Cuando nació mi hermana, la del medio, mi mamá me puso en un jardín infantil. Vivíamos en Gran Avenida en el paradero dieciocho. Fernandez Albano se llama la calle. El jardín Los Capullitos quedaba como a tres cuadras de la casa. Lo importante cuando iba al jardín, era que no me ensuciara. Al menos eso era lo era para mi mamá. Yo trataba de cumplir con el pedido lo mejor que podía. Una vez estábamos jugando a los bomberos y a mi me tocó estar entre los muertos. Le dije a mis compañeros que podía hacerlo, pero que me tenía que morir parada para no ensuciarme el delantal. En ese mismo jardín y por esta misma fecha, me tocó disfrazarme de enano y cantar una canción navideña, por supuesto. Mi mamá me hizo el típico traje rojo con la barba y eso. Además me hizo una especie de pantuflas para simular las botas. Cuando íbamos de regreso a la casa pasamos por un lugar lleno de esas plantas que parecen espigas. Estaban secas. Se me pegaron en las pantuflas y me dolieron los pies hasta que llegué a la casa.
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