sábado, 6 de junio de 2015

Nutella y paté

En Suiza, el lugar en el que estaba la sede de la organización misionera a la que pertenecíamos, era una casa que había sido un asilo para ancianos. Era una casa grande, de tres pisos y acondicionada para atender a personas de la tercera edad. La casa quedaba en medio del campo, en un pueblo cerca de Zurich. Y en Suiza, en el campo, hay vacas. Y las vacas, tienen cencerros. Todas. Son unas vacas enormes. Las más gordas y las más lindas que he visto en mi vida. A veces uno despertaba en la noche y las escuchaba mugir, haciendo sonar esas especies de campanas. Y automáticamente pensaba en leche, chocolate y queso. Bueno, al menos eso me pasaba a mi, de vez en cuando. Vivimos en Suiza tres meses. Mi papá había sido invitado a formar parte del liderazgo de la Escuela de Cosmovisión Bíblica Cristiana. Durante ese tiempo, se llevó a cabo un seminario con el mismo nombre de la escuela. La intención del curso y en especial la del seminario, era echar abajo los fundamentos de todas las otras cosmovisiones habidas y por haber. Yo tomé ese seminario. No recuerdo cuánto tiempo duró ni de que se trató, específicamente. Lo que si recuerdo, es que después de que salimos de la misión y deseché también la cosmovisión bíblica cristiana, me quedé sin nada. Pero a lo que voy es a otra cosa. A veces teníamos hambre, mi hermana del medio y yo. Lo que hacíamos entonces, era meternos a la cocina, robarnos un pan de esos redondos, de kilo, que no sé cómo se llaman. Además del pan, nos llevábamos un frasco de nutella y un tubo de paté. Un tubo, porque el paté venía en esos tubos parecidos a los de la pasta de dientes. Mientras todos estaban en clases, ella y yo subíamos a nuestro dormitorio que tenía un pequeño balcón, nos sentábamos ahí relajadamente, a comer y a disfrutar de la hermosa vista que la naturaleza nos regalaba, hasta hartarnos.


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