En el año mil novecientos ochenta y tres, cuando entré a segundo básico, tenía siete años. Me pidieron unas fotos para el libro y para la tarjeta con la que se retiraba a los alumnos a la salida de clases. Me metieron en una de esas cabinas a las que le ponías unas monedas y te sacaban de a cuatro fotos. En las primeras que me tomaron salía sonriendo, pero no me gustaron, porque se me había salido un diente y se me veía el hueco del diente que faltaba. Ese era el tiempo en el que me cortaban bien corto el pelo. Lo que pasaba es que cada vez que me peinaban, lloraba porque como lo tenía crespo, costaba para que me lo desenredaran. Recuerdo que siempre decía que, cuando fuera grande, no me iba a peinar nunca. Y no lo hago. Solamente me desenredo el pelo con el bálsamo cuando me baño y listo. Las fotos eran para el Instituto Anglo Chileno. Siempre hablo de lo mal que lo pasé en ese colegio, pero nunca he dicho por qué. Mi profesora me hizo pasar verguenza varias veces delante de todos mis compañeros. Me paraba frente al curso y decía cualquier cosa que sabía me pondría en ridículo. Eso sucedió varias veces. Lo peor es que no se por qué estúpida razón, lo que yo más quería era caerle en gracia. Y hacía varias cosas para lograrlo. Pero ella siempre se burlaba y me hacía sentir mal. No entiendo cómo un adulto puede ensañarse hasta ese punto con un niño, solamente por causa de una religión. Tampoco entiendo que a mis treinta y ocho años, recordarlo siga haciendo que, en la garganta, se me vuelva a hacer un nudo.
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