Empecé a fumar a los diecisiete años. La primera vez que lo hice, fue con una compañera de curso que había llegado hace poco de Canadá. Venía de la parte francesa, pero como sus papás eran chilenos, también hablaba español. Habíamos salido recién de clases y nos fuimos a sentar en la vereda que quedaba a la vuelta de la esquina. Creo que era un life. Lo encontré asqueroso, pero me lo terminé de todas maneras. No quería ser menos. Cuando recién empecé, mi compañera me convidaba. Me fumaba dos, uno antes de entrar al colegio y uno a la salida. Mi hermana comenzó a fumar cuando yo lo hice. Como al principio fumábamos a escondidas, nos íbamos al fondo del sitio.
De vuelta a la casa, pasábamos por unos eucaliptus y ahí camuflábamos el
olor a cigarro frotándonos las hojas en las manos y en la boca. Recuerdo incluso
haber masticado algunas, mas de una vez. Después nos dieron permiso, o sea, me dieron permiso. Un día en que habíamos salido con mi papá a tomar un café y a tener una de nuestras conversaciones de rigor, me preguntó si aun era virgen, si había bebido y si había fumado. Le dije que aun era virgen, que no había bebido, pero que si estaba fumando. Entonces, yo creo que como premio a mi honestidad, me permitió hacerlo, siempre que no fuera demasiado. Y ahí partí con las cajetillas. Recuerdo que en ese tiempo nos daban la plata justa para la micro, así que yo trabajaba para costearme el vicio. Le lavaba el auto a mi papá, limpiaba casas y cuidaba niños. En ese tiempo, una cajetilla me duraba dos días, compartiéndola con mi hermana. Con los años, fui aumentando la dosis hasta llegar a una cajetilla diaria. El verano del año pasado decidí dejar de fumar. Recaí a mediados de año, hasta hace un par de meses atrás. El primer motivo para dejarlo, fueron mis hijos. Se preocupaban demasiado. Después, por el tema de la salud. Y finalmente, por la plata. Nunca había sacado la cuenta de cuánto había gastado en cigarros desde que empecé a fumar. Y un día se me ocurrió hacerlo. Alrededor de doce millones de pesos fue el resultado. Un auto. El pie para un departamento. Un fondo para la vejez, qué sé yo. Por eso dije basta. Tal vez me fume uno que otro cigarro en alguna reunión social, pero volver a caer en el vicio, espero que nunca. Eso último sonó a frase de grupo de rehabilitación...
"Dejo por escrito que no he mentido ni desmentido a pesar de otras verdades. Dejo por escrito que si he mentido ha sido a mi misma y no me he dado cuenta. Dejo por escrito que no quiero ser víctima de los juegos de las trampas de mis juegos implacables. La luna tiene dos caras y esconde una y nadie la tironea ni la acosa. Y siempre tan alta, tan blanca, tan distinta" La Luna, Esteban Navarro
sábado, 25 de abril de 2015
viernes, 24 de abril de 2015
Agosto de dos mil diez
Se aproxima la hora más anhelada, la hora más temida. Se aproxima la hora de la muerte y de la vida. Se aproxima la hora de aventurarse al lado oscuro, de lanzarse al abismo. Se aproxima la hora de vencer el miedo más profundo, el más encarnizado, el más fiero. La hora de afrontar el pasado, el presente y el futuro. La hora de dar la verdadera cara.
Abril de dos mil quince
Son las trece horas con cuarenta y ocho minutos
Ayer en la tarde, fui al supermercado. Estaba en la sección de la panadería, buscando un pan de molde. En eso, una señora bajita me dijo 'disculpe, ¿por qué no me saca ese pan que está allá arriba, que yo no puedo alcanzarlo?'. Y se lo pasé. Y me sentí grande, como la primera vez que fui la última en la fila del colegio...
Mis quince
El doce de Julio de mil novecientos noventa y uno, cumplí quince años. Les pedí a mis papás una celebración especial, un cumpleaños formal. No contaban con muchos recursos, pero me la hicieron igual. En ese tiempo estaba obsesionada con el color damasco, así que compramos todo lo que se pudo comprar, en ese tono. Las servilletas, las cintas para adornar, el papel para las invitaciones. La tela para mi vestido también, obviamente. Me lo cosió mi mamá. Yo quería que me lo hiciera con los hombros descubiertos y arriba de la rodilla, pero a mi papá no le gustó la idea, así que quedó bastante más 'recatado'. Pasamos el día preparando todo. Una amiga norteamericana que vivía con nosotros, nos ayudó con la torta. Una torta de tres pisos, pequeña, pero de tres pisos. Yo enceré las baldosas del living. Mi papá ayudó a meter los muebles en mi dormitorio. Mis hermanas inflaron globos y a adornaron. Mi mamá también había hecho un vestido para ella y uno para cada una de mis
hermanas menores. Mi papá se compró una camisa con cuello de paloma y se
vistió de traje. Yo me puse mi vestido, me peiné y me maquillé. Ese día fue la primera vez que usé maquillaje. Me puse los aros de oro con perlas que me regaló mi abuelita y una cadenita, también de oro. Y nos pusimos a esperar a los invitados. Llegaron casi todos juntos. Como vivíamos en el campo, generalmente los chicos se ponían de acuerdo y alguno de los papás que tenía auto, los llevaba. Nos veíamos tan lindos. Todos adolescentes, todos de terno y todas de vestido. Uno de los vecinos de la Misión, tenía una cámara para grabar videos, de esos para VHS. Aun debe andar dando vueltas por ahí. Hubo fotos, brindis, discursos y hasta baile. Un amigo llevó un caset con música de la película Gris Brillantina. Lo pusimos en una radio Sony que teníamos. Yo creo que lo escuchamos y bailamos como cien veces. Había otra música, pero ese fue el que más pegó. A pesar de ser invierno, hacía calor. Claro, si mi casa no era muy grande y habíamos varios. Recuerdo un momento en el que salí. Había llovido. Sentí el cambio de temperatura, la cara ardiendo y los brazos helados. Estuve ahí como por cinco minutos. Es una sensación que nunca he olvidado. Después entré. Fui a buscar mi diario de vida y le pedí a cada uno de los invitados que escribiera algo. Eran cerca de las doce cuando mi papá apagó la música y despidió a todo el mundo. Sacó los muebles de mi dormitorio, me mandó a acostar y se fue a dormir. Así terminó mi cumpleaños, como en los cuentos de hadas, a las doce de la noche, pero sin príncipe azul ni 'fueron felices para siempre'
jueves, 23 de abril de 2015
Son las trece horas con veintiocho minutos
Estaba picando las papas para la carbonada y me acordé que cuando era chica, mi abuelita me decía que no le gustaban las papas 'con ojos'. Y a mi me daba miedo. Imagínate, una papa con ojos...
miércoles, 22 de abril de 2015
Salir corriendo
Después de varios años de pasar de dormitorio en dormitorio, finalmente conseguimos tener una casa en la Misión. Mi papá se encargó de conseguir las ofrendas necesarias para construirla entre iglesias y misioneros extranjeros, principalmente. Por ser la más grande, me dejaron sola en un dormitorio pequeño y en otro mediano, pusieron a mis dos hermanas menores. La mas chica de las dos, se hizo muy amiga de la hija mayor de una de las familias vecinas. Eran norteamericanos. Mi hermana vivía en su casa. Pasaba ahí días enteros y a veces incluso se quedaba a alojar. Pasaron varios años y las cosas comenzaron a ir mal entre el matrimonio, por lo que decidieron volver por un tiempo a Estados Unidos hasta que la situación mejorara. Pero nunca mejoró. Se divorciaron y ninguno de los dos volvió a venir a Chile. Su casa en la Misión, quedó intacta. Hasta que un año, dieron aviso de que la mayor de las hijas, las mejor amiga de mi hermana menor hasta el día de hoy, iba a volver para disponer de todo lo que había en ella. La mayoría de los muebles se los regaló a mi familia. Ellos ya no vivían en la Misión, mi papá había encontrado un buen trabajo y se habían cambiado a una casa más grande. Así que todo cupo bastante bien. Con el tiempo, los muebles comenzaron a renovarse y los antiguos se fueron regalando. Mientras tanto, en el Salón de la Justicia. No, en serio. Mientras tanto nosotros nos estábamos trasladando a Quilpué. Arrendamos una casa grande, en la que entraban dos de los muebles de los que mi mamá estaba intentando deshacerse. Eso incluía la opción de dejarlos en la calle para que se los llevara el camión de la basura, así que se podría decir que los rescaté de un final que pudo haber sido muy penoso. En fin. Después de haber arrendado por un par de años, mi ex marido decidió comprar la casa en la que mis hijos y yo vivimos ahora. Nunca me gustó la distribución que tiene, porque el dormitorio matrimonial está en el segundo piso y el de los niños, en el primero. Encuentro que no es para nada práctico ni seguro si se tiene hijos pequeños. Fue una de las objeciones que puse cuando mi ex marido quiso comprarla, esa entre otras que no voy a enumerar, porque me va a dar rabia y me voy a terminar enojando y no es la idea. Pero bueno. Resulta que mi niño más pequeño subía todas las noches a buscarme, porque le daba miedo. Entonces yo bajaba y me acostaba a dormir con él. Así, todos los días. Finalmente, convencí a mi ex marido de que bajáramos la cama al dormitorio más grande del primer piso, para estar más cerca de los niños. Cupieron justo la cama y los dos veladores. Entonces el dormitorio de arriba quedó como una especie de taller y pieza de alojados. En ese taller quedaron los dos muebles que me traje de la casa de mi mamá. Eran dos secreter. El mío, tenía una repisa sobrepuesta en la que había algunos libros, adornos y una serie de objetos metálicos que he ido recolectando. La cuestión es que para el terremoto del dos mil diez, lo único que se nos vino abajo, fue esa repisa. Nada más. Ahora que estoy separada, sigo durmiendo en el dormitorio grande del primer piso, pero tengo una cama de plaza y media. Como me sobraba un poco de espacio, bajé mi secreter con repisa y todo, y lo puse a un costado de mi cama. Cada cierto tiempo me digo que tengo que fijar esa repisa a la pared, pero nunca lo hago. Así que cada vez que hay un temblor, tengo que salir corriendo, por si acaso. Lo único que espero, es no quedarme enredada en las sábanas, porque si lo hago, que contrariedad...
Son las trece horas con treinta y nueve minutos
Pucha que tengo arrastre con los choferes de micro, los de la basura, los de los camiones, los del gas, los del reparto del pan. Supongo que debería sentirme halagada...
martes, 21 de abril de 2015
Eso es
No se si desde que me separé las parejas comenzaron a caminar tomadas de la mano, o si siempre lo hicieron y yo no me había dado cuenta. Sea como sea, ahora las veo. Están por todos lados. No importa donde mire, ahí están. Yo, sin embargo, camino dispareja. Camino con las manos vacías. Y la vida pierde un poco el sentido. Y las cosas a las que me aferro para seguir adelante, parecen escapárseme. Y me cuesta un poco más levantarme y preparar el desayuno. Y ya no tengo tantas ganas de meterme a la ducha. El ¿para qué? comienza a repetirse demasiadas veces durante mi día. El ¿hasta cuando? también. Entonces dejo de mirar hacia otro lado, dejo de evadirme. Dejo de salir a caminar para tomar aire y despejar la mente. Me siento sola, esa es la cuestión. Algunas personas se compran un perro, otras un gato, pero yo no quiero ni perro ni gato. Quiero caminar de la mano de alguien. Si, eso quiero.
Son las catorce horas
Y después de un tremendo plato de porotos con riendas, voy a acostarme a dormir una siesta...
Om
Hoy salí a caminar dos veces. Bajé al centro en la mañana y en la tarde fui a la panadería. Antes comprábamos el pan en un negocio que está cerca, pero me aburrí. Y es que la señora nunca vende el pan fresco. No era tan malo, o sea si, pero se podía tostar y eso. Hasta que, hace unos días, me salió uno duro. Y ahí fue cuando decidí demorarme un poco más, pero comer las marraquetas y las hallullas recién salidas. En fin. A pesar de haber caminado un buen poco hoy, no me sirvió de mucho. En días como estos, es cuando me doy cuenta de lo inmadura que soy. Porque me pasa lo mismo que me pasaba cuando era adolescente. Es raro. No lo puedo describir. No se como hacerlo. Tampoco se si debería intentarlo. Estoy confundida. Un poco perdida. Más encima tengo unas ganas de fumarme un cigarro, pero dejé de fumar hace un par de meses. Siempre me dan ganas de fumar cuando estoy así, también cuando estoy enojada. Es que fumar era igual que caminar. El mismo efecto. Aunque dicen que la nicotína lo menos que hace es relajar, a mi me relajaba. Salir, sentarme en el patio y echar humo, tratando de no pensar. La mayoría de las veces funcionaba. Ahora me tiro en la cama a mirar el techo y a hacer 'om'. Creo que eso es lo que voy a hacer, tirarme en la cama a mirar el techo y a hacer 'om'. Mañana, tal vez, les cuento como me fue. Buenas noches.
lunes, 20 de abril de 2015
domingo, 19 de abril de 2015
Estructuras desestructurables
Estaba pensando que me puse a decir que los que escribieron las cualidades del jabón de glicerina, son unos siuticos. Con qué cara, si este blog es lo más siutico que hay. La manera en que está escrito, deja en evidencia las muchas revisiones que le hago a una entrada, antes de publicarla. Es como cuando en el colegio me pedían hacer una composición por la que me iban a poner nota. Entonces la pulía bien pulida, para acercarme lo más posible al siete. Rígidas. No como cuando escribías en tus diarios de vida, los escritos en cuadernos, me dijo mi hermana. Pero es que ahí, le contesté, escribía sin ninguna norma. Escribía directamente lo que iba pensando y de la manera en que lo iba pensando. Lo mismo que con lo que iba sintiendo. Las palabras fluían nada más, (eso ultimo si que sonó siutico). En este diario, al contrario, todo pasa por un filtro. Además, en general, no hablo de cosas que me sucedieron durante el día y estoy cada vez más preocupada de escribir 'mejor'. O sea, dejarlo bien acartonado. Bien cuadrado. Bien rebuscado. Generalmente no me agrada esta forma, pero es que la única manera en que me sale de otra manera, es cuando estoy muy enojada y tengo que despotricar. Lo he hecho varias veces en el borrador, pero cuando leo lo que escribí, lo voy corrigiendo hasta dejarlo lo más parecido a los otros textos. Fome. Pero bueno. Me parece que las entradas no van a variar su estilo mayormente, porque la verdad es que estoy tan metida en esta estructura, que tratar de desestructurarme sería como tratar de ponerme un zapato número treinta y cinco.
sábado, 18 de abril de 2015
Estimado/a
Tengo una caja llena de cartas. Nunca las he contado, pero son muchas. Hoy la abrí buscando especialmente una , antigua, del año noventa y siete. Era una carta que recibí cuando 'viví' EJE. Se que la primera regla del EJE, es que no se habla de lo que se vive en el EJE, igual que la primera regla del Club de la Pelea. Pero creo que ni en ese tiempo ni ahora, la regla se ha respetado. La cuestión es que se le pedía a los padres, generalmente, que consiguieran que los amigos de la persona que estaba en el retiro, le escribieran cartas resaltando las virtudes que ella tenía. Andaba buscando un dato específico en la que abrí. La leí y me di cuenta de que había encontrado mucho más de lo que buscaba. Entonces fui abriendo las otras. Y a medida que las iba leyendo, más se me apretaba el pecho. Se me hizo un nudo en la garganta. Y es que, a pesar de que obviamente la intención era que esos amigos resaltaran mis virtudes, muchos de ellos, si no todos, fueron más allá. Fue como leer un diario de vida, de mi vida, pero escrito por otros. Recordé cosas que habían quedado atrás hace mucho tiempo, cosas buenas. La parte que a menudo uno olvida, el lado dulce que hay dentro de cada uno de nosotros. Una persona sincera y verdadera, eran las palabras que más se repetían, entre muchas otras. Palabras que describían una parte de mi que había olvidado, por estar siempre enfocando en lo malo, en lo oscuro, en lo feo. Y lloré. Lloré harto, como en un funeral. Lloré por el tiempo en que esa mitad hermosa de mi ha estado muerta. Y después me reí, porque esa misma mitad comienza de nuevo a respirar, a vivir. Les escribo la presente, entonces, para que no se olviden de ese lado dulce que también tienen dentro de ustedes y así puedan alegrarse conmigo.
Atentamente,
Atentamente,
viernes, 17 de abril de 2015
Total Eclipse of the Heart
Este día no fue muy agradable, sino hasta la tarde. Me sentía un poco ahogada, así que a eso de las siete, decidí salir. Hay una panadería relativamente cerca de mi casa, yo diría que como a quince minutos caminando. Me puse un buzo, agarré la plata, las llaves, la música y me fui a comprar pan. Caminé con calma y respiré hondo. Me hizo bien, como casi siempre, caminar me hizo bien. De a poco se me fue despejando la cabeza y, para cuando llegué a la panadería, ya estaba de mejor ánimo. Las marraquetas habían salido hace poco, los mantecados costaban setenta pesos y los azucarados estaban frescos. Además tenían una de esas máquinas de nescafé con sabores, así que me compré un capuccino vainilla para la vuelta. Ya se que hay gente que piensa que son una mierda, pero a mi un vaso grande, siempre me sirve de consuelo. En un momento, en el camino de vuelta, se encendieron las luminarias del barrio. Y me dio risa, porque de pronto pensé en un hombre en Chilquinta subiendo un switch para encenderlas. Quizás si en algún momento haya sido así, pensé. Casi todo está automatizado hoy en día, me dije, todo es mucho más fácil. Como lo fue encontrar la letra de una canción hacía rato. Pensar que una vez me demoré por lo menos un par de días en escribirle lo que decía una a mi hermana. Estaba pololeando con su primer pololo. Ella tenía catorce años, así que yo debo haber tenido diecisiete. Habíamos llegado hace poco de estados unidos. Las dos hablábamos inglés, pero según ella, yo tenía mejor oído. Lo primero que tuve que hacer, fue conseguir un caset. Después, pillar la canción en la radio. Grabarla. De ahí, escucharla por lo menos quinientas veces antes de transcribirla completa. Con ese recuerdo dando vueltas por mi mente, con el atardecer y la brisa quilpueina, el corazón se me hizo bastante más liviano. Volví a la calma de saber que mis habitaciones tienen ventanas que pueden ser abiertas y que ninguna oscuridad permanecerá en ellas para siempre. Que mis puertas cerradas no tienen seguro y que las que están abiertas lo están por completo. Que yo soy, que puedo amar y que puedo ser amada.
La peor parte fue "and we'll only be making it right", porque yo escuchaba "and we'll only begin eating rice"
jueves, 16 de abril de 2015
Son las cero horas con treinta minutos
Nunca se sabe que decir, al final. Nunca se sabe. Nunca se sabe nada. Y cansa. Y agota. Y tal vez debería dejar de seguir intentándolo. Tal vez debería enmudecer, sencillamente. Tal vez debería dejar de seguir queriendo entrar por una puerta cerrada. O Tal vez basta de tal vez. Basta de volver a caer y caer. Basta de volver a intentar una y otra vez. Basta de querer ser la luna. Basta de querer mirar al sol sin quemarme los ojos. Basta.
miércoles, 15 de abril de 2015
martes, 14 de abril de 2015
Thunderbirds
Hoy me acordé de los Thunderbirds, la serie de marionetas que deban cuando era chica. La veía en la casa de mi abuelita con el hermano menor de mi mamá. No sé si la serie era en colores o no, porque la tele que teníamos era en blanco y negro. Nos sentábamos en el sillón negro de imitación cuero, con tachuelas doradas y patas de madera. '¡Thunderbird uno!, ¡thunderbird dos!', hasta los cinco, creo. Me encantaba la serie. Y a mi tío igual. El problema era que la daban más o menos a la hora de once, si mal no recuerdo. Entonces nosotros queríamos seguir viéndola y mi abuelita quería que nos sentáramos a tomar té. Mi abuelita servía las tazas en la cocina y sabía qué tan simple, que tan cargado y que tan dulce le gustaba a cada uno. Eso como dato adicional. Aparte de los Thunderbirds, que era mi favorita, vi varias otras series con mi tío. Stingray, The Muppets Show, Perdidos en el Espacio, donde salía ese robot con los brazos de manguera de aspiradora que gritaba ¡peligro!, ¡peligro!, cuando iba a pasar algo malo. También vimos películas. La que mas recuerdo fue Godzilla, porque me dio miedo. A pesar de lo falso que se veía todo, me dio miedo. Los domingos veíamos ese programa Creaciones, creo que se llamaba. Otro de animales y uno del Circo Ruso de Moscú, en el que un día apareció Marcel Marceau. He hablado varias veces de la casa de mi abuelita, he contado hartas cosas, pero no sé si he logrado decir lo que quiero decir exactamente. Y es que es difícil tratar de describir un ambiente, una atmósfera que se genera en torno a ciertas cosas. En este caso, a la casa de mi abuelita. Al vliving, al comedor, a su cocina. Tal vez podría acercarme un poco a la sensación que los recuerdos de ese tiempo me provocan, diciendo que la casa estaba viva. Que las personas que vivíamos ahí, la llenábamos con nuestras almas y le dábamos una a ella. Las risas, las discusiones, la música, mis primos pequeños, los cumpleaños, las navidades, los años nuevos. Las noches en las que despertaba frente a la ventana que daba hacia la Alameda, mirando la luz verde de la Mutual de Seguridad...
Si, era en colores y eran cinco
Son las quince horas con cincuenta minutos
Se me ocurrió lavarme las manos con el jabón de glicerina y tengo su delicado perfume con esencias cítricas, resultado de una
cuidadosa combinación de glicerina y aceite de coco, pegado en las manos. Mala decisión...
lunes, 13 de abril de 2015
Un ejemplo a seguir
Otra de las razones por las que dejé de tomar con mis compañeros del instituto, fue porque una amiga me contó un poco acerca de ciertas experiencias 'de mal gusto' que había tenido, por causa de extralimitarse con el alcohol. Algunas habían sido hasta peligrosas. Como la vez en que un tipo con el que andaba, trató de meterla debajo de un camión para aprovecharse de ella. O de la vez en que otro tipo con el que andaba, la metió a un Motel, para lo mismo que el anterior, pero que, gracias a Dios, estaba lleno. También me contó que una vez estaba tan borracha, que apenas veía, literalmente. Que pasó un joven al que le preguntó la hora. El sujeto, después de responder a su pregunta, le contó que estaba haciendo el servicio militar, que estaba de franco y luego le ofreció acompañarla a caminar, 'para que se le pasara' lo ebria que estaba. Aparte de eso, lo único que mi amiga recordaba, era que en un momento se estaban besando en el dintel de una puerta de alguna casa de Cumming. Y así, varias otras cosas. Cuando le pregunté que qué tenía que ver el trago con su comportamiento tan poco serio, y además peligroso, me explico que lo que pasaba era que cuando tomaba 'se le soltaban las trenzas'. Tanto fue así, que en el lugar en el que estudiaba, entre sus amigos, compañeros y demases, se comenzó a correr la voz de que 'con un par de cervezas la tenían lista'. Cuando la situación llegó a ese punto, mi amiga decidió cortar con el asunto y volverse abstemia, por lo menos por un buen par de años. Cuando, después de ese tiempo, volvió a beber, nunca más lo hizo con ningún hombre que no fuera de su total y absoluta confianza. Lo bueno, si es que había algo bueno y digno de rescatar en todo su relato, (aparte de su decisión de cambiar), era que ella, al igual que yo, provenía de una familia cristiana, así que las cosas nunca pasaron a mayores entre su persona y los sujetos con los que se involucraba. Al menos no tanto. Después de semejante historia, me proyecté a futuro y decidí que no quería llegar a lo mismo, así que, gracias a haber conocido su experiencia, decidí seguir su ejemplo. Me volví abstemia y bueno...
Son las diecinueve horas con un minuto
He sido secuestrada por el bando enemigo. Me obligan a ver una película
romántica. Por favor, alguien que pague el rescate, antes de que sea
demasiado tarde...
domingo, 12 de abril de 2015
Centro de Estudios Públicos
Entré a trabajar al CEP el año noventa y siete, como recepcionista. Tenía veintiún años. El día que comencé, era tres de diciembre, día de la secretaria. Como yo venía recién llegando, no recibí ni flores ni bombones, pero si puede participar en un desayuno que habían preparado especialmente para ellas. Las oficinas del centro, estaban ubicadas en Monseñor Sótero Sanz 175, en una casa de esas antiguas, grandes y típicas de Providencia, por lo que en la cocina había espacio suficiente para un comedor de diario. En ese tiempo, no sé como lo harán ahora, no marcábamos tarjeta ni poníamos la huella digital en ninguna parte. Firmábamos un libro, por lo que llegabamos un poco antes de las nueve, que era la hora de entrada, y tomabamos desayuno ahí relajadamente. A la hora de almuerzo, de dos a tres, nos entregaban unos vales para ir a almorzar a un casino que quedaba en Orrego Luco. Volvíamos caminando, también relajadamente, por la costanera y a las seis terminaba la jornada laboral. Podíamos tomar café o té durante todo el día. Nos daban la ropa de trabajo, que nosotras mismas podíamos elegir en cualquier tienda. Además teníamos todo el mes de Febrero de vacaciones, porque el Centro cerraba durante ese tiempo. En la recepción trabajaba con un compañero un poco mayor que yo. Era una de esas personas que te dan confianza de entrada, con las que no tienes problemas para conversar, que son sencillas y con las que te ríes, te ríes y te ríes. Nos hicimos buenos amigos. Me encantaba trabajar ahí. Era el lugar perfecto, decían algunos. La mayoria de los investigadores eran bastante relajados, salvo un par que después se hicieron 'famosos'. Lo único desagradable era el jefe de personal. Un chupamedias cualquiera y además, un fresco. Si yo hubiese sido más viva en ese tiempo, lo habría denunciado por acoso, pero no lo hice, porque en ese tiempo no me daba cuenta de que lo era. Cuando habia conferencias, mi compañero y yo, teníamos que quedarnos hasta que terminaran. Para no aburrirnos, nos pasábamos el rato comiendo canapés y tomando pisco sour. Total, después me mandaban en taxi para la casa. En esas conferencias, charlas y en las reuniones de directorio, estuve cerca de mucha gente 'importante'. Una de esas personas, fue Francis Fuckuyama. Vino a Chile a dar una conferencia, no sé si organizada por el centro, pero mi compañero y yo estuvimos ahí. Lo que más recuerdo es que nos cansamos de comer galletas de mantequilla y que conocí a una chica taiwanesa con la que nos llevamos muy bien durante esos días. De la conferencia, no supe de qué trató hasta que después que terminó, tuve que transcribirla. Si me preguntan ahora si es que recuerdo algo, nada, cero. Dejé de trabajar en el CEP el año dos mil dos. El año en el que nació mi hijo mayor. Mucha gente me dijo que estaba cometiendo un gran error, pero hasta el día de hoy no me arrepiento de haberlo hecho, ni creo que lo haga nunca.
sábado, 11 de abril de 2015
De percances y mala mesa
El día no partió muy bien. Se me cayó el tupperware en donde guardo el azúcar, se abrió y se desparramó un buen poco. También se me cayó una bandeja con treinta huevos y se quebraron la mitad. Me mordió una tijereta. Me enterré no se qué cosa en la planta del pié. Pero eso no fue todo. Mi hermana está de visita por esta semana y se encargó de preparar el almuerzo. Hizo unas verduras salteadas con tallarines. Los tallarines estuvieron bien, pero las verduras estaban crudas, aunque ella insista en que no, que estaban al dente. Se molestó un poco porque no me gustaron, a pesar de que las comí igual. Si ella estaba un poco molesta, yo estaba bastante choreada. Es que ayer también me tuve que comer la comida cruda. Ensalada de porotos calientes era. En la tarde hizo unas galletas de avena, plátano y chips de chocolate. Le quedaron muy secas y les faltó azúcar. Tampoco me gustaron. Se lo comenté a mi hijo bajo juramento de guardar el secreto, pero me echó al agua igual. Mientras tomábamos once, mi hermana me dijo que claro, que a mi me gustan solamente las cosas que yo cocino. Lo que no es cierto. En general encuentro que tiene buena mano, pero ni ayer ni hoy su comida fue de mi agrado, que le voy a hacer. Entre todo esto, decidí bajar al centro a buscar ese libro de la Rebelión en la Granja, para mi hijo mayor. Fui con el más chico, que quería ver en qué podía gastar las pocas lucas que le quedaron de la plata que recibió en su cumpleaños. En la librería, que es más bien un local pequeño con libros pirateados, (no tengo plata para andar comprando originales), encontró un comic de Superman. En formato de libro viene y trae una pequeña introducción con algunos datos importantes. A eso le siguen doscientas ocho páginas de historieta. Todo por mil quinientos pesos. Estaba fascinado. No se si será falso o no, pero el niño está feliz. Yo, por mi parte, para consolarme un poco de lo 'mal' que estaban yendo las cosas, me compré unos champiñones y, cuando volví a la casa, se los agregué a mi ensalada de espinacas. Le faltó un poco de limón, pero solamente quedaba uno chico y medio seco, así que ya qué.
Son las quince horas con cincuenta y seis minutos
Hoy está siendo uno de esos días en los que pocas cosas salen bien y muchas cosas salen mal. Una de ellas, es que mi hermana tiene una confusión entre lo que es la comida cruda y lo que es la comida al dente
viernes, 10 de abril de 2015
Pelo verde y chascón
Al fondo de la parcela había un sauce. Era enorme. Me gustan todos los sauces, son mis árboles favoritos, pero éste era algo especial. Tenía las ramas muy largas, por lo que debajo de ellas se formaba una especie de refugio. Justo en donde comenzaban sus raíces pasaba una zanja. Los alemanes, que eran los que se preocupaban de hacer que algunos lugares comunes se convirtieran en lugares especiales, habían hecho un pequeño puente que la cruzaba. Instalaron también algo parecido a un escaño de madera, pero rustico. Mi hermana y yo pasábamos mucho tiempo debajo de ese árbol. En el verano, en las tardes, era exquisito. Nos acostábamos a fumar, a conversar y a disfrutar del frescor de la sombra. Generalmente estábamos ahí hasta el atardecer, para volver en las noches. A veces a cantar, a veces a gritar a todo pulmón para desahogarnos.En invierno era lo mismo. No importaban ni el frío ni la humedad, ahí estábamos. Es que era como tener una cita con ese espacio, una cita cada día, cada noche. Hubo algunas veces si, en las que fui acompañada de algún chico. Hubo otras veces si, en las que fui sola. Recuerdo noches de luna llena. Recuerdo haber estado de espaldas mirándola. En silencio, mirándola. Ella, yo y el árbol, nada más. No se muy bien como explicarlo, como describirlo, como transmitir las sensaciones que las memorias que tengo de ese lugar me hacen sentir. Y es que entre ese manto verde se enredan tantos pequeños secretos, tantas palabras dichas y no dichas, tantas risas, tantas lágrimas, tantos besos, tanto amor. El único que podría comunicarles algo de todo esto, sería el mismo sauce, si es que pudiera hablar. Si ese sauce hablara...
Son las dieciséis horas con diecisiete minutos
Cuatro millones costó salvarme la vida. Poco si se piensa en haberla salvado. Mucho si se piensa en como pagarlos.
jueves, 9 de abril de 2015
Son las veinte horas con veintiún minutos
Si, no puedo decir que tengo el asunto de Dios resuelto. No sé si creo o no creo, si está ahí, si no está ahí o si simplemente estoy enojada con él y nada más. Sea como sea, hay momentos de desesperación en los que no se que hacer y recurro a una canción que aprendí cuando era pequeña. Generalmente la canto cuando tengo miedo, especialmente por las noches. Bien despacito, como si le estuviera contando un secreto a alguien que es inmensamente mas grande que yo.
Mi hermana, la que sigue de mi...
Era de esos pergenios a los que no
podías perder de vista ni cinco segundos, porque en esos cinco segundos,
seguro se estaban mandando una. Ponía los dedos en la plancha caliente,
metía clavos en los enchufes, se escapaba de la casa por entre las
ligustrinas, comía tierra. Cuando eramos pequeñas a mi me daba un poco
de envidia, porque como yo era una niña tranquila y obediente, la que se
llevaba toda la atención de mi mamá, era ella. Y no solo la de mi mamá.
Resulta que mi hermana tenía, y tiene, una personalidad bastante
atrayente. No se hacía ningún problema para relacionarse con otros
niños, ni tampoco con adultos. Todo lo opuesto a mi. No nos llevábamos
bien, peleábamos mucho. Y yo siempre salía perdiendo y quedaba llorando.
Cuando crecimos un poco, ella y mi hermana menor pasaban mucho tiempo
juntas. Fue cuando mi mamá estuvo enferma y yo, que era la mayor, tenía
que hacerme cargo de las dos. Por lo que la diferencia de edad,
aparentaba ser mucho mas grande de lo que en realidad era. A la más
chica no le enseñé muchas cosas, porque era prácticamente un bebé. Pero
la que sigue de mi, aprendió varias. Aprendió, por ejemplo, a hacer su
cama. A barrer. A que los bolsillos del delantal no se andan trayendo
llenos de papeles y que no se duerme con el uniforme para quedarse un
poco más en la cama, al otro día. Cuando entramos en la adolescencia,
nos acercamos. Después de haber vivido en Estados Unidos, estuvimos en
Suiza por tres meses. El lugar en el que estábamos, era campo. No habían
niños ni adolescentes y lo único que se podía hacer, era andar en
bicicleta. Comenzamos a salir y cada vez nos fuimos divirtiendo más.
Ella buscaba nuevos caminos. Caminos con más pendiente. Siempre se
tiraba primero y yo me quedaba atrás, con miedo de seguirla. ¡Tírate,
tonta, es súper!, me gritaba desde abajo, muerta de la risa. Y yo le
hacía caso. Me moría de miedo, pero le hacía caso. Y así fui aprendiendo
de ella cosas nuevas, igual como lo había hecho ella de mi. Cuando
volvimos a Chile, eramos mejores amigas. Salíamos juntas, nos cubríamos
las espaladas, hablábamos de nuestros problemas, nos reíamos y
llorábamos. Fuimos inseparables hasta que se embarazó y tuvo que irse de
la casa. Pero volvimos a acercarnos cuando regresó. Hasta que me casé.
Luego ella se casó. Y ahora cada una tiene su vida. Ella vive en
Santiago. Yo vivo en Quilpué. Ella tiene su familia y yo la mía. A veces
nos visitamos y me alegra ver como esa niña revoltosa, se ha
transformado en una mujer, una esposa y una madre a la que aun envidio.
Un poquito, y con envidia sana, eso si. Mi hermana, la que sigue de mi,
está hoy de cumpleaños. Mi hermana, la que sigue de mi, cumple hoy un
año más.
De adolescentes
miércoles, 8 de abril de 2015
Son las veinte horas con veinte minutos
Estaba en el baño. No había nada para leer. Entonces encontré un jabón
de glicerina aun en su envase. La etiqueta decía 'Es un jabón de
tocador, delicadamente perfumado con esencias cítricas, resultado de una
cuidadosa combinación de glicerina y aceite de coco. Su límpida
transparencia demuestra la primerísima calidad y pureza de sus
componentes. Es ideal para el cutis delicado y para el baño de los
niños. Proporciona una espuma suave y penetrante, realizando una higiene
completa de la epidermis. Exigido por dar al cutis una delicada
frescura y una suavidad incomparables'. O sea, ¿no será demasiada
siutiqueria para un simple jabón de glicerina?, ¿o no?...
martes, 7 de abril de 2015
Años atrás
Tuve una amiga a los catorce años. Era mi mejor amiga. De esas con las que entras al baño. De esas con las que intercambias los diarios de vida para saber lo que ha escrito la otra. Eramos compañeras de curso. No nos dejaban sentarnos juntas, porque obvio, conversábamos todo el rato. Así que nos mandábamos papeles. Aún tengo guardados algunos en los que hacemos chistes sobre un compañero con el que habíamos pololeado las dos. El primer pololo al que, finalmente, le di un beso. O sea, varios, porque después del primero se me pasó la verguenza y bueno... No duramos mucho en todo caso. Llegó una niña nueva y bueno, ya saben. En fin. Mi amiga y yo nos pasábamos todo el tiempo juntas. En el colegio y en la Misión. Si ella no se quedaba a dormir en mi casa, yo me quedaba en la de ella. Tomábamos once viendo la teleserie y los domingos, no nos perdíamos Sábado Taquilla. Moríamos por los New Kinds On The Block. Era un griterío cada vez que llegaban al número uno, porque llegaron, aunque usted no lo crea. Teníamos hasta posters pegados en las murallas de nuestros dormitorios, de esos que venían en la Tv grama. Grabábamos canciones de la radio. Era una locura. La otra locura era por dos brasileros. Los dos mucho mayores que nosotras. La Misión tenía una Combi con la que nos iban a buscar y a dejar al colegio. A todos los niños que vivíamos ahí. Ellos dos eran los que generalmente la manejaban. Entonces a veces le tocaba ir soñando a ella y otras veces a mi. Lo otro que nos hacía soñar, eran las puestas de sol. Nos sentábamos todas las tardes a verlas. Les tomábamos fotos, las dibujábamos y las pintábamos con acuarela. Nos quedábamos ahí, calladas, cada una absorta en sus propios pensamientos, que después comentábamos. por supuesto. A veces, mientras esperábamos la puesta de sol, ella tocaba la guitarra y cantábamos. Silvio, casi siempre. Y un día, se fueron. Como a todos en la Misión, les tocó partir. Llegó llorando a mi casa a contarme. Lloramos las dos. Nunca más la volví a ver. Nos escribimos por harto tiempo si. Nos mandábamos fotos y nos contábamos todo lo que nos podíamos contar. Una vez ella me hizo un sobre con una hoja de revista y en contestación le mandé una carta escrita en distintos tipos de papel. Hasta papel higiénico había. Las tengo todas guardadas, las que ella me escribió y una mía que no alcancé a mandar. Dejé pasar demasiado tiempo y se hizo tarde.
domingo, 5 de abril de 2015
Varios
Mi tía y mi tío son profesores en dos colegios bastante conocidos en Santiago. Mi tía es profesora de Educación General Básica y mi tío es profesor de Computación, aunque originalmente estudió para ser profesor de lo que ahora se llama Artes Visuales. En su casa hay algunos cuadros que pintó mientras estudiaba y aún tiene su equipo para revelar fotografías. Me hubiese gustado dedicarme al arte, me dijo hoy, mientras comentaba que otra de mis tías le había pedido unos retratos, pero el arte no paga, concluyó. Hubo un tiempo en que los visitábamos harto, mi hermana del medio y yo. Cuando vivían en el paradero siete de Pajaritos. Fue un tiempo en el que yo no tenía permiso para salir sola, porque se me había ocurrido andar haciendo 'cosas de grandes' y mis papás se enteraron. Como mi religión no me lo permitía y yo lo había hecho igual, me sometieron a una serie de castigos, entre los que estaba ese. No podía salir sola a ninguna parte, excepto a la casa de estos tíos. En ese tiempo, ellos no estaban 'en el evangelio', así que eran bastante más permisivos que mis papás, por lo que yo me quedaba en su casa bastante seguido. Era ahí donde yo llegaba borracha después de que salía del instituto. Una vez se enojaron conmigo, porque volví muy tarde y en condiciones deplorables. Además había dejado tirado en el Parque O'Higgins, al tipo con el que andaba. Pero es que se durmió y no había manera de despertarlo. Pasaba la hora y yo tenía que caminar hasta Alameda para tomar la micro. Le grite, lo zamareé, lo cachetee y no despertó, así que lo dejé botado. Pero no le pasó nada. O sea, le robaron el bolso, pero llegó bien a clases al otro día. Bien sin tomar en cuenta la flor de caña que llevaba. A partir de entonces prefirieron que tomara en la casa. A veces tomábamos juntos. Piscola generalmente. Tenían una lámpara de esas que se pueden bajar. La poníamos cerca de la mesa, sacábamos las cartas, los puchos y hacíamos casino, así le decíamos. Y es que con el humo, el olor a pisco, la luz baja y las cartas, el comedor se veía prácticamente igual a uno de esos antros clandestinos que salen en la tele. Pero no toda era joda. Como todos los profesores, mis tíos se llevaban trabajo para la casa. Mi tía me pidió algunas veces que la ayudara a corregir pruebas. En una ocasión le escribí las listas de alumnos en el libro de clases, porque las quería en letra imprenta y a ella no le sale. Este fin semana me quedé en su casa y como aun estoy con reposo relativo, hoy andaba medio aburrida. Así que me preguntó si tenía ganas de corregir pruebas. De comprensión de lectura y matemáticas de segundo básico, le corregí. No sabes el favor que me hiciste, me dijo.
sábado, 4 de abril de 2015
Cumpleaños feliz
Ayer nos vinimos a Santiago, porque hoy le celebrábamos el cumpleaños a mi hijo menor. En realidad está de de cumpleaños la próxima semana, el siete, pero lo hicimos ahora para aprovechar el fin de semana largo. Llegué a la casa de mi tía hace como media hora y estoy muerta. Así que me está costando un poco articular las ideas. Y eso que no tengo mucho que contar. O sea, si, podría escribir hartas cosas, pero igual estoy cansada. Lo importante es decir que mi hijo estaba contento, porque anda con toda las onda de los comics y su papá le regaló una versión empastada de los Avengers. Ya se lo estaba terminando cuando me vine. Además juntó bastante plata por parte de mi familia, así que mañana la va a gastar toda en más revistas. La hermana de mi ex le hizo una torta de Hulk. Mi hijo le pidió que le hiciera comestible la figura del super héroe. Cuando terminó el cumpleaños, ya le faltaban un brazo y una pierna. Me hace feliz verlo feliz. Y hoy lo fue, así que me acuesto contenta.
viernes, 3 de abril de 2015
Allá en la fuente
El año en que mi mamá estuvo enferma, a mi hermana menor la pusieron en el jardín. Jardín Melodía, se llamaba. Quedaba cerca de la casa y uno de los buenos recuerdos que tiene de ese tiempo, me cuenta, es que mi papá la iba a dejar todos los días y le compraba un yogurt Gold. Mi hermana, la del medio, y yo, íbamos al Colegio Adventista de Porvenir, en la jornada de la tarde. El jardín infantil tenía un transporte escolar y por ser hermanas de una de las alumnas, aceptaron trasladarnos. Como eramos las que vivíamos más cerca del preescolar, nos pasaban a dejar siempre de las últimas. El chofer del furgón era joven. Debe haber tenido unos veinte años. Le gustaba el rock latino, en especial Los Prisioneros. Cuando se bajaban la mayoría de los niños, yo me acostaba en el último asiento y miraba las luminarias de las calles de Santiago, escuchando la música y pensando en quién sabe que cosas. El tío del furgón era gracioso. Siempre andaba de buen ánimo. Le gustaba contar chistes y a veces nos asustaba soltando el volante por una fracción de segundo. A nosotras nos gustaba mucho el transporte y a mi hermana le gustaba mucho su jardín. Sobre todo aprender canciones. Hay una que aun recordamos, se llama 'Allá en la Fuente'. Se las dejo por si alguien tiene niños pequeños y se la quiere enseñar. Es bien sencilla.
Aloha
De todos los lugares que he visitado en mi vida, el que recuerdo con más cariño es Hawaii. Mi papá fue enviado a Kona, a hacer un curso de comunicaciones en la Universidad de las Naciones, entidad que pertenece a la misma organización misionera en la que participaba. Vivimos siete meses en la isla. El lugar es hermoso. El clima, perfecto. La gente siempre relajada. Vivir ahí, era como estar eternamente de vacaciones. El primer trimestre, mis hermanas y yo asistimos a una escuela que hay en el campus, que es para los hijos de los misioneros que viven y estudian ahí. Las actividades terminaban temprano y el resto de la tarde era libre. En el Campus el día comenzaba a las seis de la mañana. El desayuno se servía desde las seis y media a siete y media. Las clases comenzaban a las ocho y se hacía un receso para almorzar desde las doce y media, hasta la una y media. Volvíamos a clases a las dos y salíamos a las cuatro. Desde las cuatro y media hasta las cinco y media, servían la cena y de ahí a la playa a nadar o a mirar a los surfistas, a la piscina, a patinar o a caminar descalzos por el centro. Todo era ideal. Las clases eran entretenidas. ¿Se imaginan lo que es a hacer clases de educación física a la playa?. Una vez nos llevaron a hacer cliff jumping. Teníamos que saltar al mar desde una altura de ocho metros. Llegamos al lugar y yo ni me asomé al borde. Me saqué la ropa, no le dije nada a nadie y me tiré. Creo que es como una de las cosas más arriesgadas que he hecho. O sea, no fue nada tan espectacular tampoco. Pero lo hice, aunque estaba muy asustada. Y eso le dio un valor especial. Otra vez fuimos a ver los túneles de lava que hay en distintos lugares de la isla. Algunos mas pequeños, otros más grandes. También estuvimos cerca del Kilauea, el volcán. Es impresionante. Me acuerdo que un par de veces se sintieron algo así como los temblores de acá. Pero estos eran diferentes. Y es que el ruido y la sacudida provenían desde el centro de la tierra. No se cómo explicarlo, pero daba miedo. El segundo trimestre entramos a la escuela pública. la Konawaena High School. Fue difícil el cambio. El lugar era enorme. Además, en ese tiempo, era una de las escuelas con mayor indice de violencia en los Estados Unidos. Y el sistema, igual como sale en las películas. Las clases, cada materia, era un edificio distinto. Cada curso, una sala y cada nivel una letra. No se si me explico. La verdad es que creo que nunca entendí como funcionaba el asunto. Solo me aprendí las salas de memoria y nunca jamás me moví de ese entorno. No me junté con nadie durante las primeras semanas. Me sentaba sola en el comedor al desayuno y al almuerzo. La verdad es que me cagaba de miedo. Me re cagaba de miedo. Pero el miedo se fue pasando y de a poco me fui acercando a un grupo que hablaba español. Y me hice amiga de dos niñas. Eran mexicanas. De entrada no fue tan fácil, porque cuando me preguntaron de que parte de México era y les dije que era chilena, que no era mexicana, querían pegarme. ¿Cómo no vas a ser mexicana si hablar español?, ¿acaso reniegas de tu nacionalidad?. Gracias a un primo al que le preguntaron y el les dijo que yo era de otra parte y eso, no me salvé. Tiempo después me enteré de que lo mexicanos eran uno de los grupos mas temidos en al escuela, porque eran de los más violentos. Así que ahí me quedé. Aprendí muchas cosas acerca de la isla durante los meses que vivimos ahí, que ya no recuerdo. Una palabra si no se me ha olvidado aun, 'mele kailikimaka', que quiere decir feliz navidad. ¿Cómo se dirá buenas noches?...
martes, 31 de marzo de 2015
Son las veintidos horas y cuatro minutos
Me distiendo. Una brisa fresca me ronda. Me viste y me desviste. Me envuelve. Si, me envuelve. Poco a poco va disolviendo el calor. Tengo frío. Anoche soñé que volaba.
Inmanejable
Cuando vivíamos en la Misión, tuvimos un Volksewagen Brasilia. Era blanco. Mi hermana, la que sigue de mi, aprendió a manejarlo sola. O sea, aprendió lo básico de mi papá y un día lo agarró y lo puso en marcha. Sin permiso de nadie y conmigo de copiloto, nos fuimos al camino de tierra por donde se llegaba al final de la parcela. Yo no entiendo como es que se le dio tan fácil. Igual el auto pegaba unos tirones de repente, pero fuera de eso, el resto iba bien. Una vez las cosas se complicaron un poco, eso si. A pesar de que ya la habían castigado un par de veces por sacarlo sin permiso, se llevó el auto al fondo del sitio. Don Pancho, un señor al que se le le arrendaba un trozo de tierra para que la trabajara, había plantado habas. Y para allá se fue a meter mi hermana. De pronto el vehículo dejó de avanzar y comenzó a empantanarse. Hasta la mitad de las ruedas se hundió en el barro. Don Pancho estaba muy enojado, porque igual mi hermana no tenía nada que andar haciendo ahí y que las ruedas y que el barro. Pero finalmente decidió ayudarla y con su tractor la rescató. Mis papás se enteraron cuando mi hermana ya estaba de vuelta, así que el reto no fue tan grande. Claro que le quedó estrictamente prohibido volver a usarlo sin pedir permiso. Yo en cambio, no aprendí nunca. No podía escuchar las instrucciones y ponerlas en práctica al mismo tiempo. Una vez, tratando de estacionarlo frente a la casa, me fui encima de las ligustrinas y por más que traté, no pude nunca meter la reversa. Otra vez iba con mi mamá y me frustré tanto, que abrí la puerta con el auto en marcha, me bajé y lo dejé tirado. Ese fue mi último intento. No se manejar, pero ya no me importa. Prefiero ir mirando por la ventana, disfrutando el paisaje, sin preocuparme por nada.
lunes, 30 de marzo de 2015
Deambulandia
Hoy estoy un poco dispersa. No se, ando vagabundeando entre un pensamiento y otro. Pienso en que este año cumplo treinta y nueve años, por ejemplo. Le doy unas vueltas a ver si le encuentro algún significado especial al hecho, pero nada. Pienso también en la relación que tienen mis hijos con su padre. Una relación de comida chatarra en el mall y películas en el cine. De cariño también, obviamente, pero de nada más. Aunque tal vez estoy siendo injusta y hay otras cosas que no estoy viendo. Pienso en que me gustaría volver a estar embarazada, esta vez de una niña. Aunque ya no sea posible, de todas formas me gustaría. Mi hermana tiene una hija, la única niña entre mis sobrinos. Y, obviamente, la relación entre ellas, es distinta a la que tenemos con nuestros niños. Es mas delicada, por decirlo de alguna manera. Pienso en lo fome que es el libro que comencé a leer, pero que voy a terminar, porque si se empieza se termina. Gracias por el Fuego, se llama, de Benedetti. O sea, no se dice que es fome, se dice que a uno no le gustó, les digo siempre a mis hijos. En fin. Esto si que está fome, así que mejor no sigo dando la lata...
domingo, 29 de marzo de 2015
Una travesura
El hermano menor de mi mamá tenía un amigo, su mejor amigo. Su casa quedaba en nuestra misma cuadra. Crecieron juntos. Se llamaba Mauricio, pero para todos era el Mauro. El Mauro prácticamente vivía en la casa de mi abuelita. Recuerdo muchas veces en las que llegaba en la mañana, cuando aun ella y yo estábamos acostadas, y subía al dormitorio a saludarla y a conversar. Ese era el nivel de confianza que tenía con la familia. Generalmente se iba a almorzar a su casa y volvía en la tarde a escuchar a mi tío tocar guitarra, mientras conversaban en la vereda. La familia del Mauro era la única del barrio que tenía teléfono. Así que, cuando había alguna emergencia, llamaban a su casa para avisar. Un par de veces llamaron para que mi abuelita supiera que a otro de mis tíos que estudiaba en el Pedagógico, se lo habían llevado los ratis. Nada que hacer, solamente esperar a ver si aparecía. Gracias a Dios volvió, dijo las dos veces mi abuelita. En fin. Al Mauro y a mi tío les gustaba jugar ajedrez. Y como en ese tiempo no había plata para comprar nada que no fuera lo estrictamente necesario, se hicieron un tablero con piezas de papel. Una o dos veces alcancé a soplarles el juego y salir corriendo, muerta de la risa.
Son la una con treinta y dos minutos
Lo ignoro. Y me lo pregunto. No siempre, pero si cada cierto tiempo. No
entiendo. Tampoco sé si hay algo que entender. Me gustaría saber. ¿Me
gustaría?. Anoche soñé que iba desnuda por la calle.
sábado, 28 de marzo de 2015
Corte y confección
Mi bisabuela era modista. Cosía vestidos de novia. Tenía un espejo como de dos metros y medio de alto, con marco de madera torneada y vidrio biselado. Una reliquia. Pasó de mi bisabuela a mi mamá y de mi mamá a mi hermana del medio. Para el terremoto del 2010, el espejo se fue abajo y se hizo mil pedazos. El marco aun está guardado, pero corriendo serio peligro de ir a parar a la calle, porque mi hermana no tiene ningún amor por nada que sea antiguo. Estoy tratando de traérmelo, antes de que eso suceda. A mi me tocaron las tijeras. Son bastante pesadas y ya no tienen filo, por lo que no cortan. Pero imaginar que mi bisabuela las usó para hacer vestidos que ocuparon novias que se casaron hace muchos años atrás, es como viajar un poco en el tiempo. En fin. Mi abuelita también aprendió a coser. De hecho, creo que ayudaba a mi bisabuela en el taller. Mi abuelita me hacía unos vestidos hermosos. Una vez me hizo uno de tul blanco, con el que me sentí como un hada o una princesa. Pero aparte de los vestidos, a mi abuelita le gustaba hacerme enaguas. Y yo las tenía que usar para ir al colegio, debajo del jumper. El problema es que, no sé por qué, siempre se me veían. Y claro, mis compañeros me molestaban. Mi tío, el hermano menor de mi mamá, me preguntaba todo el tiempo "Ita, ¿andai buscando novio?". Que rabia. Odiaba usarlas. Pero mi abuelita me las hacía con tanto cariño, que cómo decirle que no. Las usé hasta quinto básico, o por ahí. En ese tiempo, mi abuelita había dejado de coser, porque ya no le daba el tiempo. Así que me libré de las enguas, justo cuando había pensado en empezar a buscar novio.
viernes, 27 de marzo de 2015
¿Se dice o no se dice?
Mis papás estaban siempre yendo de un lugar a otro y por periodos cortos. Por lo mismo, nos cambiaron varias veces de colegio cuando eramos chicas. Hubo de todo. Escuelas buenas, no tan buenas y malas, derechamente. Estuvimos en una tan mala, que mis hermanas y yo eramos las mejores alumnas del curso en el que estábamos. Creo que esa fue la única vez en mi vida que saqué un primer lugar mientras estudiaba. El Colegio Adventista de la Cisterna era uno de los no tan malos. Ahí alcanzamos a estar un poco más de tiempo. En ese colegio tuve mi segundo pololo. Yo estaba en séptimo y el Andrés estaba en octavo. Pololeamos por carta. Suena ridículo, ya se. Pero pasaba que yo no podía estar a menos de dos metros de él. Una vez se acercó para regalarme un lápiz y me temblaban tanto las manos, que se me cayó como tres veces. Aun me pasa eso. Que me pongo nerviosa en esas situaciones y me tiemblan las manos. Es incómodo, porque me deja en evidencia. En fin. Todos los días nos daban desayuno. Un vaso de leche y un pedazo de queso. Todos queríamos el queso, pero nadie quería la leche. Entonces hubo varios compañeros que comenzaron a botar la leche. La directora se enteró del asunto y nos formó en el patio para anunciar las medidas que se tomarían al respecto. Entonces, en medio del discurso, tiró la frase. 'El alumno que sea sorprendido botando la leche "lisellanamente" se me va del colegio'. Tanto lo recalcó, que cuando llegué a la casa le pregunté al tiro a mi papá que qué significaba esa palabra. Esa palabra no existe, me dijo. Es una expresión, "lisa y llanamente". Si mi papá estaba en lo correcto, ¿que verguenza para el colegio?, ¿para la directora?. Verguenza fue lo que me dio a mi cuando el Andrés trató de darme un beso, en todo caso. Tanta me dio, que tuve que salir corriendo a esconderme en la sala. Me quedé ahí hasta la salida. Y, claro, terminó conmigo. Por carta también, obviamente. Así, lisa y llanamente.
jueves, 26 de marzo de 2015
Significado
La primera vez que leí la definición de falacia fue como a los doce. Mi papá me mandó a buscarla en el diccionario. Siempre hacía lo mismo cuando le preguntábamos que significaba una palabra. Después la usaba para explicar que decir que los adolescentes adolecían de algo, era una falacia. No se, fue una idea que se me metió en la cabeza cuando estaba en esa etapa. En fin. Hace unos días, mis hijos estaban discutiendo no sé por qué cosa y el más chico le dijo al mayor que lo que estaba diciendo era una falacia. Igual me llamó la atención, porque a su edad, yo no manejaba ese tipo de palabras. Me dijo que el profesor les había explicado que significado tenía, porque uno de los compañeros la había ocupado y los demás quedaron colgados. Pero resulta que parece que falacia está de moda. Ayer fui a Santiago para mi primer control después de la cirugía y mi sobrina le dijo a mi sobrino que andaba "puro falaceando". Divertida la tergiversación. Otra palabra complicada.
miércoles, 25 de marzo de 2015
Himnos y coros
Creo que sí. Que conté que cuando
era chica iba con mi abuelita a la iglesia. A la clase Zelada íbamos. Creo que
también conté que nos sentábamos en el coro. Todas las mujeres, tías y primas,
por parte de mi mamá, nos hemos sentado en el coro. En distintas iglesias, peto
todas nos hemos sentado. Nos gusta cantar. Y no cantamos mal. Una de mis tías
incluso se casó con el jefe de coro de la clase Zelada. En esa clase aprendí
varios coritos. Himnos también. Hoy recordé uno que no me gustaba para nada. O
sea, me acordé de una de sus frases. ¿A dónde huiré Señor de tu presencia?, tu
Espíritu Divino en todas partes está. No me gustaba. Porque cuando pregunté que qué
significaba eso, me dijeron que no había un lugar en el que pudiera estar, sin
que Dios pudiera verme. ¿Ni debajo de la cama?, ¿ni detrás de la puerta?, ¿ni
dentro del closet?. No, no había lugar.
Esa idea me molestaba. En ese momento no tenía claro por qué, pero me molestaba.
Ahora lo sé. En fin. Esa es la única parte que recuerdo. Por lo mismo no voy a
poder cantarlo. Y ni aunque me acordara lo haría, en todo caso.
martes, 24 de marzo de 2015
Las tripas
Es lenta la recuperación. Esta es la tercera vez que se me tuerce una tripa. No tiene que ver con lo que coma o lo que no coma. Simplemente se tuerce y ese trozo torcido, se muere. Esta es la segunda vez que la tripa torcida, además, estaba perforada. No se si tiene mucho sentido escribir acerca de esto, pero como ya comencé, mejor que lo termine no mas. Me dio un poco de pena cuando me di cuenta de lo grande que es esta nueva cicatriz. Es más larga que las otras. Después pensé que en realidad ya da lo mismo. Ya qué, como dicen mis hijos. Además hubo algo nuevo. Me pusieron corchetes en vez de puntos y lo divertido es que se sacan con un saca corchetes, igual que con los que se corchetea el papel. Y lo bueno es que no duele y no deja tantas marcas. Que risa. Me leo y me aburro. Pero esto es una anécdota y me gusta contar anécdotas, aunque sean fomes, como ésta. En fin. Pasado mañana se cumplen dos semanas desde que todo comenzó. Y yo que le había echado la culpa a la María Antonieta. Ni me imaginaba que iba a terminar así, en el hospital con operación y todo. Que lata es estar en el hospital. No hay manera de acomodarse en esos colchones. Un amigo me llevó unas revistas, pero no hubo caso. No pude leer ni una página. No quedó otra que pasar una semana mirando el techo y jugando con los botones de la cama. Y eso. O sea, muchas otras cosas, pero para qué más detalles. Además me dio un poco de sueño. Que pasen una buena noche. Yo voy a ver si logro acomodarme esperando que no me despierte otra tormenta eléctrica como la de anoche.
lunes, 23 de marzo de 2015
Baño
Dicen que la mejor manera de que un niño aprenda a ir al baño, es dejarlo sin pañales durante el verano. Es más fácil darte cuenta de cuando comienzan a hacer, que que te avisen cuando les den ganas. Así lo hice con mis dos hijos. Me dio buen resultado, aprendieron bastante rápido. Que aprendieran a hacer caca era un poco mas complicado que hacer pipí. Darte cuenta de que tenían ganas, quiero decir. El mayor comenzaba a seguirme con cara de angustia cuando quería hacer, así que con él fue un poco más sencillo. Lo llamativo, por decirlo de alguna manera, fue con el menor. Hacía en el patio. Le daban ganas y salía al jardín. Y yo después tenía que andar recogiendo sus mojones en una bolsa, igual como hacen algunas personas con sus perros. Salía sin que me diera cuenta. Así que tuve que comenzar a poner atención para que cada vez que se me desapareciera, pudiera pescarlo en pleno, agarrarlo, llevarlo al baño lo mas rápido posible y sentarlo en la taza para que terminara. En fin. Buena táctica. Al menos a mi me dio resultado.
domingo, 22 de marzo de 2015
Naive
Los primeros misioneros llegaron a Chile a finales de los setenta. Eran un matrimonio joven, sin hijos. Los dos hippies. Hippies cristianos, pero hippies. Fueron ellos los que comenzaron con la comunidad en la que vivimos por años. Cuando mis papás se hicieron parte de ella, yo tenía cinco años. Recuerdo muchas cosas de esos primeros meses. Vivir todos juntos en una casona, compartir la comida, tocar guitarra alrededor de una fogata cantando canciones de amor y de paz. Esa es la imagen que recordé hoy. Un grupo de jóvenes alrededor de una fogata, en una noche estrellada, tomados de las manos levantadas, con rostros radiantes, creyendo con todo el corazón que podían cambiar el mundo y hacerlo un lugar mejor. Unidos, unidos se llamaba el tema.
sábado, 21 de marzo de 2015
Volver
De vuelta en casa, después de una corta estadía en el hospital de la Chile. Una nueva cirugía. Una nueva cicatriz.
sábado, 7 de marzo de 2015
Por chancha
Tan certero fue mi diagnostico, que terminé hoy en la urgencia. Me siento pésimo, pero es mi responsabilidad, lo admito. Ayer tenía ganas de contar que me había juntado con mi papá, que habíamos aclarado lo de los griegos y otras cosas, pero me sentía y me siento tan mal, que va a tener que quedar para otro momento. Una cosa cortita si. Cuando volvíamos del Mall al metro U. de Chile, pasamos por uno de esos puestos donde venden agua, dulces y esas cosas. Habían dos mjeres y un hombre conversando. Entonces alcancé a escuchar al hombre decir "el amor se pasa, como se pasan todas las cosas". Una de las mujeres le contestó, "no, estai equivocao tú".
viernes, 6 de marzo de 2015
Saludos
Estoy enferma. Según mi vasta experiencia médica, esto es una gastritis mezclada con un ataque al colón. Me muero del dolor. Hasta aquí no mas llego por hoy. Buenas noches.
jueves, 5 de marzo de 2015
El Pablo
Con el Pablo nos conocimos hace como veinte años en la Misión. Hace tiempo vive en Canadá, así que no nos vemos muy seguido. Está dos semanas de visita en Santiago y hoy nos encontramos. Pasamos la tarde juntos. Nos pusimos al día primero y después nos dedicamos a recordar. Siempre eramos los tres, él mi hermana del medio y yo. Había un árbol de damascos casi al fondo del sitio con un asiento de madera, donde nos íbamos a fumar y a tomar cerveza por las noches. Escondidos, obviamente. No sé de quién era la radio, pero siempre andábamos con ella. Una radio chica, con casetera. Y cantábamos. Cantábamos Cranebrries, Alanis Morrisette, Tony Braxton, algunos otros y Enrique Iglesias... Si, Enrique Iglesias. Todavía no entiendo por qué, pero lo cantábamos. Incluso, si lo intento, creo que me saldría 'Enamorado por Primera Vez'. Y aun mejor si fuera como en esos tiempos, con el Pablo y con mi hermana.
miércoles, 4 de marzo de 2015
Primer día de clases
Hoy nada de fotos en la puerta del colegio. Nada de acompañarlos a la sala. Los dejé en la esquina, se despidieron rapidito, y sería. Así comenzó el día y terminó con la película de la pantera rosa con ese actor de pelo blanco que es mas tonto que una puerta. O tal vez sea tonto en las películas solamente y en la vida real sea muy inteligente, vaya a saber uno. En fin. Quería contar otra cosa, pero tengo tanto sueño que se me olvidó, así que buenas noches...
martes, 3 de marzo de 2015
Crecer
Como dije hace un par de días, mi hijo mayor estuvo de cumpleaños. Hoy conversábamos acerca del deseo que había pedido al apagar las velas. ¿Se puede saber que pediste?, le pregunté. En mis tres cumpleaños anteriores, deseé que mi papá y tú volvieran a estar juntos, pero no volvieron. Así que, como me di cuenta de que los deseos valen madres y las velas comenzaban a apagarse, pedí una sandía, contestó.
No lo se
No sé si Neruda ya lo preguntó en su libro de las preguntas, pero quiero preguntar igual. ¿Por qué las hojas de los árboles se secan en invierno y en verano están verdes?, ¿no debería ser al revés?.
domingo, 1 de marzo de 2015
Largo regreso a casa
Pero qué agradable es volver a mi casa después de haber estado casi dos meses en Santiago. Abrir las ventanas. Sentir la brisa de la tarde en Quilpué. Ver los árboles de la plaza. Darme una ducha en mi propia ducha. Acostarme en mi propia cama y ver una película, sabiendo que aun nos quedan dos días libres antes de comenzar el colegio. Agradable, realmente...
1 de Marzo
Miré el reloj un segundo antes de verlo por primera vez. Eran exactamente las diez de la mañana. Mi hijo. El que me hizo madre. El que me enseñó a amar. Hoy está de cumpleaños. Hoy cumple trece años. Hoy me siento feliz.
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