domingo, 5 de octubre de 2014

Dos cosas que recorde hoy

Vivíamos en Pedro de Valdivia, en una casa que le había prestado a mi papá, el Pastor de la iglesia Encuentro con Cristo. La casa había funcionado como orfanatorio y era bastante grande. Me acuerdo que habían ratones. Con mi hermana, (la que sigue de mi), los perseguíamos, pero nunca logramos alcanzar a ninguno. Nos gustaba jugar a la escondida. Era muy entretenido, porque en la casa habían muchas habitaciones y era muy difícil encontrarnos. Yo había entrado recién a segundo básico cuando llegamos a vivir ahí. Me pusieron en un colegio municipal que quedaba cerca. Eramos pobres, como lo fuimos la mayor parte de mi infancia, así que yo no tenia uniforme. Me mandaban al colegio con cualquier ropa, y encima el delantal, para que no se notara tanto. Una vez, una compañera que se iba sola, me convenció para que me fuera con ella. Yo le hice caso y salimos juntas de la escuela. El problema era que a mi me iban a buscar y, claro, como era tan chica, no me di cuenta del lío en el que me estaba metiendo. A mitad del camino, decidí devolverme, pero en la puerta del estableciemiento no estaban ni mi papá, ni mi mamá. Obvio, me andaban buscando. Entonces me fui caminando hasta la casa. Cuando llegué, mi papá estaba indignado. No me preguntó nada, me llevó a la pieza y me dio tres golpes en el trasero, con la cuchara de palo. Ese era el castigo que los misioneros les habían enseñado, como el indicado para castigar a los hijos que se portaban mal. En realidad esa parte, a pesar de ser bastante dolorosa, no era la que más me molestaba. Lo que me molestaba y mucho, era que después del castigo, teníamos que ir y darle un abrazo y un beso al mismo que nos había dado los tres cucharasos. Hasta ahora no entiendo muy bien cual era el propósito de hacernos pasar por eso. En el invierno del año ochenta y dos, hubo un gran temporal. La casa tenia un subterráneo que se inundó. Algunas personas de la iglesia vinieron para sacar un poco el agua y para ver si había algo que se pudiera rescatar. Yo estaba fascinada. Habían muchos cuadernos con anotaciones que se habían mojado. Todo eso iba a ir a dar a la basura. Yo pedí que me regalaran algunos y los guardé como pequeños tesoros. Y es que los cuadernos estaban escritos con pluma y la tinta se había corrido al mojarse, entonces se formaban algo así como pequeños dibujos que me llamaron tanto la atención, que los guarde por años. Cuando uno es niño, es niño, no es nada mas. Pero a lo que iba yo, era a otra cosa. En ese mismo invierno, nació mi otra hermana, (la menor). A mi papa le aconsejaron que, para que mi otra hermana, (la que sigue de mi) y yo, no nos pusiéramos tan celosas por la llegada de la bebé a la casa, nos comprara un regalo. Nos regalaron el cuento de Bambi, que venía con un cassette en el que uno escuchaba a una mujer que leía el mismo cuento y hacia las voces de los animales. Nosotras teníamos que ir leyéndolo con ella, o sea yo, porque mi hermana,(la que sigue de mi), no sabia leer. El sonido de una campanita te indicaba cuando tenías que dar vuelta la hoja. Aún recuerdo algunas de las frases y la voz con que la mujer leía el cuento. Había una parte en la que decía "yo me llamo Tambor, y se fue saltando con su madre y sus hermanitos" o "ella es Falina, y su madre es tía tuya". Creo que fue una buena idea, la de mi papá, porque nos entretuvimos tanto escuchando el cuento una y otra vez, que casi no nos dimos ni cuenta de que había una guagua en la casa. Ahora estoy visitando a mi hermana, (la menor). Acaba de tener a su primer hijo y creo que verla con él, tal vez haya sido lo que me recordó todos estos sucesos ocurridos en el año en que ella nació, el mil novecientos ochenta y dos.
Cuando vivía en la casa de mi abuela, me encantaba jugar a la feria. Hacia unos puestos y juntaba piedras, que eran las papas. Las hojas de los cardenales, eran las lechugas. La arena el azúcar y la tierra, la harina. Mi tío me había enseñado a hacer esos cucuruchos con papel de diario y en ellos le vendía a mi prima todo lo que ella iba a comprarme en un coche que hacia las veces de carro. Yo gritaba ofreciendo, igual que los ferianos, mis productos. Pero había algo en especial, (y esto no se lo he dicho a nadie), que me gustaba vender, y era "la novedad". Antes de instalar el puesto, me daba el trabajo de recorrer el patio buscando algo que pareciera muy especial; un pedazo de alambre con el que hacia una figura, una tuerca, un atado de plumas, una botellita de vidrio, un ojito de gato, que se yo. Puras leseras, pienso ahora, pero en ese entonces me parecían cosas maravillosas. "La novedad" era el producto mas caro y del que mas me costaba desprenderme. Pero, me desvié del tema. A pesar de que jugar a la feria era nuestro juego favorito, (mas que jugar a la mamá y a la oficina, o al salón de belleza), para mi lo mejor era la tele. Y es que nadie nunca, o casi nunca, fiscalizaba lo que veía, lo que me permitió ver muchas cosas interesantes. Una de ellas fue una película que trataba de un hombre que estaba enfermo. Tal vez estuviera en una silla de ruedas y no salía de su casa. El hombre conoció a una joven, quizás una adolescente, que lo visitaba regularmente. La cosa es que, frente a una ventana de la casa del hombre, había una enredadera. Una hiedra, o algo así. El le decía a la niña, que cuando cayera la ultima hoja de esa enredadera, el iba a morir. No tengo memoria de nada mas sobre la trama, salvo que la niña le pintó una hoja a la enredadera, a lo mejor para darle una esperanza al caballero. Tuve la sensación de que eso fue algo hermoso, pero que aun así, me dejó con un sentimiento de tristeza. No sé a qué atribuirlo, mis recuerdos son demasiado vagos. En la pieza de mi sobrina, que estoy ocupando mientras ella esta en la playa, mi hermana, (la que sigue de mi), pintó un árbol de ramas delgadas que tiene pequeñas flores dibujadas en algunas de ellas. Puede ser que por verlo, haya hecho la relación y se me haya venido a la mente la película, que nunca mas volví a ver y de la que no tengo mas que ese par de imágenes.

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