Uno de los primeros colegios en el que me pusieron cuando era chica, (estuve en varios), fue el Instituto Anglo Chileno. Lo pasé pésimo. Mi profesora me odiaba y no tenía ningún reparo en demostrármelo. Fue horrible. Lloraba todos los días en el furgón, de ida y de vuelta a clases. Cuando mis papás se dieron cuenta de que ya no podía más, me sacaron de la escuela tres meses antes de que terminara el año. Al año siguiente, me matricularon en un Colegio Adventista que quedaba en Provenir con Vicuña Mackenna. El primer día llegué asustada, pero entonces conocí a la señorita Gloria. Era la esposa del director y profesora de educación general básica. Me hizo sentir bien desde el primer día. Nunca me voy a olvidar de una vez en que nos hizo pararnos detrás de la silla en absoluto silencio. Yo estaba segura de que se nos venía un reto, pero lo que pasó en ese momento, me pareció increíble. Y es que la señorita Gloria comenzó a hablar de mi. Deben haber sido como cinco minutos. Nos dijo que yo era un ejemplo para el curso, que era muy obediente y ordenada, que estaba muy contenta de que hubiera llegado al colegio y varias cosas más que ahora no recuerdo. Esos cinco minutos sanaron la profunda herida con la que había llegado a su clase. Esos cinco minutos son uno de los recuerdos más hermosos que llevo en el corazón. Ya se que es un poco tarde, pero no quería irme a dormir sin dejar una nota de agradecimiento a todos los profesores y profesoras, (entre ellos mi tía y mi tío) que, aparte de amar su trabajo, aman a los niños y jóvenes a los que les enseñan.
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