viernes, 24 de abril de 2015

Mis quince

El doce de Julio de mil novecientos noventa y uno, cumplí quince años. Les pedí a mis papás una celebración especial, un cumpleaños formal. No contaban con muchos recursos, pero me la hicieron igual. En ese tiempo estaba obsesionada con el color damasco, así que compramos todo lo que se pudo comprar, en ese tono. Las servilletas, las cintas para adornar, el papel para las invitaciones.  La tela para mi vestido también, obviamente. Me lo cosió mi mamá. Yo quería que me lo hiciera con los hombros descubiertos y arriba de la rodilla, pero a mi papá no le gustó la idea, así que quedó bastante más 'recatado'. Pasamos el día preparando todo. Una amiga norteamericana que vivía con nosotros, nos ayudó con la torta. Una torta de tres pisos, pequeña, pero de tres pisos. Yo enceré las baldosas del living. Mi papá ayudó a meter los muebles en mi dormitorio. Mis hermanas inflaron globos y a adornaron. Mi mamá también había hecho un vestido para ella y uno para cada una de mis hermanas menores. Mi papá se compró una camisa con cuello de paloma y se vistió de traje. Yo me puse mi vestido, me peiné y me maquillé. Ese día fue la primera vez que usé maquillaje. Me puse los aros de oro con perlas que me regaló mi abuelita y una cadenita, también de oro. Y nos pusimos a esperar a los invitados. Llegaron casi todos juntos. Como vivíamos en el campo, generalmente los chicos se ponían de acuerdo y alguno de los papás que tenía auto, los llevaba. Nos veíamos tan lindos. Todos adolescentes, todos de terno y todas de vestido. Uno de los vecinos de la Misión, tenía una cámara para grabar videos, de esos para VHS. Aun debe andar dando vueltas por ahí. Hubo fotos, brindis, discursos y hasta baile. Un amigo llevó un caset con música de la película Gris Brillantina. Lo pusimos en una radio Sony que teníamos. Yo creo que lo escuchamos y bailamos como cien veces. Había otra música, pero ese fue el que más pegó. A pesar de ser invierno, hacía calor. Claro, si mi casa no era muy grande y habíamos varios. Recuerdo un momento en el que salí. Había llovido. Sentí el cambio de temperatura, la cara ardiendo y los brazos helados. Estuve ahí como por cinco minutos. Es una sensación que nunca he olvidado. Después entré. Fui a buscar mi diario de vida y le pedí a cada uno de los invitados que escribiera algo. Eran cerca de las doce cuando mi papá apagó la música y despidió a todo el mundo. Sacó los muebles de mi dormitorio, me mandó a acostar y se fue a dormir. Así terminó mi cumpleaños, como en los cuentos de hadas, a las doce de la noche, pero sin príncipe azul ni 'fueron felices para siempre'



No hay comentarios:

Publicar un comentario