Era de esos pergenios a los que no
podías perder de vista ni cinco segundos, porque en esos cinco segundos,
seguro se estaban mandando una. Ponía los dedos en la plancha caliente,
metía clavos en los enchufes, se escapaba de la casa por entre las
ligustrinas, comía tierra. Cuando eramos pequeñas a mi me daba un poco
de envidia, porque como yo era una niña tranquila y obediente, la que se
llevaba toda la atención de mi mamá, era ella. Y no solo la de mi mamá.
Resulta que mi hermana tenía, y tiene, una personalidad bastante
atrayente. No se hacía ningún problema para relacionarse con otros
niños, ni tampoco con adultos. Todo lo opuesto a mi. No nos llevábamos
bien, peleábamos mucho. Y yo siempre salía perdiendo y quedaba llorando.
Cuando crecimos un poco, ella y mi hermana menor pasaban mucho tiempo
juntas. Fue cuando mi mamá estuvo enferma y yo, que era la mayor, tenía
que hacerme cargo de las dos. Por lo que la diferencia de edad,
aparentaba ser mucho mas grande de lo que en realidad era. A la más
chica no le enseñé muchas cosas, porque era prácticamente un bebé. Pero
la que sigue de mi, aprendió varias. Aprendió, por ejemplo, a hacer su
cama. A barrer. A que los bolsillos del delantal no se andan trayendo
llenos de papeles y que no se duerme con el uniforme para quedarse un
poco más en la cama, al otro día. Cuando entramos en la adolescencia,
nos acercamos. Después de haber vivido en Estados Unidos, estuvimos en
Suiza por tres meses. El lugar en el que estábamos, era campo. No habían
niños ni adolescentes y lo único que se podía hacer, era andar en
bicicleta. Comenzamos a salir y cada vez nos fuimos divirtiendo más.
Ella buscaba nuevos caminos. Caminos con más pendiente. Siempre se
tiraba primero y yo me quedaba atrás, con miedo de seguirla. ¡Tírate,
tonta, es súper!, me gritaba desde abajo, muerta de la risa. Y yo le
hacía caso. Me moría de miedo, pero le hacía caso. Y así fui aprendiendo
de ella cosas nuevas, igual como lo había hecho ella de mi. Cuando
volvimos a Chile, eramos mejores amigas. Salíamos juntas, nos cubríamos
las espaladas, hablábamos de nuestros problemas, nos reíamos y
llorábamos. Fuimos inseparables hasta que se embarazó y tuvo que irse de
la casa. Pero volvimos a acercarnos cuando regresó. Hasta que me casé.
Luego ella se casó. Y ahora cada una tiene su vida. Ella vive en
Santiago. Yo vivo en Quilpué. Ella tiene su familia y yo la mía. A veces
nos visitamos y me alegra ver como esa niña revoltosa, se ha
transformado en una mujer, una esposa y una madre a la que aun envidio.
Un poquito, y con envidia sana, eso si. Mi hermana, la que sigue de mi,
está hoy de cumpleaños. Mi hermana, la que sigue de mi, cumple hoy un
año más.
De adolescentes
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