sábado, 14 de febrero de 2015

Mi perro

Mi hermana y yo recogimos un perrito cuando eramos adolescentes. Lo  encontramos abandonado al fondo de la parcela. Le pusimos Miki. Era negro con la punta de la cola negra y muy pequeño. Le hicimos una cama en nuestro dormitorio, porque era demasiado chico para dejarlo afuera. En la noche, poníamos un plato grande de leche al lado del lugar donde dormía. El Miki se salía de la caja cada cierto tiempo y tomaba. Tomaba tanta, que quedaba como una bola y no se podía parar, porque rodaba como una pelota. Entonces mi hermana y yo nos turnábamos para meterlo en la caja de nuevo. Eso no era nada de desagradable comparado con levantarte en la mañana y poner el pié en un charquito de orina o sobre un montoncito de caca. Cuando salíamos a caminar, lo llevábamos en una mochila. Lo tratábamos como a una guagua. Era muy regalón el perro ese. Y creció. Alcanzamos a tenerlo como por un año, porque mi mamá se aburrió de que le rompiera las plantas y le hiciera hoyos en el jardín. Así que lo regalaron. Se lo regalaron a un tío que vivía en una caja de fósforos. Como el patio era tan pequeño, el Miki se empezó a poner bravo y terminaron amarrándolo. No pasó mucho tiempo antes de que lo sacrificaran.

No hay comentarios:

Publicar un comentario