domingo, 29 de marzo de 2015

Una travesura

El hermano menor de mi mamá tenía un amigo, su mejor amigo. Su casa quedaba en nuestra misma cuadra. Crecieron juntos. Se llamaba Mauricio, pero para todos era el Mauro. El Mauro prácticamente vivía en la casa de mi abuelita. Recuerdo muchas veces en las que llegaba en la mañana, cuando aun ella y yo estábamos acostadas, y subía al dormitorio a saludarla y a conversar. Ese era el nivel de confianza que tenía con la familia. Generalmente se iba a almorzar a su casa y volvía en la tarde a escuchar a mi tío tocar guitarra, mientras conversaban en la vereda. La familia del Mauro era la única del barrio que tenía teléfono. Así que, cuando había alguna emergencia, llamaban a su casa para avisar. Un par de veces llamaron para que mi abuelita supiera que a otro de mis tíos que estudiaba en el Pedagógico, se lo habían llevado los ratis. Nada que hacer, solamente esperar a ver si aparecía. Gracias a Dios volvió, dijo las dos veces mi abuelita. En fin. Al Mauro y a mi tío les gustaba jugar ajedrez. Y como en ese tiempo no había plata para comprar nada que no fuera lo estrictamente necesario, se hicieron un tablero con piezas de papel. Una o dos veces alcancé a soplarles el juego y salir corriendo, muerta de la risa.

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