Al fondo de la parcela había un sauce. Era enorme. Me gustan todos los sauces, son mis árboles favoritos, pero éste era algo especial. Tenía las ramas muy largas, por lo que debajo de ellas se formaba una especie de refugio. Justo en donde comenzaban sus raíces pasaba una zanja. Los alemanes, que eran los que se preocupaban de hacer que algunos lugares comunes se convirtieran en lugares especiales, habían hecho un pequeño puente que la cruzaba. Instalaron también algo parecido a un escaño de madera, pero rustico. Mi hermana y yo pasábamos mucho tiempo debajo de ese árbol. En el verano, en las tardes, era exquisito. Nos acostábamos a fumar, a conversar y a disfrutar del frescor de la sombra. Generalmente estábamos ahí hasta el atardecer, para volver en las noches. A veces a cantar, a veces a gritar a todo pulmón para desahogarnos.En invierno era lo mismo. No importaban ni el frío ni la humedad, ahí estábamos. Es que era como tener una cita con ese espacio, una cita cada día, cada noche. Hubo algunas veces si, en las que fui acompañada de algún chico. Hubo otras veces si, en las que fui sola. Recuerdo noches de luna llena. Recuerdo haber estado de espaldas mirándola. En silencio, mirándola. Ella, yo y el árbol, nada más. No se muy bien como explicarlo, como describirlo, como transmitir las sensaciones que las memorias que tengo de ese lugar me hacen sentir. Y es que entre ese manto verde se enredan tantos pequeños secretos, tantas palabras dichas y no dichas, tantas risas, tantas lágrimas, tantos besos, tanto amor. El único que podría comunicarles algo de todo esto, sería el mismo sauce, si es que pudiera hablar. Si ese sauce hablara...
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