domingo, 16 de noviembre de 2014

Luz Enriqueta

Lo pasamos bien donde mi tía. Nos hizo pan de huevo y un queque. En la sobremesa, les leí un poco de lo que había escrito sobre la casa y terminamos hablando de mi abuelita. Hoy vuelvo a recordarla. Recuerdo su sopa de cebolla con pedazos de pan. Los domingos con un pollo y dos tazas de arroz. Su pan amasado, sus empanadas y su pan de pascua en horno de barro. La vela debajo del balón de gas para sacarle hasta lo último. El té de hoja hervido una y otra vez  hasta dejarlo sin color. La once a las cinco de la tarde, en pleno verano. El tarro en el que calentaba a leña el agua para lavar las sábanas. Sus aros de oro con perlas cultivadas. Sus chales tejidos a palillo. Su radio a pilas en la que escuchaba "la predica". Sus pintoras. Su chauchera negra con un broche dorado. Su Flaño de mujer. Su vestido café con flores amarillas. El brasero y las tortillas de rescoldo. Sus siestas en el sillón. Las idas a la feria. Las veces en que se caía y se reía tanto, que no la podíamos parar. La vez en la que se nos desarmó el catre, como a las dos de la mañana. Los almuerzos que les servía a las personas que pasaban pidiendo algo para comer. Su lavar y lavar platos. Sus interminables oraciones antes de dormirnos. Su ensalada de lechuga con comino. Sus pañuelos bordados. Lo alegre que era. Los chistes que contaba. Las poesías que recitaba. Las canciones que cantaba. Su corazón grande... y su amor por mi, su regalona.

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