Mis papás estaban siempre yendo de un lugar a otro y por periodos cortos. Por lo mismo, nos cambiaron varias veces de colegio cuando eramos chicas. Hubo de todo. Escuelas buenas, no tan buenas y malas, derechamente. Estuvimos en una tan mala, que mis hermanas y yo eramos las mejores alumnas del curso en el que estábamos. Creo que esa fue la única vez en mi vida que saqué un primer lugar mientras estudiaba. El Colegio Adventista de la Cisterna era uno de los no tan malos. Ahí alcanzamos a estar un poco más de tiempo. En ese colegio tuve mi segundo pololo. Yo estaba en séptimo y el Andrés estaba en octavo. Pololeamos por carta. Suena ridículo, ya se. Pero pasaba que yo no podía estar a menos de dos metros de él. Una vez se acercó para regalarme un lápiz y me temblaban tanto las manos, que se me cayó como tres veces. Aun me pasa eso. Que me pongo nerviosa en esas situaciones y me tiemblan las manos. Es incómodo, porque me deja en evidencia. En fin. Todos los días nos daban desayuno. Un vaso de leche y un pedazo de queso. Todos queríamos el queso, pero nadie quería la leche. Entonces hubo varios compañeros que comenzaron a botar la leche. La directora se enteró del asunto y nos formó en el patio para anunciar las medidas que se tomarían al respecto. Entonces, en medio del discurso, tiró la frase. 'El alumno que sea sorprendido botando la leche "lisellanamente" se me va del colegio'. Tanto lo recalcó, que cuando llegué a la casa le pregunté al tiro a mi papá que qué significaba esa palabra. Esa palabra no existe, me dijo. Es una expresión, "lisa y llanamente". Si mi papá estaba en lo correcto, ¿que verguenza para el colegio?, ¿para la directora?. Verguenza fue lo que me dio a mi cuando el Andrés trató de darme un beso, en todo caso. Tanta me dio, que tuve que salir corriendo a esconderme en la sala. Me quedé ahí hasta la salida. Y, claro, terminó conmigo. Por carta también, obviamente. Así, lisa y llanamente.
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