Fuimos a dejar a mi abuela y a mi tío al terminal de buses. Me acuerdo que mi mamá me había comprado un helado, uno de esos centellas, creo. Nos subimos al bus para despedirlos cuando el bus partiera. En un momento el chofer nos pidió que bajáramos, porque estaban por partir. Recuerdo que empecé a llorar. Y es que yo me quería ir esas dos semanas a la playa, con mi abuela y con mi tío. Lloré tanto que, finalmente, mi mamá me dio permiso. Me fui con lo puesto, un short y una polera roja. Lo pasamos tan bien. Ibamos a la playa todos los días. Nos volvíamos a la casa al atardecer. Me acuerdo que, un poco antes de irnos, mi tío me llevaba al agua para sacarme toda la arena que se me había pegado mientras jugaba al lado del quitasol, haciendo castillos de arena. Cuando veníamos de vuelta al lugar en que nos esperaba mi abuela, yo me tiraba al piso y me revolcaba bien revolcada, para que mi tío me llevara nuevamente a la orilla del mar. Claro, yo lo encontraba de lo mas divertido, pero él siempre se terminaba enojado. Un día me di cuenta de que en la arena, después de que se recogían las olas, aparecían esos hoyitos que siempre aparecen y le pregunté a mi tío que eran. Me dijo que eran las pulgas de mar que venían en las olas y que se metían en la arena cuando estas se iban. Me mostró unas secas y me dijo que, cuando el era mas chico, jugaban a atraparlas con mis otros tíos. Me pasé toda la tarde tratando de encontrar por lo menos una, pero no paso nada. Al otro día me fue mejor, en realidad me fue tan bien, que terminé con mi balde casi lleno de pulgas. Al final del día, volví a la orilla a devolverlas todas. Nunca me he olvidado de esa experiencia, es mas, creo que ha sido una de las mas interesantes de mi vida, recolectar pulgas de mar en Cartagena
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