Chiharu me ha mostrado una nueva dimensión del amor. O tal vez me la ha recordado. Y es que cuando era niña, amaba a los gatos. Pero a medida que fui creciendo, el espacio que llenaban ellos y otros seres vivos, fue ocupado por seres muertos. Tanto fue así, que los muertos sobrevivieron a los vivos y todo quedó en silencio. Hoy, en cambio, puedo decir con asombro, que eso ha cambiado. Que un pequeño corazón late dentro del mío y vuelve a darle sentido a abrazar a esos seres vivos que renacen en la figura de Chiharu.
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