La hermana Carmen iba a veces a ducharse a la casa de mi abuela, porque en la suya no había calefont. En retribución, la hermana Carmen invitaba a mi abuela a tomar once con ella, de vez en cuando. Generalmente yo acompañaba a mi abuela a esas visitas . La hermana Carmen, a pesar de tener sus años, siempre andaba bien emperifollada. Se maquillada. Se pintaba los labios muy rojos, se delineaba los ojos y las cejas. Se ponía mucho rimel y mucho colorete, además de una sombra de color celeste. Se vestía con colores muy vistosos y usaba de esos perfumes tan fuertes, que llegan a marearte. La casa de la hermana Carmen tenía muchas cosas interesantes. Era igual de florida que ella. Entre todas esas cosas, la que más me llamaba la atención y más me gustaba, era un teléfono no muy grande, que tocaba música. ¿Para qué servía?, tenía que esperar por cualquier motivo, se ponía el auricular sobre ese pequeño teléfono y este comenzaba a tocar su melodía. La idea, obviamente, era hacer más agradable la espera a la persona que estaba al otro lado de la línea. Pero lo mejor era la once. Siempre tenía cosas ricas. No me acuerdo exactamente de que cosas eran, pero si sé que era cosas que yo no comía habitualmente. El domingo 3 de marzo de 1985, volvíamos de la casa de la hermana Carmen, satisfechas y contentas. Mi hermana, (la que sigue de mi mi primo), estaban en el segundo piso. Como mi abuela los había llamado varias veces y no bajaban, porque estaban viendo tele, mi abuela les cortó la luz. Bajaron y mi tía, la menor de las cinco mujeres de los ocho hijos que tuvo mi abuela, salió a barrer la vereda. Así que aprovechamos de salir a jugar un rato en la calle. Mi tía le puso una banca a mi abuela en la que ella se sentó para conversar con ella y contarle lo de la once y eso. De pronto la tierra comenzó a temblar. Mi tía le dijo a mi abuela "mami, está temblando", "no es nada, respondió mi abuela" y siguió temblando cada vez más fuerte, hasta que mi tía gritó: "mamá, esto es un terremoto!". Mi abuela se paró de la banca para poder afirmarse de un árbol. Luego yo le di la mano. Después mi hermana, (la que sigue de mi), me dio la mano y mi otra hermana, (la menor), se tomó de la suya. Así pasamos unos segundos, aterradas mientras mi hermana chica cantaba un himno. En eso, la vecina salió corriendo de su casa, con una guagua en brazos, llamando a sus hija que había ido a comprar al negocio del frente. Como yo conocía a su hija y su mamá se veía tan angustiada, se me ocurrió ir a buscarla. Alcancé a cruzar la calle, pero no pude llegar a la esquina, así que me devolví, con la sensación de haber estado caminando sobre una cama de agua. Me volví a agarrar de la mano de mi abuela cuando dejó de temblar. Justo en ese momento, mi hermana chica dejó de cantar y se puso a llorar. Ni mi papá ni mi mamá estaban con nosotras ese día. Mi mamá estaba en la Catedral Metodista Pentecostál y mi papá estaba en la casa de la Misión, que en ese tiempo quedaba en Serrano 915. Recuerdo la imagen de mi mamá doblando la esquina corriendo, llorando y abriendo los brazos al vernos a las tres a salvo. A mi papá no lo vimos hasta el otro día. Aun estábamos sentados en la calle cuando comenzó a oscurecer. Recuerdo que armamos una especie de campamento en el living de la casa de mi abuela, (que era bastante chico) y nos acomodamos para dormir ahí, todos juntos. Yo tenía miedo, pero de alguna manera el estar ahí entre mis familiares me hacía sentir más segura cada vez que alguno de ellos decía: otra vez está temblando...
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