Estoy en la casa de mi abuelita Luz. Bueno, la casa que fue su casa hasta que murió. Ahora es de una de mis tías. Viví aquí hasta que tuve cinco años. Después de eso, venía a quedarme casi todo el tiempo. Entonces podría decir que crecí acá. Me vine caminando desde el Metro Las Rejas. Cuando llegué a la esquina, me acordé de cómo mi tío, que es diez años mayor que yo y era como mi hermano, salía corriendo detrás de mi cuando me escapaba. Yo corría con todas mis fuerzas, hasta que él me atrapaba, me agarraba por la espalda, me tomaba en brazos y me tiraba hacia arriba, los dos muertos de risa. Cuando me daban permiso para salir a jugar a la calle, él se sentaba en la vereda a cuidarme. Tocaba Silvio en un banquito que había puesto a la salida de la casa. Las señoras que volvían de la feria siempre se paraban a escucharlo y comentaban "que lindo toca la guitarra". Recordé también otras cosas. Que acá vivía cuando me atropellaron. Tenía cuatro años. El taxi alcanzó a frenar y solamente me dejó un tremendo cototo en la frente. Que en esta casa otro de mis tíos, me sacó mi primer diente, con ese método de amarrarlo a la puerta y dar un portazo. Que aquí me pasaba el rato metiéndole palitos a las telas de araña que se hacían en los hoyitos de la pared de ladrillos, hasta que asomaban las patitas. Que desde acá salíamos los domingos con mi abuela al punto de predicación y de ahí nos íbamos a la iglesia que estaba solo a unas cuadras. Nos sentábamos en el coro y yo la abrazaba para escucharle la voz en el pecho. Que este era el lugar en que nos celebraban los cumpleaños con las tortas que hacía mi tía, la que vive acá ahora, con platitos de galletas y leche con chocolate. El regalo era casi siempre un chaleco que nos tejía alguna de mis otras tías. Que cuando mi tía menor limpiaba con Rinso las baldosas del patio, nos tirábamos de guata, resbalándonos hasta llegar a la reja. Que en este mismo living jugábamos con mis primas al Salón de Belleza "Carol Kein" y a la oficina. Que de acá me mandaban a comprar "Al Mono" y yo me iba a pata pelá en verano y me quemaba los pies. A veces me tenía que traer de esas calugas de champú Linic y las masticaba, hasta que un día se me reventó una en la boca y nunca más. Que, como no tenía muñecas, envolvía los choclos en un pañal y eran mis guaguas. Que acá me enseñaron a tejer con esos clavos grandes...
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