Siempre que mi abuela hacia fideos con salsa, mi tío le metía un pedazo de marraqueta para probarla. Muchas veces me daba un poco, pero yo siempre me quemaba la boca, porque no podía esperar hasta que se enfriara. Y es que en ese tiempo se pasaba hambre. No se cómo mi abuela lo hacía para que la comida alcanzara para todos. De partida sus hijos eran ocho y varios de ellos eran casados y vivían en su casa con un par de niños, incluyéndome. Dos tazas de arroz, un pollo, un tarro de salsa malloa, todo se multiplicaba. Había veces, ocasiones especiales, en las que compraba un litro de Coca Cola y, no se como, pero nadie se quedaba sin tomar. Algunas mañanas, cuando aun no se iba a comprar el pan para el desayuno, le pedía a mi abuela que me dejara sacar un pedazo de pan duro. Lo guardaba para las lentejas, me acuerdo. Bueno, pero solo un pedazo chico. Hasta el pan duro había que comerlo con mesura. Mi tío siempre jugaba conmigo y se reía todo el tiempo de mis ocurrencias. Una vez estábamos en el patio y yo hacia un hoyo para enterrar un cuesco de damasco, para ver si me salia un árbol. Mi tío estaba en la reja de la casa conversando con alguien. Fui varias veces a preguntarle si el hueco era lo suficientemente profundo para enterrar el cuesco. El fue un par de veces a verlo, pero después se aburrió. Entonces me dijo que tenia que cavar como un metro, por lo menos. Entonces le respondí que no tenia idea de cuanto era un metro. Bueno, contestó, yo no voy a ir a ver a cada rato si el hoyo esta listo o no, a lo que contesté "¿quieres, entonces, que te traiga el hoyo para que lo veas?". Nunca se ha olvidado de eso y lo cuenta a menudo cuando estamos juntos. Mi tío estudiaba Licenciatura en Arte en el Pedagógico y muchas de sus clases eran en la tarde, por lo que llegaba de noche a la casa. Entonces, cuando mi abuela había hecho fideos, se los recalentaba y se los servía. A veces me convidaba un poquito y yo era feliz. Y es que no encontraba nada mas rico que los fideos recalentados en olla. Hoy almorzamos tallarines con salsa. Me quedó un poco. Esta noche me los recaliento en la misma olla, para ver si recuerdo aunque sea un poco, esos días tan felices en los que viví en la casa de mi abuela.
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