Mis papás estaban de viaje cuando cumplí diecinueve años. Mis hermanas tampoco estaban conmigo, no recuerdo por qué motivos. Les pedí a mis tíos que me prestaran su casa para celebrarlos. Invité a algunos amigos y les dije a cada uno que trajera algo para tomar, algo con alcohol. La idea era tomar toda la noche. Solamente tomar y bailar. Mis tíos, con mucha más experiencia que yo en asuntos de celebraciones, me sugirieron que hubiese algo para comer. Yo no había bebido mucho hasta ese día, así que no entendí el por qué de la recomendación, pero acepté. Hicieron sandwiches de lomito, no recuerdo con qué, pero eran de lomito. Mis amigos llegaron temprano. Juntamos las botellas y comenzó la fiesta. Lo que más había era pisco, de ese Limarí. Nunca me gustó el pisco, así que no sé diferenciar entre uno bueno y uno malo, pero ese era tan asqueroso, que hasta yo me di cuenta. Peor fue cuando se acabó la bebida y empezamos a tomar solo. Recuerdo el sabor y casi me dan nauseas. A medida que fueron pasando las horas fui perdiendo la conciencia y, junto con ella, la compostura. Hoy, los únicos recuerdos que tengo, son solamente de las primeras horas. Después de ellas, todo se vuelve confuso. Felices diecinueve años...
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