martes, 28 de octubre de 2014

Bajo el agua

Aprendí a nadar cuando tenía ocho años. Fuimos varias veces durante un verano, a una parcela que tenía la Iglesia Anglicana en Lo Caña. Aprendí sola. Partí por la parte baja de la piscina, nadando "a lo perrito". Rápidamente fui mejorando y de a poco me iba aventurando hacia la parte más profunda. Pasaron pocos días y ya tenía el asunto dominado. Pero quería aprender a nadar debajo del agua. Eso me costó un poco más, bastante más en realidad. Pero finalmente, lo conseguí. Estaba encantada. Perfeccioné tanto la técnica que podía nadar a ras de suelo. Lo hacía por horas. Siempre era la última en salir de la piscina. Me quedaba hasta que los labios se me ponían morados. Había unas cabañas en las que los adultos y demás niños se iban a tomar once y a conversar. Como mi hermana menor era muy pequeña, no se percataban de mi ausencia por un buen rato. Cuando comenzaba a caer la tarde, me salía del agua y me acostaba a la orilla de la piscina. Me gustaba quedarme viendo como ella se aquietaba, hasta quedar en completa calma. Parecía el vidrio de una ventana, o algo así. Mientras iban disminuyendo las ondas, yo le hablaba. "Tranquila", le decía, "tranquila". En ese tiempo pensaba que mi voz ejercía una especie de hechizo, que el agua me escuchaba y que era yo la que la dejaba convertida en ese vidrio de una ventana.

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