Los primeros misioneros llegaron a Chile a finales de los setenta. Eran un matrimonio joven, sin hijos. Los dos hippies. Hippies cristianos, pero hippies. Fueron ellos los que comenzaron con la comunidad en la que vivimos por años. Cuando mis papás se hicieron parte de ella, yo tenía cinco años. Recuerdo muchas cosas de esos primeros meses. Vivir todos juntos en una casona, compartir la comida, tocar guitarra alrededor de una fogata cantando canciones de amor y de paz. Esa es la imagen que recordé hoy. Un grupo de jóvenes alrededor de una fogata, en una noche estrellada, tomados de las manos levantadas, con rostros radiantes, creyendo con todo el corazón que podían cambiar el mundo y hacerlo un lugar mejor. Unidos, unidos se llamaba el tema.
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