jueves, 4 de junio de 2015

Diecinueve años atrás

Mi papá y mi mamá se conocieron mientras mi papá estudiaba publicidad en la Universidad Técnica del Estado. Tres meses después, se casaron. Ninguno de los dos tenía más de veintidós años. Cuando mi papá terminó su carrera, formó una oficina con dos o tres personas más. Recuerdo haber estado ahí un par de veces, a pesar de ser muy pequeña en ese entonces. Como en muchos matrimonios, los problemas comenzaron desde muy temprano. Y es que mi papá era bastante dado a la juerga. Recuerdo haber escuchado la palabra 'Picaresque' más de una vez en esa época. Bueno, pero para qué seguir entrando en ese tipo de detalles. En el intertanto nació mi hermana del medio y estaban a punto de separarse, cuando ocurrió lo de la misionera neozelandesa y entraron a la Misión. Mi papá dedicó diecisiete años de servicio a esa organización, sin ningún tipo de remuneración. De hecho, él tenía que pagar para que nosotros pudiéramos vivir ahí. Pasados esos diecisiete años, le dieron las muchas gracias y le pidieron que se marchara. Así, sin más. Después de todo ese tiempo de haber estado fuera del ámbito laboral, volver a trabajar fue muy difícil para él. La publicidad, como él la concebía, estaba pasada de moda. Pero había que subsistir. Volvió a juntarse con un par de personas e intentó crear una pequeña empresa publicitaria. Tengo que aclarar aquí, que mi padre siempre soñó con ser un agente de cambio en la sociedad, pero más que nada en 'el mundo evangélico', por lo que sus colegas y él, intentaron editar una revista destinada a ese público. No recuerdo su nombre ahora, pero sí recuerdo que me contrataron para vender suscripciones. La oficina quedaba en San Isidro, en una antigua casa perteneciente a los Gedeones y en donde les arrendaron un espacio. Me gustaba esa casa. Sobretodo porque en la parte de atrás tenía unas piezas de adobe a medio derrumbar. Había lo que debe haber sido un dormitorio, en el segundo piso. Pasaba ahí bastante tiempo mientras trabajaba con ellos y después que entré al dos por uno, seguía visitándolos para poder estar un tiempo en esa habitación. Escuchaba música, más que nada. Una vez revisando, me encontré uno de esos árboles de alambre. Estaba todo aplastado, así que me pasé un buen rato arreglándolo. Le pregunté a mi papá si podía quedarmelo, pero no me dejó. Seguramente porque los Gedeones se podían enterar y lo iban a acusar de robo, me imagino yo. Lo otro que me gustaba hacer ahí, aparte de escuchar música, era mirar por una ventana que daba a una especie de patio trasero de la casa principal. He dicho varias veces que tengo un tío que, entre otras cosas, es fotógrafo. La cuestión es que él era el encargado de las fotografías de la revista. En un momento de ocio, me tomó cinco fotos en ese lugar. Una de ellas mirando por la ventana. En ese momento, yo tenía diecinueve años. 



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