domingo, 28 de septiembre de 2014

Tallarines

Siempre que mi abuela hacia fideos con salsa, mi tío le metía un pedazo de marraqueta para probarla. Muchas veces me daba un poco, pero yo siempre me quemaba la boca, porque no podía esperar hasta que se enfriara. Y es que en ese tiempo se pasaba hambre. No se cómo mi abuela lo hacía para que la comida alcanzara para todos. De partida sus hijos eran ocho y varios de ellos eran casados y vivían en su casa con un par de niños, incluyéndome. Dos tazas de arroz, un pollo, un tarro de salsa malloa, todo se multiplicaba. Había veces, ocasiones especiales, en las que compraba un litro de Coca Cola y, no se como, pero nadie se quedaba sin tomar. Algunas mañanas, cuando aun no se iba a comprar el pan para el desayuno, le pedía a mi abuela que me dejara sacar un pedazo de pan duro. Lo guardaba para las lentejas, me acuerdo. Bueno, pero solo un pedazo chico. Hasta el pan duro había que comerlo con mesura. Mi tío siempre jugaba conmigo y se reía todo el tiempo de mis ocurrencias. Una vez estábamos en el patio y yo hacia un hoyo para enterrar  un cuesco de damasco, para ver si me salia un árbol. Mi tío estaba en la reja de la casa  conversando con alguien. Fui varias veces a preguntarle si el hueco era lo suficientemente profundo para enterrar el cuesco. El fue un par de veces a verlo, pero después se aburrió. Entonces me dijo que tenia que cavar como un metro, por lo menos. Entonces le respondí que no tenia idea de cuanto era un metro. Bueno, contestó, yo no voy a ir a ver a cada rato si el hoyo esta listo o no, a lo que contesté "¿quieres, entonces, que te traiga el hoyo para que lo veas?". Nunca se ha olvidado de eso y lo cuenta a menudo cuando estamos juntos. Mi tío estudiaba Licenciatura en Arte en el Pedagógico y muchas de sus clases eran en la tarde, por lo que llegaba de noche a la casa. Entonces, cuando mi abuela había hecho fideos, se los recalentaba y se los servía. A veces me convidaba un poquito y yo era feliz. Y es que no encontraba nada mas rico que los fideos recalentados en olla. Hoy almorzamos  tallarines con salsa. Me quedó un poco. Esta noche me los recaliento en la misma olla, para ver si recuerdo aunque sea un poco, esos días tan felices en los que viví en la casa de mi abuela.

Con lo puesto

Fuimos a dejar a mi abuela y a mi tío al terminal de buses. Me acuerdo que mi mamá me había comprado un helado, uno de esos centellas, creo. Nos subimos al bus para despedirlos cuando el bus partiera. En un momento el chofer nos pidió que bajáramos, porque estaban por partir. Recuerdo que empecé a llorar. Y es que yo me quería ir esas dos semanas a la playa, con mi abuela y con mi tío. Lloré tanto que, finalmente, mi mamá me dio permiso. Me fui con lo puesto, un short y una polera roja. Lo pasamos tan bien. Ibamos a la playa todos los días. Nos volvíamos a la casa al atardecer. Me acuerdo que, un poco antes de irnos, mi tío me llevaba al agua para sacarme toda la arena que se me había pegado mientras jugaba al lado del quitasol, haciendo castillos de arena. Cuando veníamos de vuelta al lugar en que nos esperaba mi abuela, yo me tiraba al piso y me revolcaba bien revolcada, para que mi tío me llevara nuevamente a la orilla del mar. Claro, yo lo encontraba de lo mas divertido, pero él siempre se terminaba enojado. Un día me di cuenta de que en la arena, después de que se recogían las olas, aparecían esos hoyitos que siempre aparecen y le pregunté a mi tío que eran. Me dijo que eran las pulgas de mar que venían en las olas y que se metían en la arena cuando estas se iban. Me mostró unas secas y me dijo que, cuando el era mas chico, jugaban a atraparlas con mis otros tíos. Me pasé toda la tarde tratando de encontrar por lo menos una, pero no paso nada. Al otro día me fue mejor, en realidad me fue tan bien, que terminé con mi balde casi lleno de pulgas. Al final del día, volví a la orilla a devolverlas todas. Nunca me he olvidado de esa experiencia, es mas, creo que ha sido una de las mas interesantes de mi vida, recolectar pulgas de mar en Cartagena