Mi mamá tiene una prima que vive en las Rocas de Santo Domingo. El verano de mil novecientos noventa y seis, fue el primer verano que estuvimos de vacaciones en su casa. Es una mujer como pocas que conozco. Creo que transparente sería una de las palabras con la que la definiría. Ella es como es. Sin dobleces, sin poses, sin caretas. Habla fuerte, se ríe, cuenta historias. Su casa no es muy grande, pero siempre nos recibió sin hacerse ningún problema. Nos acomodábamos como fuera. Y pasábamos con ellos un par de semanas. Así como por cuatro años. Recuerdo que ese primer verano que estuvimos en su casa, vimos al flaco y al indio en el Festival de Viña, en su televisor en blanco y negro. Que manera de reírnos. Creo que nunca me he reído tanto con ningún otro par de cómicos, ni con ellos mismos al pasar del tiempo. Nos partíamos a carcajadas. Mi tío había estado de guardia esa noche, así que al otro día mi tía le contó todo lo que recordaba de la rutina con lujo de detalles. Lo mismo hacía con los goles de la Chile que el no alcanzaba a ver. Con mímica y todo. Pero lo que más recuerdo de ese año, fue que mis primos entraron a clases. Nosotros nos habíamos quedado una semana más, porque en ese tiempo aun no regularizábamos nuestra situación escolar después de haber vuelto de Estados Unidos. Estábamos durmiendo y como a las ocho de la mañana, sentimos a mi tía gritarle a mis primos '¡conchesumadre, nos quedamos dormidos!, ¡levantense cabros hueónes que estamos atrasados!' Y mis primos saltaron de la cama para vestirse, mientras nosotras nos cagábamos de la risa con la espontaneidad de mi tía.
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