Empecé a fumar a los diecisiete años. La primera vez que lo hice, fue con una compañera de curso que había llegado hace poco de Canadá. Venía de la parte francesa, pero como sus papás eran chilenos, también hablaba español. Habíamos salido recién de clases y nos fuimos a sentar en la vereda que quedaba a la vuelta de la esquina. Creo que era un life. Lo encontré asqueroso, pero me lo terminé de todas maneras. No quería ser menos. Cuando recién empecé, mi compañera me convidaba. Me fumaba dos, uno antes de entrar al colegio y uno a la salida. Mi hermana comenzó a fumar cuando yo lo hice. Como al principio fumábamos a escondidas, nos íbamos al fondo del sitio.
De vuelta a la casa, pasábamos por unos eucaliptus y ahí camuflábamos el
olor a cigarro frotándonos las hojas en las manos y en la boca. Recuerdo incluso
haber masticado algunas, mas de una vez. Después nos dieron permiso, o sea, me dieron permiso. Un día en que habíamos salido con mi papá a tomar un café y a tener una de nuestras conversaciones de rigor, me preguntó si aun era virgen, si había bebido y si había fumado. Le dije que aun era virgen, que no había bebido, pero que si estaba fumando. Entonces, yo creo que como premio a mi honestidad, me permitió hacerlo, siempre que no fuera demasiado. Y ahí partí con las cajetillas. Recuerdo que en ese tiempo nos daban la plata justa para la micro, así que yo trabajaba para costearme el vicio. Le lavaba el auto a mi papá, limpiaba casas y cuidaba niños. En ese tiempo, una cajetilla me duraba dos días, compartiéndola con mi hermana. Con los años, fui aumentando la dosis hasta llegar a una cajetilla diaria. El verano del año pasado decidí dejar de fumar. Recaí a mediados de año, hasta hace un par de meses atrás. El primer motivo para dejarlo, fueron mis hijos. Se preocupaban demasiado. Después, por el tema de la salud. Y finalmente, por la plata. Nunca había sacado la cuenta de cuánto había gastado en cigarros desde que empecé a fumar. Y un día se me ocurrió hacerlo. Alrededor de doce millones de pesos fue el resultado. Un auto. El pie para un departamento. Un fondo para la vejez, qué sé yo. Por eso dije basta. Tal vez me fume uno que otro cigarro en alguna reunión social, pero volver a caer en el vicio, espero que nunca. Eso último sonó a frase de grupo de rehabilitación...
No hay comentarios:
Publicar un comentario