martes, 30 de diciembre de 2014

Que

Que triste es que te digan que, por ahora, es algo irremediable. Que tienes que aprender a enfrentarlo. Que el tiempo pasa y la soledad se extravía dentro de lo cotidiano. Que puedes acostumbrarte a vivir así. Que es preferible, incluso. Que pena que no te digan que es mejor no evadir. Que hay cosas que si las dejas dentro, se echan a perder.  Que el dolor es digno de ser sufrido. Que el corazón puede salir por la boca. 

lunes, 29 de diciembre de 2014

Cuando era chica

Me enseñaron que no hiciera con otros lo que no quería que hicieran conmigo
Que estuviera dispuesta a dar la vida por mis amigos
Que perdonara setenta veces siete
Que pusiera la otra mejilla
Que el amor nunca dejaba de ser

domingo, 28 de diciembre de 2014

Tela

No se si el cuadro original existe. Pero esta tela impresa pareciera estar siempre pidiéndome que la observe. Está en el comedor de la casa de mi tía. Me gusta mirarla. Me produce una sensación muy agradable. Una sensación que no sabría explicar muy bien...



sábado, 27 de diciembre de 2014

Neruda si ha muerto

No te pareces al mundo en tu actitud de entrega
No te envuelve en su llama mortal la luz
No canta en ti la tierra, caracola terrestre
No viajan como pañuelos blancos de adiós las nubes
No se adelgazan mis palabras a veces
No te recuerdo como eras en el último otoño
No hago rojas señales sobre tus ojos ausentes
No te tuerces en lentas espirales de humo
No voy, duro de pasiones, montado en mi ola única
No he visto desde mi ventana la fiesta del poniente en los cerros lejanos
No ancla entre dos montañas, casi fuera del cielo, la mitad de la luna
No basta para mi corazón tu pecho
No he ido marcando con cruces de fuego el atlas de tu cuerpo
No juegas todos los días con la luz del universo
No parece que los ojos se te hubieran volado
No eres mía, no eres mía voy gritando a la brisa
No pienso, camino largamente, mi vida antes de ti
No hace la luna girar su rodaje de sueño
No juegas tú con el sol como un estero
No tiritan azules los astros a lo lejos
No era la sed y el hambre y tú no fuiste la fruta
No sobrevivió Neruda


viernes, 26 de diciembre de 2014

26 de Diciembre, día nacional del ticket de cambio

Tal vez la vida debería venir con ticket de cambio. Simplemente ir a la vida y decirle que no me gustó el color. Que no me quedó buena. Que quería otra cosa. Hacer la fila. Entregar el ticket. Hacer el cambio.


jueves, 25 de diciembre de 2014

Luna

La luna no parece la cara de un gato. Tampoco parece una uña recién cortada. Tampoco parece un queso. La luna no es de miel. No está sola. No está triste. No llora. No acuna. No acompaña. No sonríe. No canta. No baila. La luna es un satélite natural de la tierra, que gira alrededor de ella y refleja la luz del sol; tiene una superficie de aspecto volcánico y carece de atmósfera. 

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Feliz Navidad

Cuando nació mi hermana, la del medio, mi mamá me puso en un jardín infantil. Vivíamos en Gran Avenida en el paradero dieciocho. Fernandez Albano se llama la calle. El jardín Los Capullitos quedaba como a tres cuadras de la casa. Lo importante cuando iba al jardín, era que no me ensuciara. Al menos eso era lo era para mi mamá. Yo trataba de cumplir con el pedido lo mejor que podía. Una vez estábamos jugando a los bomberos y a mi me tocó estar entre los muertos. Le dije a mis compañeros que podía hacerlo, pero que me tenía que morir parada para no ensuciarme el delantal. En ese mismo jardín y por esta misma fecha, me tocó disfrazarme de enano y cantar una canción navideña, por supuesto. Mi mamá me hizo el típico traje rojo con la barba y eso. Además me hizo una especie de pantuflas para simular las botas. Cuando íbamos de regreso a la casa pasamos por un lugar lleno de esas plantas que parecen espigas. Estaban secas. Se me pegaron en las pantuflas y me dolieron los pies hasta que llegué a la casa. 

martes, 23 de diciembre de 2014

Perdonar y ser perdonado

Ni la fecha, ni el lugar, ni la hora fueron los indicados. Además hacía un calor santiaguino al que no estoy acostumbrada. Pero valió la pena. Siempre he tenido una relación muy cercana con mi papá. Más que como mi papá, lo veo como un amigo. Por motivos que no viene al caso mencionar, dejó de hablarme en Mayo de este año. Nunca habíamos estado peleados por tanto tiempo. Ayer me llamó para que nos juntáramos hoy y conversáramos. Y bueno,  conversamos y solucionamos el problema que finalmente no era tan grave como lo habíamos pensado. Como nos juntamos en el Paseo Ahumada, le pedí que visitáramos algunos de los lugares por los que solíamos pasar cuando era niña. De la Plaza de Armas no quiero ni hablar, solamente voy a decir que me dolió ver lo que hicieron con ella. Con la antigua, quiero decir. Pasamos por la Galería Agutín Edwards, el Portal Fernández Concha y fuimos al Correo Central para ver si encontrábamos la antigua casilla en la que recogíamos las cartas. Y la encontramos. Finalmente nos fuimos al Cory que tiene una sucursal en el Mall del Centro. Es un café al que hemos estado yendo desde que era adolescente y en donde siempre pido lo mismo, un cortado doble con una María Antonieta.







lunes, 22 de diciembre de 2014

Vida

La manera en que pones la mesa, preparas el café, tuestas el pan.  La forma en que caminas, cantas, hablas. El modo en que amarras tus zapatos, te peinas, te vistes. La expresión en tu rostro cuando lloras, ríes, miras a través de una ventana. Vida que pasa desapercibida. Vida que se vive en solitario. 

domingo, 21 de diciembre de 2014

Tul

La antigua Plaza de Armas es uno de los pocos lugares que recuerdo con cariño de Santiago. En un tiempo fuimos bastante seguido. Jugábamos con mis hermanas corriendo alrededor de ella, una y otra vez. La encontrábamos tan grande. Me parecía que era algo así como un laberinto. Recuerdo haberme perdido un par de veces. Me gustaba una fuente que había. Me quedaba mirándola. Cuando me daba cuenta, todos se habían ido y entonces eso, me perdía. Pero seguramente el lugar no era tan grande como a mi me parecía, porque siempre terminaban encontrándome. También me quedaba mirando el caballo ese.  No le encontraba mucha gracia y nunca entendí qué era lo que hacía ahí. Algunas de las veces en las que paseábamos por la plaza, vimos a unos caballeros jugando ajedrez en ese lugar que no se cómo se llama. Estuve mirándolos un rato, pero me aburrí. Mi papá trató de explicarme de qué se trataba la cosa, pero no entendí nada. No entiendo ahora, menos lo iba a hacer entonces. En fin. Ese lugar en el que los caballeros jugaban ajedrez, era mi favorito. Me gustaba porque ahí tocaban música. No sé que días ni cuantas veces a la semana, pero era en las tardes. Una vez estuvimos ahí cuando ya estaba oscuro. Era verano, así que no hacía frío. Había una pequeña orquesta tocando un vals. Mi papá y mi mamá estaban sentados en un escaño cerca de ahí. Tengo la imagen grabada de haber bailado, sintiendo que flotaba con mi vestido de tul blanco.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Renacer

A veces, después de un gran incendio, algunos árboles, algunas plantas, algunas flores, vuelven a crecer. Y es que bajo tierra, sus raíces son tan profundas, que pueden sobrevivir al fuego. No es fácil, pero sucede. 

viernes, 19 de diciembre de 2014

El tiempo pasa

Tenía trece años. Mis tíos fueron a quedarse a nuestra casa para cuidarnos, porque mis papá y mi mamá salían de viaje. Seguramente a dar algún seminario para matrimonios. Lo tragicómico es que se pasaron treinta años de su vidas dictando esos seminarios y terminaron separándose hace siete. En fin. Decía que mis tíos habían ido a cuidarnos. Creo que estuvieron con nosotras por una semana, o algo así. Fueron con mi primo. En ese tiempo debe haber tenido entre seis y ocho meses. A mi me gustaron desde chica las guaguas, así que andaba con el bebé para arriba y para abajo. Por estos días estoy de visita en la casa de mi tía, la que nos cuidó esa vez. Mi primo aun sigue viviendo acá. Hemos conversado harto. Me gusta hablar con él, me gusta mirarlo y recordar que alguna vez lo tuve en brazos.


Hace veinticinco atrás




Veinticinco años después




jueves, 18 de diciembre de 2014

Yeso

La micro chocó frente a la catedral evangélica. Mi mamá y mis hermanas estábamos por bajarnos. Con la frenada, mi hermana chica se quebró la clavícula. Era la clavícula derecha. La enyesaron y le dejaron solamente la mano derecha y el brazo izquierdo libres. Mi hermana es diestra así que tuvo algunos problemas para comer, lavarse los dientes, peinarse y cosas así. Nada muy importante. En fin. Mis papás habían salido y me habían dejado cuidando a mis dos hermanas. Salimos a jugar con unos amigos. Estábamos corriendo cerca de una casa que estaba en la entrada de la Misión, cuando nos dimos cuenta de que mi hermana chica había desaparecido. La buscábamos por todas partes, pero no la encontrábamos. Hasta que la escuchamos llamándonos y pidiendo auxilio. Cerca de donde jugábamos estaban construyendo un baño y habían hecho una zanja de dos metros mas o menos. Mi hermana se había caído adentro y con el brazo malo no podía salir. Nosotros tampoco pudimos sacarla, así que le pedimos ayuda a unos tíos que se metieron al hoyo y la rescataron. Eso.

Ocurrencias

Teníamos dos amigos con los que jugábamos siempre. A la escondida generalmente, pero un día para variar un poco, nos fuimos al fondo del sitio a jugar en una acequia. Se nos ocurrió hacer una represa. Estuvimos harto rato en eso. Era verano y hacía un calor insoportable. De pronto uno de los cuatro sugirió que nos "bañáramos", así que nos echamos a remojar en el agua turbia En eso estábamos cuando alguien le tiró agua a alguien y ese alguien se picó y en vez de tirarle agua, le tiró barro. Así comenzó la guerra. Quedamos tan inmundos, que tuvieron que manguerearnos para despegarnos el barro de la cara, (yo me había hecho una máscara), el pelo y la ropa. Nunca más pudimos volver a hacer lo mismo, nos lo prohibieron. Pero como dice el dicho, lo comido y lo bailado...


miércoles, 17 de diciembre de 2014

Limonada

Chiloé con Victoria. Era una casa grande, la segunda que arrendaba la Misión en Chile. No recuerdo bien la edad, pero eramos chicas. Uno de los líderes estaba con un resfriado hace varios días. Mi hermana chica y su mejor amiga decidieron hacerle una limonada. El enfermo se los agradeció y se la tomó toda. En un momento se me ocurrió preguntarle a mi hermana de dónde habían sacado el agua para prepararla. Eran muy pequeñas como para alcanzar la llave de la cocina. Entonces me llevó al baño y me mostró la taza del water.  El tío siguió en cama por un par de días más. En parte por el refrío y en parte por el dolor de estómago.

martes, 16 de diciembre de 2014

Hoy

Tomar un colectivo. Ir a la consulta. Caminar a la Farmacia. Caminar al centro. Tomar un café. Caminar al paradero. Tomar un colectivo a mi casa. Armar una maleta. Volver a tomar un colectivo. Bajarme en el terminal de buses. Viajar a Santiago. Bajarme en Pajaritos. Tomar el metro. Caminar a la casa de mi tía. Dejar la maleta. Almorzar. Caminar al metro. Bajarme en Pedro de Valdivia. Visitar a mi sobrino en la Clínica. Caminar al paradero. Tomar una micro. Volver a caminar a la casa de mi tía. Tomar once. Llevarme la maleta. Caminar al paradero. Tomar un colectivo. Caminar a la casa de otra tía. Conversar con mi primo. Acostarme. Escribir esto. 

domingo, 14 de diciembre de 2014

Truenos y relámpagos

No recuerdo exactamente en que año fue, pero era invierno. Volvíamos de visitar al pololo de mi hermana y estaba lloviendo. Ibamos a la casa de mis tíos que en ese tiempo vivían en el paradero siete de Pajaritos. Faltaba poco para que llegáramos y comenzó. Era una tormenta eléctrica. Creo que ha sido la única que he visto. Truenos, relámpagos y una lluvia torrencial. No nos queríamos bajar de la micro. Teníamos miedo, pero estábamos emocionadas. Finalmente tocamos en timbre y nos bajamos. La casa de mis tíos estaba a varias cuadras de la avenida y teníamos que entrar por Las Torres. Corrimos todo el camino, gritando y riendo cada vez que caía un rayo. Llegamos hechas sopa. Fue aterradoramente fantástico.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Querido diario

Después de leer Papito Piernas Largas, en el año noventa, comencé un diario de vida. Tenía catorce años. Escribí cinco, el último a los diecisiete. Hoy estaba revisando unas cajas y los encontré. Claro, al hojearlos me pude dar cuenta de cómo fui cambiando en esos tres años. El primero y el segundo, ingenuos. El tercero y el cuarto, conflictivos. El último, el acabóse. Lo entretenido si fue que encontré pegados un montón de recuerdos. Fotos, tarjetas, postales, cartas. Entradas a los conciertos de Amnistía, Silvio y a uno de Blues en Zurich. Una colilla del primer cigarrillo que fumé, un rulo de mi mejor amiga en primero medio, una moneda de a peso (el peso de la conciencia), boletos de micro, flores secas, recortes, dedicatorias de amigos y amigas, las huinchas que me pusieron en la muñeca cuando me operaron en el Hospital de Arligton y un montón de otras cosas más. Y entre todas ellas, mi primer pasaporte...






viernes, 12 de diciembre de 2014

Tiempo de paz

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Dormida

Hace algunos días alguien me visita en sueños. Es de día. Nos sentamos en una plaza. Conversamos. Eso es lo único que hacemos, conversamos. La persona que me acompaña habla de su vida y yo hablo de la mía. Los dos estamos vestidos de blanco.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Chiquitita

La niña caminaba tomada de la mano de su mamá
"Mamá, ¿me compras una sorpresa?"
"No puedo hija, tengo que comprarte las zapatillas"
"¿Y un chicle?"

jueves, 4 de diciembre de 2014

Mujer Bonita

Es como en la escena de Mujer Bonita cuando Richard Gere le muestra a Julia Roberts el collar de diamantes y en el momento en que ella va a tocarlo, él cierra la caja. Claro, en la película la situación sucede solo en una ocasión así que causa risa. Pero si lo mismo se repitiera una y otra y otra vez, se perderían la gracia y el sentido. Si ese fuese el caso, le recomendaría a Julia Roberts que dejara la caja cerrada y se retirara dignamente.



martes, 2 de diciembre de 2014

Bon o Bon

Tenía diez años la primera vez que fuimos a Argentina. Llegamos a una parcela. Era de unos misioneros norteamericanos. A mi papá lo habían invitado a dar un seminario para matrimonios y como ellos pagaron parte de los pasajes, viajamos todos juntos. Era un lugar muy bonito. Tenía árboles frutales, un parrón en la parte de atrás, pavos, ovejas y pollos. Pero lo que más nos gustó fue la piscina. Era muy grande y estaba rodeada por enredaderas. El día en que llegamos estaba nublado y se suponía que el clima iba a continuar así por un par de días. Estábamos tristes, obviamente, porque lo único que queríamos era bañarnos. Entonces una de las tías que vivía allí, nos llevó al patio y nos dijo que sopláramos las nubes. Y las tres soplamos con todas nuestras fuerzas por un rato. Entonces la tía nos dijo que esperáramos hasta el otro día. La mañana siguiente amaneció completamente despejada. Nos bañamos todo el día. Tanto que terminamos las tres insoladas. Fueron unas semanas muy entretenidas. Nos subíamos a los árboles, atrapábamos saltamontes y jugábamos con los hijos de las parejas que estaban en el seminario. Una noche nos dijeron que saliéramos al patio y esperáramos. De pronto comenzaron a encenderse pequeñas lucecitas que se movían de un lugar a otro. Era la primera vez que veíamos luciérnagas. Creo que han sido una de las cosas más lindas que he visto en mi vida. Lo otro que nos mostraron fueron los cerros que hacían las hormigas rojas. Las hormigas eran muy grandes y te mordían tan fuerte que te dejaban los dedos hinchados. Pero de todo el viaje, lo que más me gustó fue el regreso. Volvimos en uno de esos camiones grandes que cruzan la frontera. Este tenía dos acoplados. Nos despertaron como a las cuatro de la mañana. No se que tiene eso de ser chico y levantarse de madrugada para salir de viaje. A mi me daba como la sensación de algo emocionante o una cosa así. La cabina del camión tenía una cama angosta en la parte de atrás y ahí dormimos un rato. A la hora del desayuno el señor que conducía el camión nos dio Zucaritas y saláme. Pasamos a almorzar a uno de esos restaurantes para camioneros. Me puse una gorra que encontré en el asiento y nos bajamos a comer. Me acuerdo que me creía un tipo que salía en un programa de televisión que también manejaba un camión. No me acuerdo como se llamaba. Cuando estábamos en la frontera el tío nos compró unos Bon o Bon. Acá todavía no habían llegado y me gustaron tanto, que hasta el día de hoy es una de mis golosinas favoritas.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Apego

No creo en eso que dicen de que "hay que cortar el cordón". Tampoco entiendo por qué lo dicen, cual es el propósito de hacerlo, quiero decir. Mis hijos están creciendo, están cambiando. Pero a pesar de eso, los siento cada vez más cercanos. No quiero ser una madre posesiva, pero tampoco quiero ser una madre ausente. Me gusta pensar que dedicar mi vida a ellos, a mi casa es algo valioso. Que no es menos importante que realizarse profesionalmente, por ejemplo. No se que voy a hacer después de que se vayan, pero lo que si se, es que no voy arrepentirme de haber optado por ellos antes de haber optado por otras cosas.

En autobus

Mi sobrino mayor nació cuando mi hermana, la del medio, había cumplido recién dieciocho años. Obviamente mis padres, cuando se enteraron del embarazo, no lo tomaron de la mejor manera. En realidad fueron bastante severos con ella. Cuando mi sobrino nació, se tuvo que ir a vivir con su pololo. Vivieron juntos como por un año y medio, mas o menos. Después de eso, terminaron y volvió a la casa. Mis papás, mi hermana menor y yo, vivíamos en un departamento de tres dormitorios. No era muy grande, pero ella, mi sobrino y yo nos acomodamos en mi dormitorio. Dormíamos los tres en un colchón de dos plazas. Vivimos así hasta que yo me casé y me fui, varios meses después. Durante el tiempo que vivimos juntos, mi sobrino y yo nos apegamos mucho. El próximo lunes cumple dieciséis años. El sábado se lo celebran. Hoy mi hijo mayor se fue a Santiago para acompañarlo. Hoy mi hijo mayor se fue solo a Santiago. Solo, por primera vez.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Infancia

No grites
No llores
No pelees
No desordenes
No veas tanta tele
No digas mentiras
No preguntes tanto
No digas garabatos
No saques la lengua
No juegues con agua
No andes sin zapátos
No andes tan abrigado
No tomes té en el plato
No te chupes los dedos
No te saques el chaleco 
No empujes con el dedo
No mastiques los dulces
No tomes agua de la llave
No hagas sonar la bombilla
No pongas los codos en la mesa

No te juntes con esa chusma



martes, 25 de noviembre de 2014

Insomnio

No puede dormir. Se da vueltas en la cama intentando descubrir cuál de todas las cosas que tiene en la cabeza, es la que provoca el desvelo. Pero como muchas otras veces, no logra dar con ella. Así sus pensamientos van y vienen. No lo entiende. Hoy fue un buen día, se dice,  ¿cual es el problema?. Tal vez sea algo que viene desde antes. Pero no le gusta la idea de intentar aclarar el asunto removiendo situaciones que no tienen principio ni fin. Es más, eso de revisar uno tras otro los recuerdos desagradables, los momentos complicados y los traumas por los que ha atravesado, le parece una perdida de tiempo. Es cierto que en algún momento lo intentó, pero pronto se dio cuenta de que había invertido varios años en tratar de resolver su vida, en vez de vivirla. Pero, ¿por qué no puede dormir?. Sabe que la respuesta debe ser simple. Entonces se levanta, sale al patio y enciende un cigarrillo. Mira al cielo oscuro y estrellado. Entonces se siente insignificante, tanto que hasta le da un poco de miedo. Eso debe ser, piensa. Pero bueno, supongo que es algo que le debe pasar a todo el mundo en un momento u otro, concluye. Vuelve a su dormitorio, se acuesta y se duerme.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Cuestión de tallas

La ropa que usábamos era casi siempre regalada. Primero me la daban a mi. Yo la ocupaba hasta que me quedaba chica. Entonces pasaba a mi hermana. Cuando ella ya no podía usarla, le tocaba el turno a la menor. Y así nos vestimos durante varios años. Hubo uno en que nuestra situación económica era tan mala, que una radio cristiana se ofreció a hacer una campaña para ayudarnos. En fin. Durante ese tiempo una persona de una iglesia le regaló un terno nuevo a mi papá, para que lo usara cuando le tocara predicar. Ese día, mientras tomábamos once mi hermana, la del medio, le preguntó a mi papá "¿quién te regaló ese terno nuevo?", mi papá, emocionado le contestó, "Dios me lo regaló hija, Dios". Ella se quedó pensando por unos minutos y luego le dijo "ah, ¿entonces le quedó chico a Dios?

domingo, 23 de noviembre de 2014

Brownie

Mi hijo mayor dice que quiere ser "cocinero" cuando sea grande. Hoy le enseñé a hacer un brownie. Es una receta bastante fácil que se puede cocinar en el microondas. Nos demoramos como quince minutos. Al terminar, los dos estábamos felices. El porque le quedó muy rico y yo porque pude compartir otra hermosa experiencia con él.



The window

Hace varios años iba en un bus a Algarrobo y encontré una croquera en el bolsillo del asiento de adelante. Era de alguien que estudiaba en el DUOC. La miré un poco antes de entregarsela al chofer. Había varios dibujos. Hubo uno que me llamó la atención y es el único que recuerdo. Era una oveja a la que la habían arrojado por la ventana. Abajo de la imagen se leía "mary had a little lamb, she threw her out the window". Siempre me pregunté de dónde habría salido la frase. Hoy por primera vez se me ocurrió googlearla y encontré esta canción. Bastante estúpida, pero bueno, acá se las dejo





viernes, 21 de noviembre de 2014

De recuerdo

Tengo guardada una maleta con ropa que era de mis hijos cuando eran bebés. Se la presté a mi hermana por si había algo que le pudiera servir a mi sobrino. Le regalaron tantas cosas que al final no ocupó nada. Este fin de semana me la devolvió. Como la ropa tenía un poco de olor a humedad, la puse a lavar. Al rato salí a tenderla. No quiero usar frases repetidas para describir lo que sentí mientras lo hacía, así que solamente les voy a decir que fue hermoso.


jueves, 20 de noviembre de 2014

Mitimota

Ayer estuve en las Rocas de Santo Domingo visitando a una tía. No en las casas pitucas que están a la orilla del mar. sino en las poblaciones que están detrás de ellas. Cuando era adolescente fuimos varios veranos a verla. Bajábamos casi todos los días a la playa. Para llegar ahí, había que caminar un kilómetro mas o menos, por un camino que desembocaba en una calle principal. Esta calle nos dejaba justo frente a ella. La primera vez que fuimos, nos acompañaron nuestros dos primos. Al llegar a la orilla nos dijeron "a la derecha se ponen los cuicos, a la izquierda nos ponemos los pobres, ¿en qué lado se quieren poner?". "En el de los pobres", contestamos. Yo no estaba muy convencida de que en realidad fuera tal como ellos decían, pero lo era. Cada uno en su lado. Era algo así como cuando uno era chica y decía "las niñas con las niñas y los niños con los niños". Ahora casi nadie va a esa playa, ni los cuicos ni los pobres, pero la diferencia sigue existiendo.

martes, 18 de noviembre de 2014

Tres en uno

En el colegio al que van mis hijos, hacen durante el año cuatro salidas a terreno que son obligatorias. Uno de estos viajes es de dos días. Ese viaje les toca mañana. Aunque este es el séptimo año en el que van, siempre siento que un pedazo de mi corazón se va con ellos. Pero lo pasan espectacular. Hacen caminatas, cabalgatas, fogatas, nadan, acampan. Siempre vuelven felices, sucios y cansados a más no poder, pero felices. Así que vale la pena soltar ese pedazo de mi corazón que se va con ellos y saber que están disfrutando de sus pequeñas vidas. Y saber también, que aunque estemos separados, seguimos siendo tres en uno.


lunes, 17 de noviembre de 2014

Anoche

Lavarme las manos. Acomodarme el pañal de algodón. Apagar la luz. Cargar a mi sobrino de dos meses. Hablarle en susurros. Calmar su llanto. Pasearlo para hacerlo dormir. Cantarle una canción. Ver como se van cerrando su ojos. Mirarlo y sentirlo tan chiquito. Sus manos, sus pies, su cara, todo tan diminuto. Saberlo seguro entre mis brazos. Dependiente, como nunca más volverá a serlo. 

domingo, 16 de noviembre de 2014

Luz Enriqueta

Lo pasamos bien donde mi tía. Nos hizo pan de huevo y un queque. En la sobremesa, les leí un poco de lo que había escrito sobre la casa y terminamos hablando de mi abuelita. Hoy vuelvo a recordarla. Recuerdo su sopa de cebolla con pedazos de pan. Los domingos con un pollo y dos tazas de arroz. Su pan amasado, sus empanadas y su pan de pascua en horno de barro. La vela debajo del balón de gas para sacarle hasta lo último. El té de hoja hervido una y otra vez  hasta dejarlo sin color. La once a las cinco de la tarde, en pleno verano. El tarro en el que calentaba a leña el agua para lavar las sábanas. Sus aros de oro con perlas cultivadas. Sus chales tejidos a palillo. Su radio a pilas en la que escuchaba "la predica". Sus pintoras. Su chauchera negra con un broche dorado. Su Flaño de mujer. Su vestido café con flores amarillas. El brasero y las tortillas de rescoldo. Sus siestas en el sillón. Las idas a la feria. Las veces en que se caía y se reía tanto, que no la podíamos parar. La vez en la que se nos desarmó el catre, como a las dos de la mañana. Los almuerzos que les servía a las personas que pasaban pidiendo algo para comer. Su lavar y lavar platos. Sus interminables oraciones antes de dormirnos. Su ensalada de lechuga con comino. Sus pañuelos bordados. Lo alegre que era. Los chistes que contaba. Las poesías que recitaba. Las canciones que cantaba. Su corazón grande... y su amor por mi, su regalona.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Entre el sol y yo

El sol que me enceguece
El sol que me acaricia
El sol que me desnuda
El sol que me abraza
El sol que me envuelve
El sol que me enciende
El sol que me quema
El sol que me sofoca
El sol que me ahoga
El sol que me mira
El sol que me ve

Luego el agua helada, hasta que me evaporo

viernes, 14 de noviembre de 2014

Y en fin

Estoy en la casa de mi abuelita Luz. Bueno, la casa que fue su casa hasta que murió. Ahora es de una de mis tías. Viví aquí hasta que tuve cinco años. Después de eso, venía a quedarme casi todo el tiempo. Entonces podría decir que crecí acá. Me vine caminando desde el Metro Las Rejas. Cuando llegué a la esquina, me acordé de cómo mi tío, que es diez años mayor que yo y era como mi hermano, salía corriendo detrás de mi cuando me escapaba. Yo corría con todas mis fuerzas, hasta que él me atrapaba, me agarraba por la espalda, me tomaba en brazos y me tiraba hacia arriba, los dos muertos de risa. Cuando me daban permiso para salir a jugar a la calle, él se sentaba en la vereda a cuidarme. Tocaba Silvio en un banquito que había puesto a la salida de la casa. Las señoras que volvían de la feria siempre se paraban a escucharlo y comentaban "que lindo toca la guitarra". Recordé también otras cosas. Que acá vivía cuando me atropellaron. Tenía cuatro años. El taxi alcanzó a frenar y solamente me dejó un tremendo cototo en la frente. Que en esta casa otro de mis tíos, me sacó mi primer diente, con ese método de amarrarlo a la puerta y dar un portazo. Que aquí me pasaba el rato metiéndole palitos a las telas de araña que se hacían en los hoyitos de la pared de ladrillos, hasta que asomaban las patitas. Que desde acá salíamos los domingos con mi abuela al punto de predicación y de ahí nos íbamos a la iglesia que estaba solo a unas cuadras. Nos sentábamos en el coro y yo la abrazaba para escucharle la voz en el pecho. Que este era el lugar en que nos celebraban los cumpleaños con las tortas que hacía mi tía, la que vive acá ahora, con platitos de galletas y leche con chocolate. El regalo era casi siempre un chaleco que nos tejía alguna de mis otras tías. Que cuando mi tía menor limpiaba con Rinso las baldosas del patio, nos tirábamos de guata, resbalándonos hasta llegar a la reja. Que en este mismo living jugábamos con mis primas al Salón de Belleza "Carol Kein" y a la oficina.  Que de acá me mandaban a comprar "Al Mono" y yo me iba a pata pelá en verano y me quemaba los pies. A veces me tenía que traer de esas calugas de champú Linic y las masticaba, hasta que un día se me reventó una en la boca y nunca más. Que, como no tenía muñecas, envolvía los choclos en un pañal y eran mis guaguas. Que acá me enseñaron a tejer con esos clavos grandes...

jueves, 13 de noviembre de 2014

Circulo

Se tendió sobre la cama mirando el techo, tratando de no pensar en nada. Se quedó ahí por un rato, inmóvil. Comenzó a darle sueño, así que fue a la cocina y se preparó un café. Se sentó a beberlo lentamente. A través de la ventana, podía ver las largas briznas de pasto meciéndose al compás del viento. Luego se levantó, salió al patio y fumó un cigarrillo. Lo apagó en el cenicero y volvió a entrar. Se sentó nuevamente, tomó el lápiz y el cuaderno verde y escribió "se tendió sobre la cama mirando el techo..."

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Copy Paste

Hace varias noches tengo unos sueños bastante molestos. Y es que son una copia exacta de lo que podría ocurrir en la realidad. O sea, siguen un orden totalmente coherente y además parecen ocupar la misma cantidad de tiempo que se ocuparía en una situación que se podría dar mientras estoy despierta. Luego de un rato, comienzan a convertirse en una pesadilla. No porque suceda algo que me de miedo, sino porque acostarse, cerrar los ojos y dormirse para que la noche se parezca tanto a lo que se viviría en un día, es peor que un mal sueño.




lunes, 10 de noviembre de 2014

Risas mágicas

Las risas de mis hijos son mágicas. Su magia seca cualquier llanto, termina con cada tristeza y hace que mi corazón siempre vuelva a latir. Su magia es como un millar de lucecitas de colores que iluminan mi vida en los momentos mas oscuros. Su magia es como jugar a mojarse con una manguera, en una tarde calurosa de verano...

domingo, 9 de noviembre de 2014

Doce años

Hoy mi hijo mayor se afeitó por primera vez. No voy a escribir los comentarios que generalmente se hacen en momentos como este. Solo voy a decirles que fue lindo verlo rasurarse esas pelusas que pronto se convertirán en un bigote.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Claro como el agua

Volver a calzarse
Volver a caminar
Buscar otro rumbo
Un rumbo diferente
Un rumbo que te lleve a otro lugar
A otro lugar al que si puedas entrar

viernes, 31 de octubre de 2014

El tejo

Mi tía, la menor de las mujeres de los ocho hijos que tuvo mi abuela, salía todas las mañanas al liceo con su jumper corto y su morral gris con rojo. Era morena, con el pelo negro, liso y largo hasta la cintura. Recuerdo que le encantaba maquillarse, de hecho tenía una cantidad impresionante de pinturas, al menos para mi lo era. Siempre se las pedía y es que me fascinaban. Mi tía tenía muchos admiradores. Varias veces me tocó llevarle saludos de alguno de los vecinos del barrio. A veces me mostraba las cartas de amor que le mandaban sus compañeros y yo soñaba con ser grande y recibir tantas cartas de amor  como ella. Mi tía y yo dormíamos juntas, porque la casa era pequeña y eramos muchos. Teníamos de esos colchones de lana, esos que venían en dos mitades y eran terriblemente duros. Había días en los que despertábamos con los pijamas llenos de pintas rojas. Si, eran pulgas. Entonces mi tía desarmaba toda la cama y la roseaba con Tanax. Ese que venía en un tarro y que había que bombear para que saliera el insecticida. Creo que el olor del Tanax es uno de los más hediondos que he olido en toda mi vida y lo peor era que ese olor podía llegar a quedarse pegado en la cama incluso hasta por una semana. Mi tía iba todos los días a comprar el pan para la once. A mi me mandaban a comprar con ella. El pan salía a las cinco. pero ella comenzaba a arreglarse media hora antes. Se peinaba, se maquillaba y se cambiaba la ropa. Ahí en la panadería pinchaba con el hijo del dueño que era el que atendía la caja. Yo lo encontraba feo, pero bueno, a ella le gustaba. Comprábamos siempre un kilo y medio el que alcanzaba justo para un pan por adulto y medio por niño. . Cuando íbamos de vuelta, ella contaba los panes y a veces teníamos mucha suerte y salía una mitad de marraqueta de más. Entonces mi tía la partía por la mitad y me la daba bajo juramento de no contarle a nadie. Y es que era casi como un pecado haber podido comer un pedazo de pan más de lo que iban a comer los demás. Mi tía me enseño a jugar al luche un día en que estaba aburrida. Me dibujo el avión en el suelo, le puso los números y luego me dijo que me iba a hacer un tejo. Buscó una latita vacía de crema nivea y la llenó con tierra. Ese era el tejo. Es tonto, pero yo lo encontré tan lindo que hasta hoy, cuando lo recuerdo, lo echo de menos...

jueves, 30 de octubre de 2014

En La Coruña 5044

La hermana Carmen iba a veces a ducharse a la casa de mi abuela, porque en la suya no había calefont. En retribución, la hermana Carmen invitaba a mi abuela a tomar once con ella, de vez en cuando. Generalmente yo acompañaba a mi abuela a esas visitas . La hermana Carmen, a pesar de tener sus años, siempre andaba bien emperifollada. Se maquillada. Se pintaba los labios muy rojos, se delineaba los ojos y las cejas. Se ponía mucho rimel y mucho colorete, además de una sombra de color celeste. Se vestía con colores muy vistosos y usaba de esos perfumes tan fuertes, que llegan a marearte. La casa de la hermana Carmen tenía muchas cosas interesantes. Era igual de florida que ella. Entre todas esas cosas, la que más me llamaba la atención y más me gustaba, era un teléfono no muy grande, que tocaba música. ¿Para qué servía?, tenía que esperar por cualquier motivo, se ponía el auricular sobre ese pequeño teléfono y este comenzaba a tocar su melodía. La idea, obviamente, era hacer más agradable la espera a la persona que estaba al otro lado de la línea. Pero lo mejor era la once. Siempre tenía cosas ricas. No me acuerdo exactamente de que cosas eran, pero si sé que era cosas que yo no comía habitualmente. El domingo 3 de marzo de 1985, volvíamos de la casa de la hermana Carmen, satisfechas y contentas. Mi hermana, (la que sigue de mi mi primo), estaban en el segundo piso. Como mi abuela los había llamado varias veces y no bajaban, porque estaban viendo tele, mi abuela les cortó la luz. Bajaron y mi tía, la menor de las cinco mujeres de los ocho hijos que tuvo mi abuela, salió a barrer la vereda. Así que aprovechamos de salir a jugar un rato en la calle. Mi tía le puso una banca a mi abuela en la que ella se sentó para conversar con ella y contarle lo  de la once y eso. De pronto la tierra comenzó a temblar. Mi tía le dijo a mi abuela "mami, está temblando", "no es nada, respondió mi abuela" y siguió temblando cada vez más fuerte, hasta que mi tía gritó: "mamá, esto es un terremoto!". Mi abuela se paró de la banca para poder afirmarse de un árbol. Luego yo le di la mano. Después mi hermana, (la que sigue de mi), me dio la mano y mi otra hermana, (la menor), se tomó de la suya. Así pasamos unos segundos, aterradas mientras mi hermana chica cantaba un himno.  En eso, la vecina salió corriendo de su casa, con una guagua en brazos, llamando a sus hija que había ido a comprar al negocio del frente. Como yo conocía a su hija y su mamá se veía tan angustiada, se me ocurrió ir a buscarla. Alcancé a cruzar la calle, pero no pude llegar a la esquina, así que me devolví, con la sensación de haber estado caminando sobre una cama de agua. Me volví a  agarrar de la mano de mi abuela cuando dejó de temblar. Justo en ese momento, mi hermana chica dejó de cantar y se puso a llorar. Ni mi papá ni mi mamá estaban con nosotras ese día. Mi mamá estaba en la Catedral Metodista Pentecostál y mi papá estaba en la casa de la Misión, que en ese tiempo quedaba en Serrano 915. Recuerdo la imagen de mi mamá doblando la esquina corriendo, llorando y abriendo los brazos al vernos a las tres a salvo. A mi papá no lo vimos hasta el otro día. Aun estábamos sentados en la calle cuando comenzó a oscurecer. Recuerdo que armamos una especie de campamento en el living de la casa de mi abuela, (que era bastante chico) y nos acomodamos para dormir ahí, todos juntos. Yo tenía miedo, pero de alguna manera el estar ahí entre mis familiares me hacía sentir más segura cada vez que alguno de ellos decía: otra vez está temblando...

miércoles, 29 de octubre de 2014

Los Nogales

Al fondo del sitio habían por lo menos cinco nogales. Aunque las nueces no estuvieran maduras, nos las comíamos igual. Les sacábamos la cáscara y después la piel. Cuando ya era la época de cosecharlas, mi hermana, la que sigue de mi, se colgaba de las ramas y comenzaba a tirar nueces al piso. Ahí nosotros, (ella, su mejor amigo y yo) las recolectábamos y después las repartíamos entre los tres. Años después, el amigo de mi hermana, confesó que la única razón por la que nos ayudaba, era para poder verle los calzones cuando ella se subía al árbol,  con falda. Perturbador... En fin, recuerdo que yo llevaba una lonchera llena al colegio y las vendía a diez pesos cada una. Creo que diez pesos de ese tiempo vendrían a ser como cien de ahora. En realidad no estoy segura. Mi otra hermana, la menor, tenía una amiga, su mejor amiga. Pasaba metida en su casa. De hecho decía que la familia de ella, era mejor que la nuestra. La familia era gringa, por lo que tenían buena situación en comparación a otras personas que vivíamos en la Misión. A la tía le encantaba cocinar y hacer postres, además de la repostería. Y como tenían plata, lo hacía todos los días. Mi hermana, generalmente, tomaba desayuno, almorzaba, tomaba once con ellos y volvía bastante tarde. No sé cómo eso no les preocupaba a mis padres, tal vez sabían que estaba en buenas manos, o algo así. Cuando no estaban en la casa, las dos andaban jugando por la parcela, en cualquier parte. Había veces que las buscábamos llamándolas a gritos por un buen rato y de pronto aparecían muy campantes, como si nada. En una se esas veces, fueron también a recolectar nueces. Pensaron que era una gran idea hacerle una leche con ellas a uno de los tíos gringos, que también vivía en la Misión. El se la tomó encantado, hasta que le dijeron como la habían hecho. Se las metían en la boca, las masticaban y después las escupían en un vaso. Creo que el tío anduvo descompuesto por el resto del día y mi hermana y su amiga, hasta el día de hoy se ríen del asunto.

martes, 28 de octubre de 2014

Bajo el agua

Aprendí a nadar cuando tenía ocho años. Fuimos varias veces durante un verano, a una parcela que tenía la Iglesia Anglicana en Lo Caña. Aprendí sola. Partí por la parte baja de la piscina, nadando "a lo perrito". Rápidamente fui mejorando y de a poco me iba aventurando hacia la parte más profunda. Pasaron pocos días y ya tenía el asunto dominado. Pero quería aprender a nadar debajo del agua. Eso me costó un poco más, bastante más en realidad. Pero finalmente, lo conseguí. Estaba encantada. Perfeccioné tanto la técnica que podía nadar a ras de suelo. Lo hacía por horas. Siempre era la última en salir de la piscina. Me quedaba hasta que los labios se me ponían morados. Había unas cabañas en las que los adultos y demás niños se iban a tomar once y a conversar. Como mi hermana menor era muy pequeña, no se percataban de mi ausencia por un buen rato. Cuando comenzaba a caer la tarde, me salía del agua y me acostaba a la orilla de la piscina. Me gustaba quedarme viendo como ella se aquietaba, hasta quedar en completa calma. Parecía el vidrio de una ventana, o algo así. Mientras iban disminuyendo las ondas, yo le hablaba. "Tranquila", le decía, "tranquila". En ese tiempo pensaba que mi voz ejercía una especie de hechizo, que el agua me escuchaba y que era yo la que la dejaba convertida en ese vidrio de una ventana.

viernes, 24 de octubre de 2014

Cosas sin importancia

Ayer andaba por el centro y me ocurrió algo que me había pasado una sola vez en la vida. Caminaba por mi lado derecho, y me topé con un hombre que venía caminando por el mismo lado. Nos detuvimos quedando de frente. Entonces me moví hacia mi izquierda para poder pasar, y sin querer él hizo lo mismo. Me moví entonces hacía mi derecha y él, sin querer, volvió a hacer lo mismo. Y así una o dos veces más. Entonces me miró y me preguntó ¿quiere bailar?. Me dio risa y a él también. Finalmente me dio la pasada y seguimos cada uno nuestro camino. 

jueves, 16 de octubre de 2014

Gracias

Uno de los primeros colegios en el que me pusieron cuando era chica, (estuve en varios), fue el Instituto Anglo Chileno. Lo pasé pésimo. Mi profesora me odiaba y no tenía ningún reparo en demostrármelo. Fue horrible. Lloraba todos los días en el furgón, de ida y de vuelta a clases. Cuando mis papás se dieron cuenta de que ya no podía más, me sacaron de la escuela tres meses antes de que terminara el año. Al año siguiente, me matricularon en un Colegio Adventista que quedaba en Provenir con Vicuña Mackenna. El primer día llegué asustada, pero entonces conocí a la señorita Gloria. Era la esposa del director y profesora de educación general básica. Me hizo sentir bien desde el primer día. Nunca me voy a olvidar de una vez en que nos hizo pararnos detrás de la silla en absoluto silencio. Yo estaba segura de que se nos venía un reto, pero lo que pasó en ese momento, me pareció increíble. Y es que la señorita Gloria comenzó a hablar de mi. Deben haber sido como cinco minutos. Nos dijo que yo era un ejemplo para el curso, que era muy obediente y ordenada, que estaba muy contenta de que hubiera llegado al colegio y varias cosas más que ahora no recuerdo. Esos cinco minutos sanaron la profunda herida con la que había llegado a su clase. Esos cinco minutos son uno de los recuerdos más hermosos que llevo en el corazón. Ya se que es un poco tarde, pero no quería irme a dormir sin dejar una nota de agradecimiento a todos los profesores y profesoras, (entre ellos mi tía y mi tío) que, aparte de amar su trabajo, aman a los niños y jóvenes a los que les enseñan. 

miércoles, 8 de octubre de 2014

Centeno 917

En el año 1986, mi papá no ganaba mucho, pero igual se las arreglaba para entretenernos. Fuimos varias veces al Parque OHiggins en donde mis hermanas se pasaban  las horas jugando, mientras yo me quedaba mirando a las personas que patinaban en la pista de patinaje. En una de esas idas al parque, mi papá nos compró unos piriguines que vendían en unas bolsas plásticas, al lado de un lago o una laguna que había. Lo triste fue que los piriguines llegaron muertos a la casa. No duraron ni un día, No tengo idea por qué. Otras veces nos llevaba al Hipódromo, creo que había un día en el que no cobraban y podíamos entrar a ver a los caballos. Cerca de la casa estaban los Juegos Diana. Nunca pudimos ir a jugar, pero mi papá nos llevaba igual para que fuéramos a ver, por lo menos. Lo único que era gratis, eran esos espejos en los que uno se deforma. Ahí nos quedábamos un buen rato, mirándonos y riéndonos unos de otros. En algunas ocasiones, (y estas eran las que mas disfrutábamos), mi papá nos decía que revisáramos por toda la casa y le entregáramos las monedas que encontráramos. El siempre aparecía con un para de billetes. Entonces juntaba todo y nos íbamos caminando, (como a casi todos los lugares a los que íbamos a pasear en ese entonces), desde Centeno hasta el Paseo Ahumada. Entrabamos al Burger Inn y mi papá pedía toda la plata en papas fritas. Nos sentábamos y vaciaba las porciones en el centro de una bandeja. Ponía un poco de ketchup en cada una de las esquinas y nos comíamos el montón de papas mientras el contaba historias de cuando era chico.

martes, 7 de octubre de 2014

Recorrido


El año ochenta y seis, mi mamá tuvo una depresión que duro un año. Mi papá es publicista y trasladó su oficina a la casa para poder hacerse cargo de ella y de nosotras tres. Lo más importante en ese tiempo, era tratar de que mi mamá descansara lo mas posible. Dormía mucho y casi no se levantaba. Cuando mi papá tenía que salir a hacer algún  tramite corto, yo me quedaba a cargo de mis hermanas. Lo que solíamos hacer en esos ratos, era jugar en nuestro dormitorio. Recuerdo que una de las cosas que mas nos gustaba hacer, era jugar a que teníamos el pelo largo, (las tres lo teníamos bien corto). Para lograr el efecto, nos poníamos unas pantis en la cabeza y pretendíamos que eran trenzas. Había veces en las que nos pedían que limpiáramos la cocina. Ahí las tres eramos empleadas de una casa de gente muy adinerada y se suponía que la patrona era una mujer bastante antipática. Además de eso, era muy exigente, así que dejábamos la cocina como un chiche. Mi abuela materna, iba de vez en cuando a cuidar a mi mamá. En esos días, la mayoría por lo que recuerdo, mi papá me llevaba para que lo acompañara. Siempre pasábamos por el correo central. Compraba las estampillas para sus cartas y me dejaba pegarlas. Después me preguntaba en que casillero debía depositarlas. Me pedía que mirara la dirección y descubriera a que continente iban dirigidas y  que las pusiera en el lugar correcto. Nunca pude resolverlo sola. Después pasábamos a retirar las cartas a nuestro casillero, el 10161. Mi papa abría la pequeña puerta y me hacía mirar hacia adentro. Un día que estaba en eso, mirando por la ventanita, tocó que justo metieron una carta. Para mi fue algo sorprendente. No se, pensé que había sido algo mas que una coincidencia y nunca lo olvide. Al salir, caminábamos un rato por la Plaza de Armas. Luego nos metíamos por unas galerías y salíamos a calles que yo desconocía. Andábamos por el paseo Ahumada y cuando estábamos cerca de esos chorros de agua que salían del suelo, me agarraba de la mano y pasábamos corriendo entre ellas, (solamente en verano, claro). Algunas veces comíamos algo. En una de esas veces, me comí mi primer Barros Jarpa. No podía faltar la parada en el Banco del Estado que está en la Alameda. Yo le tenía miedo a las puertas giratorias, pero mi papá me ayudó hasta que después me las pasaba corriendo. De todos los lugares que visitábamos, el que más me gustaba, pero el que mas me gustaba, era la imprenta del Lucho Ossa. Era un lugar fascinante. Mientras el Lucho Ossa y mi papá conversaban, a mi me daban permiso para ir a ver el lugar en donde se imprimían los libros. No recuerdo los nombres de las maquinas, pero había una que tenia un montón de letras metálicas, que se podían cambiar de lugar. Creo que les ponían tinta encima, o algo así. La otra maquina que me llamaba mucho la atención, era la guillotina. Cortaba resmas enteras de papel y, como los empleados me tenían buena, me regalaban los cortes que sobraban y caían. Junte papeles de todos los colores, de distintas texturas y tamaños. Volvíamos a la casa y mi papá se iba a trabajar a su oficina y yo me iba con él. Me prestaba los lápices de colores que usaba para hacer sus bocetos  y me regalaba de esas láminas de letra set. También me dejaba pegar recortes con cemento de caucho, siempre y cuando no le perdiera "el moco".

domingo, 5 de octubre de 2014

Dos cosas que recorde hoy

Vivíamos en Pedro de Valdivia, en una casa que le había prestado a mi papá, el Pastor de la iglesia Encuentro con Cristo. La casa había funcionado como orfanatorio y era bastante grande. Me acuerdo que habían ratones. Con mi hermana, (la que sigue de mi), los perseguíamos, pero nunca logramos alcanzar a ninguno. Nos gustaba jugar a la escondida. Era muy entretenido, porque en la casa habían muchas habitaciones y era muy difícil encontrarnos. Yo había entrado recién a segundo básico cuando llegamos a vivir ahí. Me pusieron en un colegio municipal que quedaba cerca. Eramos pobres, como lo fuimos la mayor parte de mi infancia, así que yo no tenia uniforme. Me mandaban al colegio con cualquier ropa, y encima el delantal, para que no se notara tanto. Una vez, una compañera que se iba sola, me convenció para que me fuera con ella. Yo le hice caso y salimos juntas de la escuela. El problema era que a mi me iban a buscar y, claro, como era tan chica, no me di cuenta del lío en el que me estaba metiendo. A mitad del camino, decidí devolverme, pero en la puerta del estableciemiento no estaban ni mi papá, ni mi mamá. Obvio, me andaban buscando. Entonces me fui caminando hasta la casa. Cuando llegué, mi papá estaba indignado. No me preguntó nada, me llevó a la pieza y me dio tres golpes en el trasero, con la cuchara de palo. Ese era el castigo que los misioneros les habían enseñado, como el indicado para castigar a los hijos que se portaban mal. En realidad esa parte, a pesar de ser bastante dolorosa, no era la que más me molestaba. Lo que me molestaba y mucho, era que después del castigo, teníamos que ir y darle un abrazo y un beso al mismo que nos había dado los tres cucharasos. Hasta ahora no entiendo muy bien cual era el propósito de hacernos pasar por eso. En el invierno del año ochenta y dos, hubo un gran temporal. La casa tenia un subterráneo que se inundó. Algunas personas de la iglesia vinieron para sacar un poco el agua y para ver si había algo que se pudiera rescatar. Yo estaba fascinada. Habían muchos cuadernos con anotaciones que se habían mojado. Todo eso iba a ir a dar a la basura. Yo pedí que me regalaran algunos y los guardé como pequeños tesoros. Y es que los cuadernos estaban escritos con pluma y la tinta se había corrido al mojarse, entonces se formaban algo así como pequeños dibujos que me llamaron tanto la atención, que los guarde por años. Cuando uno es niño, es niño, no es nada mas. Pero a lo que iba yo, era a otra cosa. En ese mismo invierno, nació mi otra hermana, (la menor). A mi papa le aconsejaron que, para que mi otra hermana, (la que sigue de mi) y yo, no nos pusiéramos tan celosas por la llegada de la bebé a la casa, nos comprara un regalo. Nos regalaron el cuento de Bambi, que venía con un cassette en el que uno escuchaba a una mujer que leía el mismo cuento y hacia las voces de los animales. Nosotras teníamos que ir leyéndolo con ella, o sea yo, porque mi hermana,(la que sigue de mi), no sabia leer. El sonido de una campanita te indicaba cuando tenías que dar vuelta la hoja. Aún recuerdo algunas de las frases y la voz con que la mujer leía el cuento. Había una parte en la que decía "yo me llamo Tambor, y se fue saltando con su madre y sus hermanitos" o "ella es Falina, y su madre es tía tuya". Creo que fue una buena idea, la de mi papá, porque nos entretuvimos tanto escuchando el cuento una y otra vez, que casi no nos dimos ni cuenta de que había una guagua en la casa. Ahora estoy visitando a mi hermana, (la menor). Acaba de tener a su primer hijo y creo que verla con él, tal vez haya sido lo que me recordó todos estos sucesos ocurridos en el año en que ella nació, el mil novecientos ochenta y dos.
Cuando vivía en la casa de mi abuela, me encantaba jugar a la feria. Hacia unos puestos y juntaba piedras, que eran las papas. Las hojas de los cardenales, eran las lechugas. La arena el azúcar y la tierra, la harina. Mi tío me había enseñado a hacer esos cucuruchos con papel de diario y en ellos le vendía a mi prima todo lo que ella iba a comprarme en un coche que hacia las veces de carro. Yo gritaba ofreciendo, igual que los ferianos, mis productos. Pero había algo en especial, (y esto no se lo he dicho a nadie), que me gustaba vender, y era "la novedad". Antes de instalar el puesto, me daba el trabajo de recorrer el patio buscando algo que pareciera muy especial; un pedazo de alambre con el que hacia una figura, una tuerca, un atado de plumas, una botellita de vidrio, un ojito de gato, que se yo. Puras leseras, pienso ahora, pero en ese entonces me parecían cosas maravillosas. "La novedad" era el producto mas caro y del que mas me costaba desprenderme. Pero, me desvié del tema. A pesar de que jugar a la feria era nuestro juego favorito, (mas que jugar a la mamá y a la oficina, o al salón de belleza), para mi lo mejor era la tele. Y es que nadie nunca, o casi nunca, fiscalizaba lo que veía, lo que me permitió ver muchas cosas interesantes. Una de ellas fue una película que trataba de un hombre que estaba enfermo. Tal vez estuviera en una silla de ruedas y no salía de su casa. El hombre conoció a una joven, quizás una adolescente, que lo visitaba regularmente. La cosa es que, frente a una ventana de la casa del hombre, había una enredadera. Una hiedra, o algo así. El le decía a la niña, que cuando cayera la ultima hoja de esa enredadera, el iba a morir. No tengo memoria de nada mas sobre la trama, salvo que la niña le pintó una hoja a la enredadera, a lo mejor para darle una esperanza al caballero. Tuve la sensación de que eso fue algo hermoso, pero que aun así, me dejó con un sentimiento de tristeza. No sé a qué atribuirlo, mis recuerdos son demasiado vagos. En la pieza de mi sobrina, que estoy ocupando mientras ella esta en la playa, mi hermana, (la que sigue de mi), pintó un árbol de ramas delgadas que tiene pequeñas flores dibujadas en algunas de ellas. Puede ser que por verlo, haya hecho la relación y se me haya venido a la mente la película, que nunca mas volví a ver y de la que no tengo mas que ese par de imágenes.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Tallarines

Siempre que mi abuela hacia fideos con salsa, mi tío le metía un pedazo de marraqueta para probarla. Muchas veces me daba un poco, pero yo siempre me quemaba la boca, porque no podía esperar hasta que se enfriara. Y es que en ese tiempo se pasaba hambre. No se cómo mi abuela lo hacía para que la comida alcanzara para todos. De partida sus hijos eran ocho y varios de ellos eran casados y vivían en su casa con un par de niños, incluyéndome. Dos tazas de arroz, un pollo, un tarro de salsa malloa, todo se multiplicaba. Había veces, ocasiones especiales, en las que compraba un litro de Coca Cola y, no se como, pero nadie se quedaba sin tomar. Algunas mañanas, cuando aun no se iba a comprar el pan para el desayuno, le pedía a mi abuela que me dejara sacar un pedazo de pan duro. Lo guardaba para las lentejas, me acuerdo. Bueno, pero solo un pedazo chico. Hasta el pan duro había que comerlo con mesura. Mi tío siempre jugaba conmigo y se reía todo el tiempo de mis ocurrencias. Una vez estábamos en el patio y yo hacia un hoyo para enterrar  un cuesco de damasco, para ver si me salia un árbol. Mi tío estaba en la reja de la casa  conversando con alguien. Fui varias veces a preguntarle si el hueco era lo suficientemente profundo para enterrar el cuesco. El fue un par de veces a verlo, pero después se aburrió. Entonces me dijo que tenia que cavar como un metro, por lo menos. Entonces le respondí que no tenia idea de cuanto era un metro. Bueno, contestó, yo no voy a ir a ver a cada rato si el hoyo esta listo o no, a lo que contesté "¿quieres, entonces, que te traiga el hoyo para que lo veas?". Nunca se ha olvidado de eso y lo cuenta a menudo cuando estamos juntos. Mi tío estudiaba Licenciatura en Arte en el Pedagógico y muchas de sus clases eran en la tarde, por lo que llegaba de noche a la casa. Entonces, cuando mi abuela había hecho fideos, se los recalentaba y se los servía. A veces me convidaba un poquito y yo era feliz. Y es que no encontraba nada mas rico que los fideos recalentados en olla. Hoy almorzamos  tallarines con salsa. Me quedó un poco. Esta noche me los recaliento en la misma olla, para ver si recuerdo aunque sea un poco, esos días tan felices en los que viví en la casa de mi abuela.

Con lo puesto

Fuimos a dejar a mi abuela y a mi tío al terminal de buses. Me acuerdo que mi mamá me había comprado un helado, uno de esos centellas, creo. Nos subimos al bus para despedirlos cuando el bus partiera. En un momento el chofer nos pidió que bajáramos, porque estaban por partir. Recuerdo que empecé a llorar. Y es que yo me quería ir esas dos semanas a la playa, con mi abuela y con mi tío. Lloré tanto que, finalmente, mi mamá me dio permiso. Me fui con lo puesto, un short y una polera roja. Lo pasamos tan bien. Ibamos a la playa todos los días. Nos volvíamos a la casa al atardecer. Me acuerdo que, un poco antes de irnos, mi tío me llevaba al agua para sacarme toda la arena que se me había pegado mientras jugaba al lado del quitasol, haciendo castillos de arena. Cuando veníamos de vuelta al lugar en que nos esperaba mi abuela, yo me tiraba al piso y me revolcaba bien revolcada, para que mi tío me llevara nuevamente a la orilla del mar. Claro, yo lo encontraba de lo mas divertido, pero él siempre se terminaba enojado. Un día me di cuenta de que en la arena, después de que se recogían las olas, aparecían esos hoyitos que siempre aparecen y le pregunté a mi tío que eran. Me dijo que eran las pulgas de mar que venían en las olas y que se metían en la arena cuando estas se iban. Me mostró unas secas y me dijo que, cuando el era mas chico, jugaban a atraparlas con mis otros tíos. Me pasé toda la tarde tratando de encontrar por lo menos una, pero no paso nada. Al otro día me fue mejor, en realidad me fue tan bien, que terminé con mi balde casi lleno de pulgas. Al final del día, volví a la orilla a devolverlas todas. Nunca me he olvidado de esa experiencia, es mas, creo que ha sido una de las mas interesantes de mi vida, recolectar pulgas de mar en Cartagena