miércoles, 22 de abril de 2015

Salir corriendo

Después de varios años de pasar de dormitorio en dormitorio, finalmente conseguimos tener una casa en la Misión. Mi papá se encargó de conseguir las ofrendas necesarias para construirla entre iglesias y misioneros extranjeros, principalmente. Por ser la más grande, me dejaron sola en un dormitorio pequeño y en otro mediano, pusieron a mis dos hermanas menores. La mas chica de las dos, se hizo muy amiga de la hija mayor de una de las familias vecinas. Eran norteamericanos. Mi hermana vivía en su casa. Pasaba ahí días enteros y a veces incluso se quedaba a alojar. Pasaron varios años y las cosas comenzaron a ir mal entre el matrimonio, por lo que decidieron volver por un tiempo a Estados Unidos hasta que la situación mejorara. Pero nunca mejoró. Se divorciaron y ninguno de los dos volvió a venir a Chile. Su casa en la Misión, quedó intacta. Hasta que un año, dieron aviso de que la mayor de las hijas, las mejor amiga de mi hermana menor hasta el día de hoy, iba a volver para disponer de todo lo que había en ella. La mayoría de los muebles se los regaló a mi familia. Ellos ya no vivían en la Misión, mi papá había encontrado un buen trabajo y se habían cambiado a una casa más grande. Así que todo cupo bastante bien. Con el tiempo, los muebles comenzaron a renovarse y los antiguos se fueron regalando. Mientras tanto, en el Salón de la Justicia. No, en serio. Mientras tanto nosotros nos estábamos trasladando a Quilpué. Arrendamos una casa grande, en la que entraban dos de los muebles de los que mi mamá estaba intentando deshacerse. Eso incluía la opción de dejarlos en la calle para que se los llevara el camión de la basura, así que se podría decir que los rescaté de un final que pudo haber sido muy penoso. En fin. Después de haber arrendado por un par de años, mi ex marido decidió comprar la casa en la que mis hijos y yo vivimos ahora. Nunca me gustó la distribución que tiene, porque el dormitorio matrimonial está en el segundo piso y el de los niños, en el primero. Encuentro que no es para nada práctico ni seguro si se tiene hijos pequeños. Fue una de las objeciones que puse cuando mi ex marido quiso comprarla, esa entre otras que no voy a enumerar, porque me va a dar rabia y me voy a terminar enojando y no es la idea. Pero bueno. Resulta que mi niño más pequeño subía todas las noches a buscarme, porque le daba miedo. Entonces yo bajaba y me acostaba a dormir con él. Así, todos los días. Finalmente, convencí a mi ex marido de que bajáramos la cama al dormitorio más grande del primer piso, para estar más cerca de los niños. Cupieron justo la cama y los dos veladores. Entonces el dormitorio de arriba quedó como una especie de taller y pieza de alojados. En ese taller quedaron los dos muebles que me traje de la casa de mi mamá. Eran dos secreter. El mío, tenía una repisa sobrepuesta en la que había algunos libros, adornos y una serie de objetos metálicos que he ido recolectando. La cuestión es que para el terremoto del dos mil diez, lo único que se nos vino abajo, fue esa repisa. Nada más. Ahora que estoy separada, sigo durmiendo en el dormitorio grande del primer piso, pero tengo una cama de plaza y media. Como me sobraba un poco de espacio, bajé mi secreter con repisa y todo,  y lo puse a un costado de mi cama.  Cada cierto tiempo me digo que tengo que fijar esa repisa a la pared, pero nunca lo hago. Así que cada vez que hay un temblor, tengo que salir corriendo, por si acaso. Lo único que espero, es no quedarme enredada en las sábanas, porque si lo hago, que contrariedad...






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