martes, 7 de octubre de 2014

Recorrido


El año ochenta y seis, mi mamá tuvo una depresión que duro un año. Mi papá es publicista y trasladó su oficina a la casa para poder hacerse cargo de ella y de nosotras tres. Lo más importante en ese tiempo, era tratar de que mi mamá descansara lo mas posible. Dormía mucho y casi no se levantaba. Cuando mi papá tenía que salir a hacer algún  tramite corto, yo me quedaba a cargo de mis hermanas. Lo que solíamos hacer en esos ratos, era jugar en nuestro dormitorio. Recuerdo que una de las cosas que mas nos gustaba hacer, era jugar a que teníamos el pelo largo, (las tres lo teníamos bien corto). Para lograr el efecto, nos poníamos unas pantis en la cabeza y pretendíamos que eran trenzas. Había veces en las que nos pedían que limpiáramos la cocina. Ahí las tres eramos empleadas de una casa de gente muy adinerada y se suponía que la patrona era una mujer bastante antipática. Además de eso, era muy exigente, así que dejábamos la cocina como un chiche. Mi abuela materna, iba de vez en cuando a cuidar a mi mamá. En esos días, la mayoría por lo que recuerdo, mi papá me llevaba para que lo acompañara. Siempre pasábamos por el correo central. Compraba las estampillas para sus cartas y me dejaba pegarlas. Después me preguntaba en que casillero debía depositarlas. Me pedía que mirara la dirección y descubriera a que continente iban dirigidas y  que las pusiera en el lugar correcto. Nunca pude resolverlo sola. Después pasábamos a retirar las cartas a nuestro casillero, el 10161. Mi papa abría la pequeña puerta y me hacía mirar hacia adentro. Un día que estaba en eso, mirando por la ventanita, tocó que justo metieron una carta. Para mi fue algo sorprendente. No se, pensé que había sido algo mas que una coincidencia y nunca lo olvide. Al salir, caminábamos un rato por la Plaza de Armas. Luego nos metíamos por unas galerías y salíamos a calles que yo desconocía. Andábamos por el paseo Ahumada y cuando estábamos cerca de esos chorros de agua que salían del suelo, me agarraba de la mano y pasábamos corriendo entre ellas, (solamente en verano, claro). Algunas veces comíamos algo. En una de esas veces, me comí mi primer Barros Jarpa. No podía faltar la parada en el Banco del Estado que está en la Alameda. Yo le tenía miedo a las puertas giratorias, pero mi papá me ayudó hasta que después me las pasaba corriendo. De todos los lugares que visitábamos, el que más me gustaba, pero el que mas me gustaba, era la imprenta del Lucho Ossa. Era un lugar fascinante. Mientras el Lucho Ossa y mi papá conversaban, a mi me daban permiso para ir a ver el lugar en donde se imprimían los libros. No recuerdo los nombres de las maquinas, pero había una que tenia un montón de letras metálicas, que se podían cambiar de lugar. Creo que les ponían tinta encima, o algo así. La otra maquina que me llamaba mucho la atención, era la guillotina. Cortaba resmas enteras de papel y, como los empleados me tenían buena, me regalaban los cortes que sobraban y caían. Junte papeles de todos los colores, de distintas texturas y tamaños. Volvíamos a la casa y mi papá se iba a trabajar a su oficina y yo me iba con él. Me prestaba los lápices de colores que usaba para hacer sus bocetos  y me regalaba de esas láminas de letra set. También me dejaba pegar recortes con cemento de caucho, siempre y cuando no le perdiera "el moco".

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