sábado, 28 de marzo de 2015

Corte y confección

Mi bisabuela era modista. Cosía vestidos de novia. Tenía un espejo como de dos metros y medio de alto, con marco de madera torneada y vidrio biselado. Una reliquia. Pasó de mi bisabuela a mi mamá y de mi mamá a mi hermana del medio. Para el terremoto del 2010, el espejo se fue abajo y se hizo mil pedazos. El marco aun está guardado, pero corriendo serio peligro de ir a parar a la calle, porque mi hermana no tiene ningún amor por nada que sea antiguo. Estoy tratando de traérmelo, antes de que eso suceda. A mi me tocaron las tijeras. Son bastante pesadas y ya no tienen filo, por lo que no cortan. Pero imaginar que mi bisabuela las usó para hacer vestidos que ocuparon novias que se casaron hace muchos años atrás, es como viajar un poco en el tiempo. En fin. Mi abuelita también aprendió a coser. De hecho, creo que ayudaba a mi bisabuela en el taller. Mi abuelita me hacía unos vestidos hermosos. Una vez me hizo uno de tul blanco, con el que me sentí como un hada o una princesa. Pero aparte de los vestidos, a mi abuelita le gustaba hacerme enaguas. Y yo las tenía que usar para ir al colegio, debajo del jumper. El problema es que, no sé por qué, siempre se me veían. Y claro, mis compañeros me molestaban. Mi tío, el hermano menor de mi mamá, me preguntaba todo el tiempo "Ita, ¿andai buscando novio?". Que rabia. Odiaba usarlas. Pero mi abuelita me las hacía con tanto cariño, que cómo decirle que no. Las usé hasta quinto básico, o por ahí. En ese tiempo, mi abuelita había dejado de coser, porque ya no le daba el tiempo. Así que me libré de las enguas, justo cuando había pensado en empezar a buscar novio.




No hay comentarios:

Publicar un comentario