdo como se llamaba. Cuando estábamos en la frontera el tío nos compró unos Bon o Bon. Acá todavía no habían llegado y me gustaron tanto, que hasta el día de hoy es una de mis golosinas favoritas.
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