Tuve una amiga a los catorce años. Era mi mejor amiga. De esas con las que entras al baño. De esas con las que intercambias los diarios de vida para saber lo que ha escrito la otra. Eramos compañeras de curso. No nos dejaban sentarnos juntas, porque obvio, conversábamos todo el rato. Así que nos mandábamos papeles. Aún tengo guardados algunos en los que hacemos chistes sobre un compañero con el que habíamos pololeado las dos. El primer pololo al que, finalmente, le di un beso. O sea, varios, porque después del primero se me pasó la verguenza y bueno... No duramos mucho en todo caso. Llegó una niña nueva y bueno, ya saben. En fin. Mi amiga y yo nos pasábamos todo el tiempo juntas. En el colegio y en la Misión. Si ella no se quedaba a dormir en mi casa, yo me quedaba en la de ella. Tomábamos once viendo la teleserie y los domingos, no nos perdíamos Sábado Taquilla. Moríamos por los New Kinds On The Block. Era un griterío cada vez que llegaban al número uno, porque llegaron, aunque usted no lo crea. Teníamos hasta posters pegados en las murallas de nuestros dormitorios, de esos que venían en la Tv grama. Grabábamos canciones de la radio. Era una locura. La otra locura era por dos brasileros. Los dos mucho mayores que nosotras. La Misión tenía una Combi con la que nos iban a buscar y a dejar al colegio. A todos los niños que vivíamos ahí. Ellos dos eran los que generalmente la manejaban. Entonces a veces le tocaba ir soñando a ella y otras veces a mi. Lo otro que nos hacía soñar, eran las puestas de sol. Nos sentábamos todas las tardes a verlas. Les tomábamos fotos, las dibujábamos y las pintábamos con acuarela. Nos quedábamos ahí, calladas, cada una absorta en sus propios pensamientos, que después comentábamos. por supuesto. A veces, mientras esperábamos la puesta de sol, ella tocaba la guitarra y cantábamos. Silvio, casi siempre. Y un día, se fueron. Como a todos en la Misión, les tocó partir. Llegó llorando a mi casa a contarme. Lloramos las dos. Nunca más la volví a ver. Nos escribimos por harto tiempo si. Nos mandábamos fotos y nos contábamos todo lo que nos podíamos contar. Una vez ella me hizo un sobre con una hoja de revista y en contestación le mandé una carta escrita en distintos tipos de papel. Hasta papel higiénico había. Las tengo todas guardadas, las que ella me escribió y una mía que no alcancé a mandar. Dejé pasar demasiado tiempo y se hizo tarde.
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