domingo, 3 de mayo de 2015

Fin de semana largo, feriado irrenunciable, aglomeraciones y otros

Fue una tarde larga la del jueves pasado. Llegué a Santiago como a las cinco. Salí casi de inmediato de la casa de mi tía, porque tenía que ir a retirar un producto que había comprado por internet. La tienda quedaba en Irarrázabal tres mil ochocientos algo. Tomé el metro para ir hasta la estación Plaza Egaña y caminar de vuelta hasta el negocio. Me llamó la atención la cantidad de gente que andaba dando vueltas. Claro, no había reparado en el hecho de que el fin de semana era largo y que además el viernes era un feriado irrenunciable. Me bajé en Plaza Egaña y comencé mi caminata. Las cuadras eran más largas de lo que esperaba, pero no fue un gran problema, porque estoy acostumbrada a caminar harto. Confieso, en todo caso, que la decisión de hacerlo la tomé porque me dio miedo intentar tomar una micro. Llegué a mi destino sin mayores problemas. Pagué lo que tenía que pagar, me entregaron lo que me tenían que entregar y salí. Había pensado devolverme a la estación de metro, pero la bolsa era muy pesada. Justo afuera del local, había un paradero. Traté de mirar los letreros y entender algo de lo que decían. Finalmente pregunté si había algún recorrido que me dejara en Las Rejas. Pero lo más cercano al metro era un bus que salía por Seminario. Bien. En Alameda iba a tomar el metro. Por Irarrázabal anduvimos como por veinte minutos, o mas, (soy mala calculando el tiempo). Trataba de llamar a mi mamá para avisarle que me iba a atrasar, pero no me comunicaba. La micro comenzó a llenarse. Justo en el momento en que me contestaron, un cantante ambulante se puso a cantar Arriba en la Cordillera a todo pulmón. Después doblamos por Seminario. Yo calculo que media hora hasta salir a Alameda. A esas alturas, iba tan choreada, que se me olvidó bajarme en el metro. Como la micro apuró la marcha, pensé que tampoco valía la pena y que mejor me bajaba en Estación Central, que era donde el bus doblaba por Matucana. Iba apretada, muerta de calor y con el peaso de la bolsa, cuando en eso, se sube uno de esos tipos con uno de esos parlantes portátiles o qué se yo como se llaman, un micrófono y comienza a hacer esos ruidos con la boca que se supone que son música. La situación era tan ridícula, o al menos así me pareció, que no me aguanté la risa y se me pasó bastante el enojo. Finalmente me bajé en la Estación, tomé el metro hasta Las Rejas y llegué a la casa de mi tía cerca de las nueve. ¿Algo bueno de todo esto?, el paseo por Irarrázabal me hizo recordar muchas cosas, entre ellas el cumpleaños del capo...

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