sábado, 24 de enero de 2015

Quinoa

Tuve un sueño muy extraño. Soñé que conocía a un hombre de quinoa. O sea, su cuerpo estaba hecho de quinoa. Si, de quinoa. No estaba crudo, o sea, no sé como decirlo. El hombre me hablaba mientras caminábamos por un lugar que no recuerdo. En un momento, el hombre me besó. Y claro, sus labios quedaron en mi boca y no supe que hacer. Pero mientras trataba de decidir si me los tragaba o no, sus labios se regeneraron. No se si el sueño tendrá algún significado, pero de que fue raro, fue raro.

viernes, 23 de enero de 2015

Escribí ayer para hoy

Hoy tuve que ir a entregar una consola que vendí a Plaza Egaña. Salí como a las siete y cuarto desde Las Rejas. Llegué a Plaza Egaña como a las ocho y media. Estoy de regreso en la casa de mi tía y son las diez. Estoy agotada. Lo único que quería era llegar y ponerme el pijama. Y es que la verdad es que salir en Santiago me desconcierta y me cansa. Cuando me fui, hace como diez años, las lineas del metro eran tres. Ahora son como no se cuántas. Miro el mapa y no entiendo nada. Peor me va con las micros. Además hay un montón de gente en todos lados. No se como ha podido cambiar tanto esta ciudad en tan poco tiempo. O sea, no es tan poco, pero si. 

jueves, 22 de enero de 2015

Palabras mudas

El Amor es la Base de Todo y El Placer Sexual Ordenado por Dios, eran los dos libros en los que se fundamentaba el discurso de mi padre para sus seminarios de matrimonios. Pero había un tercer discurso, que el Señor le había revelado en persona, seguramente en el baño, como solía hacerlo y era el de la comunicación. La comunicación, decía, es la herramienta principal para una buena relación en la pareja. Suponga que yo le digo que estoy pensando en una silla y le pido que usted haga lo mismo. Su silla y la mía, serán evidentemente diferentes. Es por eso que lo más importante es que usted le proporcione al otro la mayor cantidad de datos habidos y por haber, para que este pueda acercarse lo más posible a lo que usted pensó, para terminar visualizando casi la misma silla. ¿Cómo es posible que dos personas puedan conocerse si no se comunican una con la otra?, ¿si no hablan de lo que les sucede, de lo que piensan o sienten?. Después de estas charlas, mi papá y mi mamá se daban el tiempo para escuchar a cada pareja y actuar como intermediarios para que esos pobres matrimonios lograran mejorar aunque fuera un poco su relación de pareja. Como dije en algún momento, mi papá y mi mamá se dedicaron treinta años a desempeñar esta noble labor, después de los cuales se separaron. Hace siete años, mas o menos, se hartaron de estar juntos y uno terminó mandando a la mierda al otro. No voy a decir acá quién fue el que mandó a la mierda a quién, pero si voy a decir que ese que lo hizo debió haberlo hecho muchisimo tiempo antes. Y es que no puedes vivir pidiéndole al tu pareja que te cuente hasta el más mínimo detalle de lo que hay en tu mente, tu corazón y tu alma! En fin. A qué voy con todo ésto, si es que logro llegar a algún lado. Por años creí en las palabras de mi padre y por diez años me la pasé tratando de "explicarle" a un otro quien era yo. Hablarle, darle detalles, dibujarselos si era necesario. Hasta que me di cuenta de que ese otro no me conocía realmente. Y es que lo que lograba con toda esa parafernalia, era darle a conocer a ese otro la imagen que yo tenía de mi misma. Eran solo palabras, conceptos, ideas. Solamente el que está dentro de uno mismo sabe que es lo que hay dentro de uno mismo y, según yo, la única manera de que un otro te conozca, es que logre entrar en ti. "Y serán una sola carne". No "se darán a conocer el uno al otro a través del lenguaje". Y claro, igual aquí uno habla y gasta saliva, por decirlo de alguna manera, porque a pesar de que sepamos que las palabras no son el camino, sino un obstáculo, esa hambre de que seamos conocidos, de que seamos poseídos por un otro, sigue ahí gritando desesperada. 

martes, 20 de enero de 2015

Cartas

Otro de los trabajos que hacía cuando era adolescente, era limpiar casas y cuidar niños. Había una familia en la Misión con la que trabajé varios años. Incluso viajaron a Estados Unidos y me dejaron a cargo de sus hijos por quince días. Ella era argentina, el era norteamericano y sus tres hijos habían nacido en Chile. Ella se llamaba Celia, el Lorenzo, su hija mayor Jesse, el del medio Joshua y la menor se llamaba Bianca. Lorenzo era carpintero y Celia era educadora de parbulos, pero dejó de ejercer cuando nació Jesse. Eran una familia muy graciosa. Lo pasé muy bien con ellos. Me reía harto. Y eso me gustaba. O sea, me gusta. Me gusta reírme, quiero decir. Ahora son misioneros en un país musulmán, no se en cual. Hace poco Celia me mandó una foto de la familia. No podía creer que esos tres jóvenes eran los mismos tres cabros chicos a los que cuidé tantas veces. En fin. A Jesse le gustaba que yo le cantara para hacerla dormir. Me pedía que le cantara siempre las mismas canciones. Me sabía varias, así que lo hacía hasta que se dormía. Pero un día me pidió que le cantara una nueva. ¿Sobre qué te gustaría que te cantara?. Sobre una carta que nunca llega, contestó. Ella se demoraba como veinte minutos en dormirse y quiso que le cantara la misma canción hasta que se quedara dormida. Yo me puse a improvisar. Cada cierto tiempo me pedía que repitiera la parte en que la canción decía que la carta nunca llegaba. Pasaron varias semanas en las que quiso la misma canción. Todas las noches le inventé algo distinto. Finalmente, y después de tanto repetirlo, quedé con la sensación de que la que esperaba la carta que nunca llegaba, era yo. Y, claro, como decía la canción, la carta nunca llegó

La esponjita

A los diecisiete me salí del colegio. Así. Le dije a mi papá que no quería ir mas y aceptó. Las únicas condiciones que me puso, fueron que tenía que trabajar y terminar la enseñanza media en algún momento no muy lejano. Primero trabajé en una tienda de ropa que quedaba en lo que en ese entonces era shopping de Maipú. Era una tienda pequeña. Trabajé ahí un par de meses, pero la  paga era mala y mi jefa era una antipática. Después trabajé con mi primo en la construcción reparando puertas. Era interesante verme ahí, entre puros hombres, tomando desayuno con ellos y tirándole el churro a los jóvenes que pasaban. No duré mucho. El trabajo era muy pesado. De todas formas lamenté dejarlo, porque la pasábamos muy bien. También trabajé en el Au Bo Pan. Esos si que eran explotadores. La misma persona que estaba en la caja, tenía que cocinar los bollos y galletas en la mañana. El café habría a las siete, así que había que estar ahí a las seis y media. También tocaba limpiar los baños, los pisos, las bodegas, etcétera, y la paga era una miseria. Cincuenta lucas creo y con un día libre entre semana. Renuncié y decidí terminar la media. A los diecinueve entré al  ENAC para hacer dos años en uno. Tenía clases en la tarde. Siempre tuve amigos, las mujeres no me dan mucha confianza. De hecho, he tenido muy malas experiencias con varias de ellas. En fin. La cuestión es que yo no tomaba más que cerveza en ese tiempo y no mucha tampoco. Pero mis amigos tomaban bastante más. Al llegar al instituto nos íbamos a la Plaza Manuel Rodríguez y comprábamos unas dos o tres. Pero la cerveza no me hacía nada y como lo que yo quería era emborracharme, me la tomaba casi toda. Pero seguía sin hacerme nada. Entonces empezamos a hacer monedas para comprar vino. Vino en caja, obvio, y del mas malo. Pasó lo mismo. Mis amigos me pusieron "la esponjita". De ahí pasamos al pisco. Como mi idea seguía siendo esa de emborracharme lo más rápido y lo mas posible, empecé a salir de mi casa sin comer nada. Faltábamos a la primera hora de clases y llegábamos a la segunda arriba de la pelota. Pero no era suficiente. Al tiempo nos empezamos a juntar a la salida para seguir en la misma. Nos despedíamos a las diez de la noche. Yo casi no caminaba. No se cómo lo hacía para tomar la micro. Era la 212. Lo bueno es que el letrero tenía dibujado un corazón y así podía distinguirla. Me iba a la casa de un tío que tengo que, en ese tiempo, no se hacía problemas porque llegara en el estado en el que lo hacía. Mi intención al tomar tanto, era olvidarme del ojo ese que me miraba y sentirme libre por un rato, sin preocuparme por nada y dejar de lado la culpa  que me perseguía por todas partes. Llegó un punto en que la cuestión se puso crítica. Mis amigos insistían en dejarme en la micro, pero me ponía porfiada, Así que me quedaba sola, me sentaba un rato y esperaba a que me sintiera un poco mejor. Un par de esas veces me pasaron cosas desagradables. A la única que se lo conté fue a mi hermana, que era la persona en la que mas confiaba. Ella lloraba y me pedía que parara, porque en cualquier momento me pasaba algo peor. Pero yo seguía. Hasta que un día en que estaba sobria, recién bañada y bien vestida, me subí a una micro. En un momento se subió también una muchacha mas o menos de mi edad, tambaleándose, pasada a copete y a cigarro. Primero hice un gesto de disgusto, pero luego la miré y me dije "esa soy yo". Esto tiene que terminar, pensé. Y terminó... al menos por un buen tiempo.

lunes, 19 de enero de 2015

Los dos caminos

Mi bisabuela tenía en su casa uno de esos cuadros del ojo rectangular que te observaba y el de los dos caminos. Tal vez eran uno solo, no lo sé. Lo que sí sé, es que cuando miraba los dos caminos, el que llevaba hacia el infierno, era el que más me gustaba. Y es que yo quería bailar, beber, ir al teatro o cine, no se, y pasarme la vida disfrutando de los placeres de la vida. Para hacerlo y no terminar en el infierno, tenía una especie de plan. Iba a llegar casi hasta el último y ahí me iba a arrepentir para poder llegar al cielo. A pesar de que eso era lo que me habría gustado, no he disfrutado de muchos de esos placeres, en todo caso. Así que, aunque no me interese, tal vez termine en el cielo de todas maneras...

domingo, 18 de enero de 2015

En la alfombra mágica

Jugábamos a viajar. También a hablar otros idiomas. Poníamos las sillas en fila. Una de nosotras hacía de azafata y algún amigo era el piloto. Subíamos al avión y hacíamos todo el show. "Señores pasajeros, les habla su capitán...". Después la azafata daba todas las instrucciones de seguridad y despegabamos. Nunca habíamos viajado en avión realmente, pero teníamos un amigo de Inglaterra que sí lo había hecho. El nos contó como funcionaba el asunto. Es por eso también, que el idioma que hablábamos, o jugábamos a hablar, mejor dicho, era el inglés. El nos hablaba en su idioma natal y los demás inventábamos que le entendíamos y le contestábamos con chamullos. Se llamaba James. Luego de un tiempo, su familia y él volvieron a Inglaterra y los demás niños también se fueron yendo. Así que quedamos las tres solas. Como eramos muy pocas para que el juego siguiese siendo entretenido, cambiamos el avión por la alfombra mágica, esa de Mazapán. "En la alfombra mágica, somos invisibiles, vamonos de viajico, somotruquilá". Y así viajamos por distintos lugares, porque claro, en ese entonces, la magia existía.

sábado, 17 de enero de 2015

Flores

De niña odiaba los cactus, no se. Simplemente los odiaba. Mi mamá tenía uno en el baño. Cada vez que lo veía, lo miraba feo. Ojalá te mueras, le decía. Hasta que un día, sin mayor aviso, le salió una flor. Y todo fue diferente.


viernes, 16 de enero de 2015

Sobrenombres

De chica me decían Ita, de ahí surgió mi primer sobrenombre, Ita la huerfanita. Después vinieron otros. Cuatro ojos, por ejemplo. Lo que me daba risa de éste, era que el niño que me lo había puesto, también usaba anteojos. La jirafa, por un personaje de Los Venegas. Hipopótamo con lentes, nada que agregar. Chanchita Piggy, queda más que claro. Bernardo O'Higgins, ve tú a saber por qué. Y algunos más que no recuerdo. Cuando me di cuenta de que a todos los niños les ponían sobrenombres, decidí no hacerme problemas porque a mi también me los pusieran. Pero hubo uno que nunca dejó de molestarme. Incluso ahora, cuando lo recuerdo, me indigna: El Monstruo Milton. Lo odié, lo odio y lo odiaré por siempre jamás.


jueves, 15 de enero de 2015

Barrer

Mi papá me enseñó a lavar la loza, a hacer la cama y a barrer. El método que utilizó para enseñarme a hacer lo último, fue bastante original. Se le ocurrió echarle talco al piso. La idea es que barriera hasta que lo blanco desapareciera. Pero resulta que el piso era de tabla y estaba encerado y el talco se pegó y por más que lo barríamos la cuestión quedaba blanca igual. Creo que, finalmente, tuvimos que trapear o lago así y y hacernos los lesos no mas.

Final Scene




miércoles, 14 de enero de 2015

Particularidades

Desde niña he escuchado a mi papá repetir palabras y frases en voz alta. Así, de la nada. Y es una mala costumbre que nos contagio a las tres. En mi caso, trato de evitar hacerlo porque se puede prestar para malos entendidos. Algunas de sus frases más célebres son "La Guerra del Peloponeso" "porque al niño le gusta, le gusta el tren" "bombones, chocolatines, caramelos" y "mocoso insolente, conozco a tu padre, se lo voy a decir". Otra de sus particularidades era que, cuando vivíamos juntos se refería a nosotras como indias occidentales. Si nos amenazaba con castigarnos (cuando no era en serio), decía que nos colgaría del palo mayor, nos azotaría a lo largo del cuero, nos daría unas buenas azotainas o un par de nalgadas. Y cada vez que le preguntábamos ¿por qué?, contestaba "porque era una gotita".

martes, 13 de enero de 2015

Aniversario

En el aniversario de bodas del año pasado, mi cuñado invitó a mi hermana a cenar a un restaurante "elegante". Mi cuñado le pidió al mozo que le trajera un vino, no se cual, pero me imagino que uno costoso. El mozo fue a buscarlo y volvió a la mesa. Descorchó la botella y con mucha parsimonia le sirvió un poco a mi cuñado. Mi cuñado lo probó y el mozo lo miró con actitud interrogante. Entonces le pregunta "¿es de su beneplácito?". O sea, yo entiendo que haya sido un restaurante fino y eso, ¿pero no será un poquito mucho?.

lunes, 12 de enero de 2015

"Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida"

Y es que andar por ahí con el corazón en la mano, extendiéndolo a otros así una y otra vez lo expone a ser dañado también una y otra vez. Y aunque creo que el corazón puede regenerarse y volver a nacer, también podría ser que llegara un punto o momento en que la sangre no baste y se haga poca y el corazón se seque y aunque insista en seguir latiendo, muera de todas formas. Y andar acarreando un corazón muerto no debe ser nada bueno. Aunque así no sentiría el dolor que le provoca el ser dañado, pero tampoco sentiría esas otras cosas que no estoy dispuesta a perder. Así que tal vez es tiempo de que lo esconda e intente protegerlo, aunque sea un poco y deje de andar exponiéndolo por ahí o por acá, como acabo de hacer.

domingo, 11 de enero de 2015

Un poco tonta

Soy lenta para entender. Me gustaría decir lo contrario. O sea, que fuera de otra manera. Pero soy lenta. Y me da rabia ser así, porque por ese motivo puedo llegar a perder algo que anhelo profundamente. Y no me gustaría que fuera de esa manera. Perderlo, quiero decir. Eso, si es que allá al otro lado, eso que anhelo, me estuviera siendo ofrecido. 

sábado, 10 de enero de 2015

No todo estaba perdido

Y había perdido la esperanza. Pero entonces corrí y corrí hasta que logre alcanzar la punta del hilo de mi volantín cortado. Lo estoy bajando. De a poquito si, para que no se rompa.

viernes, 9 de enero de 2015

jueves, 8 de enero de 2015

Dos palabras

A veces, por distintas razones, el corazón se me sale del cuerpo y pende de un hilo que sostengo tal como a un volantín que se ve allá diminuto en el fondo del cielo. A veces, por una sola razón, logro bajarlo y abrazarlo y apretarlo tan fuerte, que vuelve a ocupar su sitio. Espero esa razón todos los días. No siempre llega, pero cuando lo hace, mi corazón, además de volver a ocupar su sitio, comienza a latir nuevamente...

Esperanza





miércoles, 7 de enero de 2015

El mueble del tío Carlos

El tío Carlos era un Coronel del Ejercito retirado, dueño de la casa quinta en la que mi abuela paterna era empleada. La casa quedaba cerca de Gran avenida y era bastante grande. Como el tío Carlos no tenía familia, les heredó la casa a ella, su marido y sus siete hijos. Mi papá, que era su protegido, siempre nos contaba anécdotas e historias referentes a él y a sus manías. Mi favorita era la de las pulgas. El tío Carlos odiaba las pulgas, lo que no tiene nada de raro, porque muchos lo hacemos. Lo raro eran los "métodos" que había inventado para combatirlas. Recuerdo dos. Una fue hacerse unas sábanas de papel de diario, para que las pulgas no pudieran atravesárlas y así mantenerlas fuera de la cama. La otra fue que, como hizo investigaciones y se enteró de que las pulgas pueden saltar hasta ochenta veces el alto de su tamaño, puso la cama sobre unos pilares de madera para que no pudieran alcanzarla. En fin, su mueble. El mueble es mío ahora. Lo salvé de ser dejado en la calle, para que se lo llevara la basura. Y es que no podía ser, porque el mueble tiene su historia. Además a mi me gustaba, y me gusta mucho. El tío lo compró en Valparaíso. Fue importado desde Arabia y es de abedul. Mi papá dice que probablemente sea del siglo XIX, aproximadamente. Es un librero por el costado derecho y por el costado izquierdo tiene una puerta que se cierra con llave. Ese costado era el que el tío Carlos usaba como caja fuerte. Ahí guardaba el dinero de su pensión, documentos importantes, entre ellos su testamento, y una pistola. Cada vez que el tío Carlos necesitaba salir con alguna de esas cosas, llevaba el arma. Y es que el barrio era bastante solitario. Entonces el tío Carlos, para no olvidar llevarla, tenía un cartel pegado en la parte interior de la puerta que decía "llevar la pistola".

martes, 6 de enero de 2015

Aunque en una de esas...

Cuando tenía cinco años, se me ocurrió hacer algo muy estúpido. Una noche me contaron la historia de Jesús y de su sacrificio en la Cruz, con la intención de que lo aceptara en mi corazón como Señor y Salvador. También me hablaron de Satanás, su rebelión, el Lago de Fuego y esas cosas. Cuando terminaron la historia, estaba llorando. Entonces le pedí a Jesús que entrara en mi corazón, porque me había dado mucha pena el dolor que él había sufrido para salvarnos y lo menos que podía hacer era recibirlo. Después me dejaron sola. Y ahí vino lo estúpido. Porque después de haber pensado en Jesús un rato, me puse a pensar en el Diablo. Y también me dio mucha pena que hubiese sido desitituido de la Gloria de Dios y que tuviera que vivir en el Infierno eternamente. Entonces se me ocurrió que él, así como yo había hecho, también se podía arrepentir y salvar su alma. Entonces volví a llorar y le rogué al Diablo que lo hiciera. Que le volviera a entregar su corazón a Jesús y lo aceptara de nuevo como su Señor y Salvador. Esta es la primera vez que hablo de lo sucedido.

lunes, 5 de enero de 2015

St. Paul School

La Misión realizaba todos los años una actividad a la que llamaban Verano de Servicio. Era parecido a las Cruzadas de Evangelismo, pero duraban dos semanas solamente. Los Veranos de Servicio se llevaban a cabo en Viña, en el Colegio St. Paul. En uno de esos veranos, nos hicimos amigas del hijo de los cuidadores del colegio. Ellos vivían en el tercer piso de lo que era la casa del Jardín Infantil que tenía la escuela. Un día llegamos ahí por casualidad y, como no había nadie, entramos. En el primer piso había un baúl lleno de disfraces. Nos los probamos todos. Estábamos tan entretenidas, que no nos dimos cuenta de que había aparecido un niño y nos estaba mirando. Era el hijo de los cuidadores. El niño llamó a su mamá, supongo que para que nos retara o lago, pero la señora resultó ser de lo más amable. Nos invitó a su casa y nos dio desayuno. A mi me gustaba mucho estar con ella. Incluso me quedé a dormir un par de veces. Y es que era la señora más relajada que yo había conocido en mi vida. Un día, por ejemplo, hacía mucho calor y le pregunté si podíamos llenar la tina del baño del segundo piso y bañarnos como si fuera una piscina. Dijo que sí al tiro. Salíamos al balcón todos mojados y nos devolvíamos a la tina. El piso era de tabla, así que ella iba a tener que envirutillarlo para encerarlo después, pero no se hizo ningún problema. Su hijo era muy simpático y nos daba unos tours por los lugares más interesantes del colegio. Nos metíamos a las salas y nos sentábamos mientras uno pretendía hacer clases. Lo que más me costaba de esas clases, era resistir la tentación de rayar las pizarras. Quedaban pintadas de verde, listas para empezar el año en Marzo y no se podían tocar. Y la tiza ahí al lado. Eso no se le hace a un cabro chico. En fin. El colegio tenía un patio o especie de cancha justo en la mitad del edificio. A mi me daba un poco de miedo, pero nos pasábamos las últimas horas de la tarde ahí. Un día estábamos parados al lado de la baranda. Abrimos los brazos y llamamos al viento. ¡Viento, ven!, ¡viento, ven!... Y qué creen, el viento vino.

domingo, 4 de enero de 2015

Letraset

Me encantaba la letraset. De hecho, aun me gusta. Incluso tengo algunas guardadas que me encontré por ahí en un lugar en el que trabajé. Cuando iba en tercero básico, estaba "enamorada" de un compañero de curso. Se llamaba Pedro. Una noche en que mi papá no estaba, me metí en su oficina y se me ocurrió escribir con esas letras un papel que decía "Ahinoam y Pedro, se aman". Típica cuestión de cabra chica. El problema fue que se me olvidó el papel en el escritorio de mi papá y él lo encontró cuando llegó, supongo. Al otro día en la noche, me dijo que íbamos a salir a comer. El, mi mamá y yo. Fuimos al Stick House. Yo creo que mi papá se gastó lo que no tenía en un par de anticuchos pitucos y todo para hablar conmigo sobre "cierto tema". Yo no entendía ni pío. La conversación sobre el sexo y eso la habíamos tenido hace tiempo y nunca se me ocurrió que todo el asunto se trataba del famoso papel. Y llegó el momento. "Hija, encontré algo sobre mi escritorio..." Obviamente esa frase terminó con mi incertidumbre. Intenté mentir, lo que ahora me parece bastante ridículo, porque lo que había hecho no tenía nada de malo. Pero claro, eso lo entiendo ahora. En ese momento sentí que había cometido un gran pecado y se me venía un castigo ejemplar. Sin embargo mi papá comenzó con un discurso acerca del amor, de lo que significaba y de lo importante que era. Juro que traté de entender lo que más pude, pero la verdad es que estaba tan nerviosa, que no caché una. Al final creo que todo quedó en nada, porque yo nunca admití que lo que había escrito era cierto. Supongo que en ese entonces, me quedé con la idea de que los había convencido, cosa que ahora dudo, por supuesto. Lo que mi papá y mi mamá nunca supieron, fue que yo estaba pololeando con el Pedro. Que me regalaba chocolates y que incluso habíamos quedado de juntarnos en la plaza la tarde de un viernes, para que yo le diera un beso. Como nunca llegué, el Pedro terminó conmigo y se puso a pololear con la Bárbara que era una niña nueva, rubia, de ojos azules y mucho más bonita que yo. Creo que esa fue mi primera "desilusión amorosa". Después vinieron muchas más, porque yo era demasiado pava y siempre terminaban cambiándome por otra. En fin. 

Lo que nos pertenece aun después de la muerte

Mi familia fue muy cercana a una misionera peruana que llegó a la Misión. Una vez sus padres vinieron a visitarla y los hospedamos en nuestra casa. Se encariñaron tanto con nostras, que nos trataban como si fuéramos sus nietas. Meses después de que volvieron a Perú, nos invitaron a visitarlos. Fueron unas lindas vacaciones. Años después viajé a Lima en una cruzada de evangelismo y pasé a ver a la abuela. El abuelo había muerto hace un par de años y se veía que lo extrañaba mucho. Llegué en la mañana y me quedé hasta la tarde. En un momento me pidió que la acompañara un rato al patio. Entonces dio el agua y comenzó a regar el pasto, las plantas y las flores. Mientras conversábamos, me comentó que se demoraba mucho y que se aburría un poco. Entonces le dije que para demorarse menos, lo que tenía que hacer era tapar la boca de la manguera con el dedo indice o con el pulgar. Parecía que le hubiese revelado un gran secreto. Se puso como una niña. Entonces me contó que era su marido el que se preocupaba del jardín y que era poco lo que ella sabía. Que se lo cuidaba lo mejor que podía, pero que ese jardín era de su marido... que ese jardín aun le pertenecía. Era un bello jardín, a todo esto.

viernes, 2 de enero de 2015

Peñaflor

Cuando estaba embarazada de mi segundo hijo, mi ex marido quedó  sin trabajo. Para ayudarnos, mis papás nos dijeron que fuéramos a vivir con ellos. En ese tiempo vivían en Peñaflor. La casa estaba a media cuadra de Miraflores. Era una calle de doble vía con unos plátanos orientales enormes a cada lado. Mi hijo mayor tenía como un año y medio. En las tardes lo sacaba a caminar y lo llevaba a unas parcelas que quedaban cerca para que viera las vacas, los caballos, tomara aire y se cansara un poco antes de hacerlo dormir. En una de esas parcelas, estaba un negocio en donde había frutas y verduras, además de pan amasado y tortillas con chicharrones. A uno de los costados de la entrada, había un letrero que decía "se venden ilusiones"...

jueves, 1 de enero de 2015

Primero de enero

Que silencioso encuentro el primero de enero. Es como si el año pasado se hubiera muerto y hoy estuviéramos de luto. El día se me hace largo y lánguido. En fin. Cuando era chica estuve de visita en la casa de una familia que tenía un piano. Una de las hijas del matrimonio me enseñó a tocar la polca de los perros. Es lo único que se tocar. Hace tiempo se las enseñé a mis hijos en un teclado que tenemos en la casa. Mi hermana tiene un piano de pared que era de su suegra. Está bastante desafinado, pero igual sirve. Hoy me acordé de lo de la polca y me puse a tocar. Es entretenida la polca esa. Mis hijos y mis sobrinos, (que también se la saben), bajaron un rato a tocar conmigo. Al final terminamos echando competencia a ver quién la tocaba más rápido. Nadie perdió, todos ganamos, porque nos reímos un buen rato por lo menos y hasta salió la idea de comprar comida china y de seguir tomando bebida. Del postre ya no queda nada...